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desde que nuestras instalaciones fueron tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann fue detenido.

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Las comunidades del diálogo

Juan Bosco Cuadra*

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Las comunidades del diálogo


Juan Bosco Cuadra*




En mi artículo anterior, del domingo 27 de febrero, El diálogo entre el Cacique y el Capitán, decía una de las razones por las que dicha entrevista no fue en realidad un diálogo. Exponía en ese artículo que fue más bien una especie de lección teológica que acabó en un “alboroto”. Hasta Manuel Guillén, en su caricatura, en el son del humor cáustico que lo caracteriza, mostraba al conquistador frustrado ante la estatua de piedra del Cacique: “es bruto porque es de piedra” o, al revés, diríamos nosotros, “es de piedra porque es bruto”, nos causa risa pero… en el fondo tanto el humor como la realidad no se contradicen. Es decir, que el Cacique Nicarao fue, en verdad, un hombre muy inteligente y más ante una persona que se le presentaba superior en muchos aspectos. Supo, en pocas palabras, salirse con la suya sin meterle pleito y guardando cierta distancia en lo que se refiere a sus costumbres y formas de vida. Fue considerado por lo mismo, un “pacifista” y su gran inteligencia se manifestó por la calidad y las grandezas de sus preguntas. En mi opinión, él fue “primer filósofo de Nicaragua”.

Esa caricatura me recordó el famoso discurso pronunciado por el gran filósofo ateniense Diógenes Laercio, enfrente de una estatua de piedra. Muchos al verlo, se preguntaron el por qué de tal desatino. Él simplemente contestó: “Hablo enfrente de esta estatua de piedra para practicar y posteriormente hablar con los hombres.

Tremenda respuesta que nos debe hacer meditar sobre las causas de por qué los seres humanos cada día nos entendemos menos.

Hablemos, pues, del diálogo… En primer lugar, dialogar significa entenderse los unos a los otros dentro de un marco de comunicación, no sólo de ideas, sentimientos, afecciones, opiniones, etc., sino también a un nivel “existencial”. Nuestras vidas tienen un espacio y un fin común. Todos vivimos bajo un mismo techo poblado de estrellas, planetas y constelaciones, y, a la vez, viajamos a través del espacio en una nave llamada “Planeta Tierra”. El tiempo de nuestra existencia está ya medido y contado. Estamos todos señalados para decir: hasta aquí nomás llegamos. Es decir, que la muerte nos espera a todos, ricos, pobres, inteligentes, necios, vivos, dundos, ineptos, mediocres, competentes y un gran etcétera.

La escuela estoica insistió mucho en el recurso de la razón para el mutuo entendimiento entre los hombres. Llegaron inclusive a decir que, quien obedece a la razón está acorde con la naturaleza y con una ley inexorable que rige todo el Universo, llámese este Dios, Nirvana o Alma Universal.

Expuesto así estos fundamentos metafísicos, ¿qué es lo que entendemos por el diálogo? Antes que nada, hay que tener en cuenta que esta palabra es la unión de dos términos latinos, a saber, “dia” que significa “dos”; y “logos” que significa “razón”. De modo que dialogar implica ponerse a razonar entre dos o más personas interesadas en unos mismos temas que les atañen y que son necesarios tratar para el bien de todos.

No sabemos dialogar precisamente porque hemos perdido el horizonte sobre los temas a tratar. Nuestros razonamientos siempre están mediados, ya sea por los intereses personales económicos o políticos, o por los perjuicios de clase o de ideología religiosa, económica o política. La “razón” puesta a merced de estos ídolos humanos, no es capaz de trascender y mucho menos de hacer el viaje de yo al tú y del tú al yo que exige el verdadero diálogo.

En este sentido, la moralización de las costumbres de nuestro pueblo son una necesidad para lograr acuerdos reales a los conflictos actuales. Necesitamos cambiar de formas de pensar y creer para llegar a vivir de una manera distinta, más original y creativa.

Sin embargo, nadie da lo que no tiene. Si desde pequeño no nos inculcaron esa capacidad para razonar en medio de nuestras conversaciones, muchas veces acaloradas e intimidadas por los que más se imponían sobre los otros, muchos menos debemos de esperar saber enfrentar las crisis en la era adulta y profesional. “Al que más ‘puede o tiene’ a ese se le seguirá”. Tal pareciera ser el lema de hoy. La comunicación existencial se trunca… el diálogo se imposibilita.

Desde el año 2003, en el Ministerio de Educación, Cultura y Deportes, hemos venido introduciendo una nueva asignatura y un nuevo método para la enseñanza. La asignatura es la “filosofía”, el método es la “comunidad de diálogo”.

El creador del programa de Filosofía para niños, el doctor Matthew Lipman, en 1969 sugirió esta asignatura en el currículo de preescolar, primaria y secundaria. Así como existe, por ejemplo, una asignatura para el lenguaje llamado, en nuestro caso, “español”, así también debería de existir una asignatura para el “pensamiento”, llamada “filosofía”.

Enseñar a los niños y niñas desde los 5 años no sólo a pensar, sino también a dialogar entre sí, es una de las metas más queridas por este programa. Además, pone “boca abajo” los métodos de enseñanza autoritaria y le da un rol al docente para que (él o ella) también se pongan a monitorear el diálogo y ser, como dice un especialista mexicano, el doctor Eugenio Echeverría, “filosóficamente humildes, pedagógicamente fuertes”.

Ojalá que nuestro nuevo ministro tome cartas en este asunto de tanta importancia para el sistema educativo nacional.

* El autor es filósofo, asesor del MECD

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