Marlon José Navarrete Espinoza
En nuestra historia reciente y actual padecemos una prolongada y agónica recesión. No hay empleos dignos, no existen oportunidades de desarrollo, tenemos bajos salarios que no cubren las necesidades básicas, no hay dinero para gasto social, como para los asilos de ancianos, orfanatos, casas de refugio, para los discapacitados, los abandonados y hasta para los animales.
Pero la recesión más grave que atravesamos es la de nuestros propios sentimientos. No tenemos compasión por las tribulaciones de nuestros semejantes, no hay solidaridad desinteresada en los momentos críticos, somos depredadores de nuestra propia naturaleza y de nuestro país como si no nos afectara la herida que estamos abriendo y que no cicatriza por nuestra soberbia e indiferencia. No combatimos las injusticias a pesar de que nos quejamos de ella, quizás porque algún día nos serviremos para oprimir a otro.
La demagogia de muchos políticos y del Presidente es una burla que indigna por su irrespeto. Hablamos de paz pero nuestras acciones son de guerra. Hay una recesión espiritual porque cada día Dios es menos necesario al verse desplazado por nuestras diversiones y placeres o nuestros problemas y sólo acudimos a él en emergencias como si fuera enfermero o bombero. Olvidamos nuestros errores del pasado y los cometemos de nuevo, queremos menos y ambicionamos más.
La recesión acabará cuando comencemos a crecer, al cultivar nuestros valores y buenos sentimientos, entonces la nación crecerá.