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desde que nuestras instalaciones fueron tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann fue detenido.

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Lo cívico y lo grotesco

Douglas Carcache

Tiene razón la Policía de Nicaragua cuando se queja de que algunos periodistas se lanzan sobre las escenas de los crímenes y mueven algunos elementos que pueden ser evidencias en la investigación. Todo por tomar imágenes con detalles grotescos de un hecho sangriento.

Hace poco un reportero de televisión mostraba a su audiencia la mano que recién le habían cercenado a un hombre en un pleito callejero. Todavía chorreaba sangre. Para informar del caso era innecesario presentar una imagen tan cruda, porque bastaba con decir cómo y dónde había sucedido, quién era la víctima y quién el victimario.

El periodismo nicaragüense ha llegado a una encrucijada en que los medios tendrán que decidir si optan por difundir información sangrienta y con ella estimulan instintos salvajes entre la población; o si hacen un periodismo cívico y resaltan las cualidades que caracterizan a los buenos ciudadanos.

El civismo es esencial en el buen periodismo, porque éste, además de revelar y criticar lo que atenta contra la sociedad, selecciona las noticias según el interés de la ciudadanía.

Las encuestas de opinión pública han mostrado que los temas que más interesan a los ciudadanos son el empleo y la corrupción en las instituciones públicas; sus condiciones de vida y cómo mejorarlas. Dudo, entonces, que la mayoría de nicaragüenses quiera atormentarse con escenas macabras cada día.

El último sondeo de CID Gallup, publicado en noviembre pasado, indicó que el problema principal del país es la “falta de empleos”, según el 51 por ciento de los consultados. Le seguía la “corrupción en el Gobierno” (18 por ciento). El 48 por ciento dijo que el nivel de vida de sus familias se había deteriorado en el último año, mientras que el 80 por ciento estaba pendiente de los precios de los alimentos, que habían subido “mucho”.

Si consideraran esa investigación, los medios deberían informar más sobre inversiones que crean nuevos empleos, iniciativas empresariales de personas para mejorar su economía, opciones de educación para conseguir trabajos distintos, controles a gastos e inversiones del Gobierno y problemas de producción y mercado que afectan el costo de la vida, entre otros temas.

Es cierto que hay personas que se divierten con la “nota roja”, porque se ríen de la gente que aparece envuelta en pleitos de barrio, o les atraen acontecimientos desagradables, como cuerpos destrozados en accidentes o acuchillados con saña. Para ciertos televidentes la sangre y los bochinches pueden ser una novedad que les cautiva al principio y luego les aburre con sus repeticiones insulsas, como le pasa a los adolescentes con la pornografía. Aunque, para otros se puede convertir en vicio o paranoia.

Un periodismo de notas rojas de ninguna manera contribuye al crecimiento cultural de los ciudadanos, menos en un país donde quedan secuelas sicológicas de la guerra que concluyó hace 15 años, porque en vez de educar e ilustrar a las personas las hunde en el salvajismo. Usan mal, entonces, la libertad de expresión que es un derecho de la población, antes que de los periodistas.

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