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La amenaza de los Sam
Es obvio que la visita que hizo al país, la semana pasada, la subsecretaria adjunta (interina) para Asuntos Políticos y Militares del Departamento de Estado de Estados Unidos, señora Rose Likins, no resolvió el problema de los misiles rusos tierra-aire, conocidos genéricamente como Sam, que posee el Ejército de Nicaragua y que el Gobierno estadounidense quiere que sean destruidos.
Al respecto el nuevo jefe del Ejército, general Omar Halleslevens, dijo que durante la visita de la funcionaria estadounidense se “logró aclarar inquietudes y dudas en lo relacionado al inventario de los misiles tierra-aire que se encuentran en los almacenes militares”; en tanto que el Ministro de Defensa, doctor José Adán Guerra, aseguró a la prensa nacional que en el encuentro con la señora Likins “se reafirmó la credibilidad, profesionalismo, apoliticidad y apartidismo del Ejército de Nicaragua”. (LA PRENSA, jueves 24 de febrero del 2005).
Pero el quid del asunto, en este caso, no es la credibilidad del Ejército de Nicaragua sino la situación de inseguridad internacional que causa la posesión de los misiles rusos; situación que se ha agravado al arrogarse los políticos aventureros sandinistas y liberales —que se proclaman antiestadounidenses—, el derecho a disponer sobre los misiles rusos por medio la Asamblea Nacional que ellos dominan hegemónicamente.
Esto ha hecho más apremiante el interés estadounidense en la destrucción de esos misiles, que hace 25 años significaron el avance soviético en Centroamérica y ahora representan una mayor amenaza, pues aunque no sirvan para fines defensivos de Nicaragua en manos terroristas serían terriblemente destructivos. Y como es bien sabido, los terroristas tienen en Nicaragua buenos, poderosos e influyentes amigos.
Tal como se dijo en un editorial del diario La Nación, de Buenos Aires, Argentina, el jueves de la semana pasada —el cual, por su importancia reproducimos hoy en nuestra página de Opinión—: “La preocupación norteamericana, que es ciertamente fundada, debería ser compartida por nuestro país. Debe tenerse en cuenta que si esos proyectiles no son destruidos rápidamente se corre el riesgo de que caigan en manos de algún movimiento terrorista, como —por ejemplo— las FARC colombianas, que actúan en toda la región, según quedó comprobado con el reciente asesinato de la hija de un ex Presidente de Paraguay. Si ocurriese eso, habría seguramente centenares de víctimas civiles inocentes. Una situación parecida a ésa fue la que generó el trágico caso de los dos misiles SA-7 que fueron disparados contra un avión comercial israelí en el momento en que despegaba de Mombasa, en Kenya, en el año 2002”.
En realidad, el problema de los misiles rusos se venía resolviendo satisfactoriamente, hasta que el FSLN y el PLC le quitaron al Gobierno la facultad de destruirlos. Por cierto que a Nicaragua no le sirven mayor cosa esos misiles rusos, pues según los expertos en asuntos militares serían inútiles en caso de que ocurriera un hipotético ataque aéreo de las súper veloces aeronaves de combate hondureñas, colombianas o estadounidenses. Un ataque que nunca se ha dado y que lo más probable es que no se vaya a producir nunca, a menos que los sandinistas vuelvan al poder total y emprendan aventuras bélicas contra los países vecinos.
En cambio, los misiles rusos en manos de los terroristas y usados contra la aviación civil tendrían efectos mortíferos. De manera que es lógica la preocupación estadounidense e internacional, ante el hecho de que se conserven los misiles soviéticos y que su conservación y destrucción quede sujeta a la decisión de una Asamblea Nacional dominada por políticos que se proclaman “antiimperialistas” y enemigos de Estados Unidos. Y peor aún se vuelve la situación, ante la perspectiva de que el FSLN y Daniel Ortega ganen las elecciones nacionales del próximo año, para lo cual el PLC les está brindando las mejores posibilidades.
A Nicaragua no le conviene regresar a una relación de hostilidad hacia y de Estados Unidos. Por el contrario, necesita reforzar la amistad y la cooperación de interés recíproco con ese país. Y para eso lo más conveniente no es sólo reducir la cantidad de misiles rusos, sino destruirlos totalmente, como muy bien se dice con imparcial responsabilidad en el editorial de La Nación argentina.