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desde que nuestras instalaciones fueron tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann fue detenido.

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La bioética ante la ficción hecha realidad

Alejandro Serrano Caldera

Los descubrimientos sobre la biología molecular en lo referente al genoma humano constituyen, sin lugar a dudas, uno de los acontecimientos más notables de nuestro tiempo y uno de los descubrimientos más importantes en la historia de la humanidad.

Sus alcances se relacionan no sólo con la ciencia, con la biología genética, sino también con la ética, la filosofía, el derecho y en fin, con el futuro de la vida humana.

El debate contemporáneo alrededor del tema, pese a la severidad que conlleva, o precisamente por eso, toca las fronteras de la ciencia-ficción. Dicho de otra manera, la ciencia, con todo su rigor, parece haber alcanzado a la imaginación más desbordante; la verdad de hoy realiza la ficción de ayer y los sueños de ayer, buenos o malos, son el anticipo del porvenir.

Las descripciones imaginarias de Aldous Huxley en Un mundo feliz, profecías o premoniciones, parecieran posibles hoy mientras las fronteras entre la ficción y la realidad van desapareciendo. Pareciera que lo imposible no es más aquel absoluto irrealizable, sino aquello a lo que todavía no le ha llegado su hora de realización.

Cuando Huxley, hace algunas décadas, nos describe una sociedad en la que se fabrican personas de conformidad con las necesidades del poder, la burocracia y la economía, cuando se hacen seres humanos en laboratorios destinados a reforzar las estructuras existentes y garantizar la continuidad en el poder, nos está advirtiendo sobre los peligros de un futuro que es hoy posibilidad presente.

Los sujetos alpha, beta, gamma y delta, son fabricados de acuerdo a los requerimientos del poder político y económico, del Estado y del mercado, dos abstracciones entre las cuales queda confiscada la libertad y la dignidad de la persona. Un mundo feliz nos previene sobre muchos peligros: que el poder destruya la dignidad y la libertad, que las estructuras que lo mantienen sean más importantes que las personas, que todo desarrollo científico, tecnológico o económico, se escape al control de una ética que lo justifique moralmente y pretenda ser en sí mismo y en forma autárquica su propia moral.

Uno de los grandes riesgos de la humanidad presente y futura es la debilidad de una filosofía moral capaz de encauzar los maravillosos logros de la ciencia y de la técnica. La revolución tecnológica ha avanzado a mayor velocidad que la construcción de esa ética que debe servirle de sustento. Por eso el descubrimiento del genoma abre las puertas a este debate filosófico.

El genoma es el conjunto de genes que caracterizan a una especie. El ácido desoxirribonucleico, ADN, es la secuencia de letras dispuestas en orden muy preciso y contiene alrededor de tres mil quinientos millones de caracteres que surgen de las combinaciones de cuatro: G, guanina; C, citocina; T, timina; A, adenosina.

Decenas de miles de genes se ordenan en plaquitas denominadas biochips que contienen los datos más relevantes. El descubrimiento del genoma hace posible el nacimiento de la medicina predictiva, pues la correcta lectura de ese mapa genético permitirá predecir las enfermedades futuras, lo que constituirá, sin duda alguna, un gran avance en la lucha constante por aliviar el dolor humano.

Pero junto a esto surgen los riesgos de su utilización para fines de poder, control o selección genética, los que aunque quizás en este momento no sean un peligro inminente, está presente, no obstante, la posibilidad de llegar a serlo.

De ahí la necesidad de una ética biológica o bioética que norme la conducta moral en su aplicación. En ese sentido es de particular importancia la Declaración Universal sobre el Genoma Humano y los Derechos Humanos, adoptada por la UNESCO en la 29 Conferencia General del 11 de noviembre de 1997.

La Declaración consagra en forma simbólica el genoma humano como patrimonio de la humanidad; preserva la libertad, la dignidad de la persona cualquiera que sean sus características y rechaza el determinismo genético.

Uno de los retos más abrumadores para la bioética es el de la clonación humana. El tema presenta impresionantes desafíos puesto que la persona no es sólo una entidad biológica, sino histórica y moral, fundada sobre el principio de la libertad, la que se vería no sólo transgredida sino anulada al ser sometida al determinismo genético.

Además, atentaría contra el principio de individuación, que afirma que cada ser humano tiene una individualidad propia y única. Si esa transgresión ocurre, ¿dónde queda la conciencia del sujeto? ¿Dónde la libertad? ¿Dónde la responsabilidad de sus acciones? ¿Cómo podría ser posible la justicia que castiga el mal y reconoce el bien?

La alteración de los parámetros morales, filosóficos y jurídicos, puede ser enorme si no se avanza en la elaboración de mecanismos éticos, legales e institucionales, que a la vez que promuevan y protejan el avance de la biología genética, establezcan los sistemas de protección de la libertad y dignidad del ser humano.

En consecuencia, como señala Niceto Blázquez en su obra Bioética, “cualquier forma de manipulación genética aplicada al ser humano, sólo se legitima éticamente cuando tiene sentido terapéutico y con las debidas garantías de respeto a la vida y a la salud de los pacientes humanos o a sus elementos germinales”.

El autor es filósofo nicaragüense

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