Wilfredo Espinoza Lazo*
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El crítico creador y su región universal
Wilfredo Espinoza Lazo*
En la vasta obra del ensayista y poeta chontaleño Guillermo Rothschuh Tablada (1926) se vislumbran dos importantes enfoques de influencia magistral para los que recrean su pájaro azul en los parques del cerebro: la identificación comprometida de la identidad nacional del escritor y la necesaria vuelta a las luces que dejaron profundas huellas en el mar literario; caminos indispensables para la creación literaria. No es desconocida la calidad del sabio nicaragüense, calidad que jóvenes buscadores de sueños en el arte de escribir desconocen su influencia, la que es necesaria citar para fundar el primer pie en la “búsqueda de nuestra expresión” como reza Pedro Henríquez Ureña. Porque cuando Guillermo ancla su visión profunda sobre un título hay que esperar, absorto, su inconfundible opinión de insospechada calidad, tarea que el escritor inglés Oscar Wilde llama “el crítico como artista”, y que según Fernández Retamar, otros prefieren llamar “crítico creador”. Pero nadie más que José Martí para pesar la labor del crítico: “Son una la verdad, que es la hermosura en el juicio… y la mera belleza, que es la hermosura en el arte”. Y no hay duda que su mayor celebración es la verdad con que expresa la esencia de su interpretación, colmado de belleza, el rostro del arte. Es indudablemente el crítico creador de Nicaragua.
Allí está Guillermo, de confiable autoridad literaria en su terruño, como cazador furtivo y con escopeta de pluma, haciendo escritores, o bien, los lleva al paredón e incluso grita la voz de fuego, yéndose hasta cerciorarse de sus muertes. Allí los espera al acecho nuestro Ramón Menéndez y Pidal (1869-1968), el también erudito —aunque español— quien ahondó en las raíces españolas con estudios sobre la literatura de la época. Basta citar sus Orígenes del español y La España del Cid. Desde aquí se identifica con sus antecesores hispanoamericanos y nos lo presenta con maestría ensayística y más profundo aún cuando escucha sigilosamente al guatemalteco Luis Cardoza y Aragón (1904-1992), quien le susurra a diario: “El arte para que sea auténtico, universal, deber ser ante todo regional” y por eso Comala no es inimaginable, don Quijote es de la Mancha, Dulcinea es del Toboso, y en nuestro patio, doña Julia es de Masaya. Con razón Aragón diseñó su mejor ensayo con el título Guatemala: las líneas de su mano (1905), en donde “Lee en las líneas de la mano de su nación”, señalan las enciclopedias.
Su objetivo es fortalecer al artista con la coraza direccional de grandes maestros y plantar bien sus raíces. Por tal razón reiteradas veces nos lanza la flecha sentenciosa de Tolstoy, “pinta bien tu aldea y serás universal”. Pero su encarnación más sutil es el verso de Neruda: “Pero yo amo hasta las raíces /De mi pequeño país…”, y continúa, “Yo no vengo a resolver nada./Yo vine aquí para cantar / y que cantes conmigo” (Canto General). No hay mejores elementos de triunfos ni más diluyentes que éstos de color a tierra y a universalidad, en el que nos da el mapa para saber dónde están nuestros pies, y la brújula para guiarnos, o más bien para indicarnos la lectura del Norte que es el gran Whitman y el Sur que es Neruda… es aquí donde insisto que el crítico hace al escritor dotado de un potente nacionalismo y armado de un catador de lecturas: en esto radica el éxito.
