- Las huellas de la Guerra Sucia son una herida abierta en Chile. O un cadáver insepulto, como en el drama de Antígona. Así lo piensa el juez Juan Guzmán Tapia, sobre quien se posan los ojos del mundo desde que procesa al general Augusto Pinochet
Eduardo Marenco Tercero
Conversa casi en susurros. A sus espaldas hay dos ventanas a las que periódicamente se asoma uno de los guardaespaldas chilenos que le acompañan. Y aunque le toca ser custodiado, es un hombre sin ninguna pompa, sencillo en extremo, más bien amante de la vida reflexiva, apasionado del concierto de Jazz de Benny Goodman en el Carnegie Hall (1937), o de la obra literaria de Knut Hansun.
Hijo de poeta, el juez Juan Guzmán Tapia procesa al general Augusto Pinochet por el secuestro (desapariciones forzadas) de militantes de izquierda en el marco de la Operación Cóndor, apoyada por varios regímenes militares del Cono Sur en los años setenta. Y asimismo, lo procesa por la Caravana de la Muerte, tal como se conoce al recorrido de un grupo de militares chilenos a lo largo del país para aniquilar a personas vinculadas a la izquierda política de Chile.
Hace siete años que, con tesón de hormiga, lucha por procesar a Pinochet, un hombre adorado por una mitad de la sociedad chilena y odiado por la otra.
Guzmán admite que él mismo se alegró con el golpe del 11 de septiembre de 1973, alegría que duró poco, por todo el horror que sobrevino después, aclara.
En enero de 1998, al juez Guzmán le tocó —por turno— conocer la querella del abogado Eduardo Contreras por el desaparecimiento del marido de la entonces secretaria general del Partido Comunista, Gladys Marín. Para entonces, la sorpresa era que hubiera una querella contra el general Pinochet, intocable en su país hasta fines de la década, e inmune por su investidura de senador vitalicio.
¿Cuánto le han cambiado su vida los procesos contra Pinochet? Hoy, comenta, en su país la mitad de las personas le saluda y la otra le rechaza. Perdió la privacidad del anonimato. “Antes hacía mucha más vida al aire libre”, dice. Ya no pasea en bicicleta como solía hacerlo y tampoco navega como antes. Sus escoltas se adhirieron a su sombra, y en ocasiones lo persiguen paparazzis en automóvil.
Cuando advirtió que recibía presiones de personeros del Gobierno, de senadores y de “individuos cercanos a ciertos grupos de poder”, por el proceso contra el general, lo denunció a Le Monde, periódico que en quince minutos lo dio a conocer al mundo. También han habido amenazas de muerte en su contra.
Entiendo que la sociedad chilena está dividida alrededor del caso del general Pinochet…
La sociedad estaba dividida desde antes. Obviamente ahora toma partido en relación a este proceso, porque hubo mucha gente que fue pinochetista en un sentido bueno de la palabra, por haber, entre comillas, haber sacado a Chile de un caos económico, porque arregló la situación económica del país y porque, en buenas cuentas, se estableció un orden aparente que no existía antes, o que durante el gobierno de la Unidad Popular parecía no existir. Pero, naturalmente que, el aspecto de las violaciones a los derechos humanos es lo que en el fondo hace que haya gente que esté a favor y esté en contra. La gente que va sabiendo poco a poco las cosas que ocurrieron están menos a favor del gobierno militar de lo que estuvo antes. En la actualidad hay gente que sigue muy apegada al gobierno militar, pero no creo que sea la mayor parte de la gente hoy día.
Usted, en lo personal, ¿alguna vez fue perseguido durante el régimen de Pinochet?
No, todo lo contrario. Yo hice una carrera bastante buena durante el gobierno del general Pinochet, recibí un ascenso a miembro de la Corte de Apelaciones de Talca, siendo Juez de Santiago, y una forma de promoción fue cuando se me nombró Ministro de la Corte de Apelaciones de Santiago, que si bien es del mismo rango, significaba una promoción dentro de la carrera, pues ha sido la antesala de la Corte Suprema de Chile. Tuve hasta votos para ser miembro de la Corte Suprema.
¿Y alguna vez tuvo contacto personal con él?
Sí, varias veces. Cuando fui presidente de la Corte de Apelaciones de Talca, una ciudad a 250 kilómetros al sur de Santiago, estuve varias veces en reuniones de tipo protocolar con el general Pinochet, en paradas, en almuerzos…
¿Recuerda alguna anécdota en especial?
Pinochet es un hombre socialmente muy agradable y es sencillo, la gente en nuestro país habla de campechano, cuando una persona que tiene a veces una gran representación, tiene un trato amable, con dichos populares, él es un hombre que tiene esas características; por lo tanto, es muy querido por su manera de ser, por mucha gente, sobre todo por las personas que han sido o continúan siendo sus sostenedores.
Cuando yo era presidente de la Corte de Apelaciones de Talca el general Pinochet hizo un regalo a la ciudad, consistente en la estatua de la victoria, de origen francés y hecha en bronce. Fue llevada a uno de los paseos de la ciudad y hubo un desfile de los campesinos guazos de las distintas localidades cercanas. Desfilaron en sus trajes típicos a caballo frente al general. Al final de la ceremonia, yo fui el último en bajar del estrado, precedido por el general Pinochet, y cuando había bajado el resto de las autoridades me preguntó qué me había parecido el desfile. «”Lo encontré un poco largo”, le dije. Me contestó: “Yo le doy una gran solución, cuando llegue a su casa, dígale a su mujer que ponga agua caliente con sal corriente en la palangana y ponga los pies ahí una horita, y va a ver cómo al cabo de una hora se va a acordar de mí, al día siguiente va a amanecer como si no hubiera estado de pie tres horas”. Ésa es la única conversación larga que he tenido con él en algún momento, fuera de las veces que le he tomado en interrogación en los procesos que llevo.
