Fernando Centeno Ch.
El 14 de febrero, día del Amor y la Amistad, es una fecha apropiada para reflexionar sobre uno de los temas que para algunos está quedando únicamente en el lenguaje de los poetas, la letra de canciones románticas, o en los archivos sentimentales de algún enamorado.
El amor, decía uno de sus críticos, se encuentra en retirada y si no veamos algunos ejemplos: cada día aumenta el número de divorcios entre parejas jóvenes, las agresiones físicas y sicológicas especialmente del hombre a la mujer, las relaciones de noviazgos entre adolescentes distan mucho de las que practicaron nuestros padres o nuestros abuelos, los momentos de compartir en la familia se vuelven más escasos, la lectura ha sido sustituida por la TV o el cine, y las frases bonitas en momentos sublimes entre enamorados, por un tosco, pobre y vulgar chateo.
Las costumbres en sociedades antiguas y la Edad Media, que aún muchos siglos después se siguen practicando, de concertar matrimonios aún sin conocerse, parecen repetirse en la actualidad. En algunos países de Europa, Asia y Estados de la Unión Americana, es común leer en medios escritos o a través de Internet anuncios de hombres maduros en busca de compañía para tener hijos con mujeres jóvenes, formar un hogar y, al final, terminar siendo atendidos y cuidados por la consorte aunque en orfandad de amor para su protector.
Las candidatas surgen de lugares en crisis de empleo, tanto asiáticos, como de la Europa oriental o América Latina y el Caribe, en un afán de encontrar una solución a la pobreza y lograr un sueño aunque sea a medias.
La razón de este fenómeno es sencilla: la nueva mujer ejecutiva o profesional de naciones en desarrollo prefieren quedarse solteras y dedicarse a su profesión, a relacionarse con un hombre machista, patán y desamorado que tanto abundan hoy en día en cualquier sociedad.
Las diferencias conyugales, juicios, agresiones, ofensas y maltratos, así como los controversiales comportamientos de una juventud que se divierte en bailes eróticos, música agitada, barras libres y otros atractivos propios de una época agobiada por las nuevas tecnologías y los romances virtuales, parecen confirmar que el amor se encuentra en retirada.
¿Hasta dónde llegaremos? ¿Hay que darse por vencidos ante la vorágine de situaciones desafortunadas, que tras desnudar la tragedia humana sacan a relucir las crisis de parejas víctimas de la pobreza, de escasos valores morales, de odios, rencores o traiciones? ¿o aún es tiempo de salvar a una generación que se está formando a la sombra del nintendo, las computadoras, los dvd, los cyber cafés, las notas rojas, los perreos y otras modernas, exóticas y peligrosas formas de entretenimiento?
Para las viejas generaciones y aún para muchos exponentes de la nueva, el amor, como dice García Márquez , “construye y destruye”.
Construirá en la medida que nuestros descendientes se forjen con el más alto concepto del significado de ese sentimiento tan puro y limpio, como es el amor. Y cuando hablo de amor me refiero al amor a Dios, a la familia, al cónyuge, a los hijos, a los amigos en las buenas y en las malas, a la Patria que tanto lo necesita por la postración en la que se encuentra y sobre todo el amor a uno mismo para saberse capaz de poder cambiar las cosas que necesitamos cambiar y lo cual cada día se vuelve más urgente en un mundo globalizado y donde corremos el riesgo de convertirnos en especímenes en vías de extinción.
De no ser así seremos testigos de cómo los poemas, los besos, las flores, las canciones, el saludo fraterno y emotivo, la palabra bien dicha y a tiempo, la sonrisa sencilla y agradable, las miradas furtivas, los presentes simples pero hermosos, pasarán a formar parte de la memoria, de lo que en un tiempo se compartían en el día del amor.
El autor es periodista