Estar frente a sus libros de ensayos es estar en una cátedra de creación literaria; exagium que tiene el peso del oro puro por ser de una prosa literaria perennizada con sabiduría, hondura y seriedad científica. El mejor ensayista de la Comarca literaria (Francisco Arellano Oviedo), el erudito de Nicaragua que funde bellamente las palabras que le piden el tema, trazando literatura, historia y otras ciencias y artes, sin inventar ni crear Macondos sino que busca la verdad científica del conocimiento, pues como dice Anatoli Lunacharski, no hay división entre la historia literaria y crítica literaria, notas que valorizan el ensayo y el “juicio” que el mexicano Alfonso Reyes bautiza como la “corona de la crítica”. Combina la poesía —sin distorsionar el mensaje ni las consideraciones, de modo que la objetividad alcanza su equilibrio con la exacta figura literaria diseñada con relación al resultado o conclusión del enjuiciamiento— y la reflexión filosófica. Estar frente a su libro es enfrentarse con uno mismo porque allí es donde encontramos nuestros atrasos y en donde nos convencemos de que su prototipo es muy alto pero vale el costo del intento, sin vacilar, pues es el ensayista de mayor influencia sobre el pensamiento y la literatura nicaragüense.
Guillermo es sereno como ceibo e imponente como el Arragua, que observa y declama silencioso y con un casi imperceptible rumor de abeja en los labios: “Yo soy el amante de ensueño y formas/ que viene de lejos y va al porvenir”, convencido de que el arte de la crítica es una experimentación de formas y una intensa e interminable búsqueda del corazón palpitante de originalidad porque la “infiltración cultural es más peligrosa que la política”, sentencia en su prosa ágil y delicada.
Aboga primero por una literatura nicaragüense, la que no existirá mientras no haya Nicaragua o visión por una nicaraguanidad, no pequeñas Nicaragua divididas por un ardor político y un descorazonado fulgor social discriminatorio, que tanto combate el poeta Guillermo. Aboga después en el reclamo de nuevas vías de creación, por eso, cuando le anuncian la publicación de una obra, pregunta, ¿qué aporte hará a la literatura nicaragüense? Siempre a favor del arte y la literatura, pero de genuina y enriquecedora proyección nacional, y mejor si hispanoamericano.
Se suma a críticos latinoamericanos como Martí, Rodó, Reyes, Pedro Henríquez, Martínez Estrada, Mariátegui, y otros que leyeron e invitan a releer a Góngora, Quevedo, Cortázar, Octavio Paz y cuantos genios hayan sembrado destellos y trazado nuevos senderos luminosos de innovaciones… pero insiste sobre todo leer al maestro de Metapa y saborear las metáforas de Vallejos, la sabiduría de Borges, la riqueza de vocabulario, estilos y esencias de Lezama, la cátedra de lectura y escritura de Márquez; por eso, cuando alguien le dice que ya leyó Pedro Páramo, él le contesta, vuelva a leerlo, de punta a punta y sin respirar para no perder en el aliento la palabra que no sobra ni falta en la obra maestra de Rulfo. La lectura hace al buen escritor, dice, de lo contrario nos reduciremos “a grandes males” y lo que nos llevaría a “escribir mala poesía y peores libros”, con la seguridad de “caer en el olvido”. Si hay maestro es terquedad querer guiarse solo, el problema sería después cuando tropecemos con una crítica devastadora por la fuerza de la verdad, y nos desinflame los ánimos y fusile antes del primer chubasco de su soñado invierno porque “el pueblo no quiere mala poesía”, dice, sin rumbo y sin voz. Parafraseando al cantor de vida y esperanza, sin saber a dónde van ni de dónde vienen. Lo peor será cuando reciban una crítica de fusilamiento, sabiendo que no lo amarra un compromiso, porque ésta es su principal libertad, según Octavio Paz. Calidad, no cantidad; mejor con el compromiso estético, sin cometer el crimen de escribir un “verso flojo”.
De algo claro debemos estar: hay un maestro del ensayo y un erudito de la literatura universal en Nicaragua, el que hace de la crítica un arte —por eso es un crítico artista—, el arte de escribir —por eso es crítico creador—, el arte de hacer buenos lectores y por añadidura, buenos escritores. Allí circunda su epicentro: en las profundas raíces del árbol de carne y las selectas lecturas de los genios literarios, es decir redescubrirlos, o más exacto, desempolvarlos.
* El autor es presidente del Grupo Literario Huellas de Chontales