¿En su juventud usted fue pinochetista o antipinochetista?
Ser pinochetista implicaría estar a favor de la doctrina de una persona. Yo no le conozco ninguna doctrina a Pinochet. Yo diría haber estado de acuerdo o no con el golpe de Estado. Creo que ahí sería más franco. Yo, en el momento que se produjo el golpe de Estado en 1973, me alegré. Pero me alegré muy poco rato. Me alegré hasta que supe que se estaba bombardeando el Palacio de Gobierno y que había fallecido el presidente constitucional, elegido por el pueblo.
¿Por qué se alegró?
Porque estaba terminando un Gobierno que a mí personalmente y a mi familia no nos gustaba porque teníamos bastante privación de alimentos, escasos sueldos, una gran inflación, el país en principio estaba llegando a la bancarrota. Obviamente, nosotros no sabíamos de dónde provenía todo esto. Hoy día, que tenemos los ojos más abiertos, sabemos que ésta fue una maquinación urdida entre políticos de países importantísimos, sino el más, y con personeros políticos militares; y otros, o meros empresarios como dueños de diario, etcétera. Pero en la época uno era más inocente. Y también pensábamos que en nuestro país nada podría ser tan dramático como lo que fue. Teníamos plena confianza en las fuerzas armadas y pensamos que ése sería un período provisorio. Y ahí caímos en la tentación de haber estado de acuerdo con el golpe en ese momento.
¿Alguna vez fue militante de algún partido?
Jamás he sido militante de ningún partido político.
Uno aprecia desde afuera que el legado del general Pinochet es como una herida abierta para la sociedad chilena. ¿Cómo lo ve usted como ciudadano?
¿Cuál es el drama de Antígona? Le matan al hermano, y no le dan sepultura y dejan que el cuerpo sea comido por los animales del desierto o de la estepa, o por los carroñeros. Ése es el drama de Chile y de muchos de nuestros países. El drama de los detenidos desaparecidos. Obviamente que sus familiares tienen la herida abierta, tienen la llaga tremendamente abierta y esperan que se encuentren los restos de sus familiares, y obviamente que haya una sanción para los responsables por ese doble crimen: el de matarlos y luego esconderlos o hacer desaparecer sus cuerpos.
¿Usted cree que este proceso ayude a enterrar esos muertos?
Se ha criticado mucho este proceso porque (los delitos) los he calificado y la Corte ha corroborado esta calificación, como desapariciones forzadas, como tenemos esa figura, hemos aplicado la figura del secuestro, porque se trata de la sacada de una persona de su oficina, de su casa, de la calle, para llevarla a un lugar de detención clandestino y luego (se da) el desconocimiento de adónde fue a parar esta persona. Falta el cuerpo si usted quiere para que pudiera decirse que hubo un homicidio, tampoco se sabe la época en que fallecieron estas personas, de haber fallecido; de ahí que en reemplazo de los tratados, haciendo aplicación del derecho penal internacional, hemos utilizado la figura de secuestro permanente y yo creo que no es un error jurídico, claro que es muy criticado.
¿Siente que tiene una misión o responsabilidad frente a esta herida abierta o cadáver no enterrado de la sociedad chilena?
No, yo estoy cumpliendo con mi función de juez instructor con toda la energía que tengo, con toda la imaginación que he podido tener, y con el amor al prójimo que uno tiene que tener. Nada más.
El 17 de octubre de 1998, mientras el juez Juan Guzmán intentaba enjuiciar a Augusto Pinochet, el juez Baltasar Garzón solicitó su extradición a España mientras el general se encontraba en Londres, Inglaterra. Garzón intentaba procesarlo por delitos de genocidio, invocando la competencia universal conforme a las leyes de su país.
Sin embargo, 17 meses después, el Gobierno británico dejó en libertad a Pinochet bajo el argumento de que no estaba en condiciones de salud para enfrentar un juicio al padecer demencia senil. Pinochet de inmediato regresó a Chile. Garzón, sin embargo, sentó un precedente en materia de justicia universal, y todo el tiempo que duró su intento por enjuiciar al ex dictador, Guzmán continuó en su empeño por demostrar que el general podía ser enjuiciado en su propio país.
El 8 de agosto del 2000, Pinochet fue despojado definitivamente de su inmunidad por la Corte Suprema de Justicia de Chile.
Finalmente, el empeño de Guzmán por no dejar morir el caso, rindió frutos el 4 de enero de este año, cuando la Corte Suprema de Justicia de Chile confirmó que el general estaba apto para ser procesado.
De este modo, habían caído las dos vallas que obstaculizaban el juicio contra Pinochet, quien el 24 de noviembre cumplirá noventa años: su inmunidad y su aptitud para afrontar el juicio.
Guzmán ha logrado interrogar a Pinochet, en libertad bajo fianza, en dos ocasiones, una por la Operación Cóndor y otra por la operación Caravana de la Muerte.
Ha llevado 99 causas por violaciones a derechos humanos, con numerosísimas víctimas y procesados. Actualmente lleva cuatro causas. Una, cuyo sumario ha sido cerrado, es por la Caravana de la Muerte, por 58 homicidios y 17 secuestros. Hay otra causa por nueve secuestros y un homicidio. Está en Apelación el procesamiento de Pinochet por esta causa. Y hay otras dos causas.
