Marcela Sánchez
Roman, Times, serif»>Desde Washington
El eterno dolor de cabeza migratorio
Marcela Sánchez
Quizás el único punto de acuerdo en el contencioso debate sobre inmigración es que el sistema no funciona. El incremento en inmigrantes ilegales que cruzan la frontera entre Estados Unidos y México —al igual que el creciente número de los que mueren en el intento— es la señal más clara de que el sistema creado para contener la gran afluencia de inmigrantes no lo hace.
Una década de iniciativas fronterizas que no han logrado reducir el flujo, debiera servir como evidencia de que medidas de control por sí solas no pueden resolver el problema. Más aún, las muertes en la frontera debieran recordarnos que cualquier sistema en que las personas están dispuestas a arriesgar sus vidas para evadirlo, está condenado al fracaso.
La próxima semana, el presidente George W. Bush, el presidente mexicano Vicente Fox y el Primer Ministro canadiense Paul Martin tienen programada una minicumbre en Texas en que la inmigración hará parte de la agenda. Como preparación del encuentro, la secretaria de Estado Condoleezza Rice viajó a México la semana pasada y dijo lo que probablemente repetirá Bush palabras más, palabras menos: Washington está comprometido con un sistema de inmigración que sea “humano”, que “respete las leyes estadounidenses” y que “reconozca las realidades económicas entre México y Estados Unidos”.
La administración Bush debiera ser aplaudida por establecer metas que hagan de la inmigración lo que no es hoy en día. De hecho, será sólo cuando los políticos comprendan el aspecto humanitario de la situación, que la búsqueda de soluciones se hará suficientemente exhaustiva.
La pregunta que requiere hacerse ahora, sin embargo, es si las reformas actualmente contempladas serán suficientes para responder directamente a la desesperanza que lleva a cientos de miles a arriesgarse cada año a cruzar una frontera cada vez más fortificada.
Bush está a favor de un programa de trabajadores temporales que, tal como él lo explica, buscará que un empleador estadounidense que no haya podido llenar una vacante pueda hacerlo con un extranjero que lo solicite. Hasta cierto punto, el bienestar del trabajador es parte de la propuesta.
El programa le dará un permiso temporal a inmigrantes que cumplan los requisitos exigidos por un empleador estadounidense.
Sin embargo, la experiencia pasada con un programa de trabajadores temporales fue ambigua en el mejor de los casos. Y líderes religiosos y otros defensores de los inmigrantes temen que el número de trabajadores beneficiados será tan limitado que la inmigración ilegal continuará virtualmente intacta.
Actualmente, los senadores John McCain (R-AZ) y Ted Kennedy (D-Mass) redactan una legislación que seguiría los lineamientos de la propuesta de Bush. Entre tanto, líderes republicanos de la Cámara están a favor de más control y medidas punitivas en vez de una reforma profunda. Su iniciativa, que fue aprobada por la Cámara en febrero, restringiría, por ejemplo, las licencias de conducir para inmigrantes y haría más difícil conseguir asilo político.
Ni Bush ni las otras propuestas legislativas se acercan siquiera a la exhaustiva idea de crear un Fondo Norteamericano de Inversión en el que recursos de Canadá y Estados Unidos ayudarían a México a revertir su creciente brecha de desarrollo con sus vecinos del norte.
La idea del fondo fue presentada esta semana por el Council on Foreign Relations. No es una idea nueva y escépticos dudan que el equipo de Bush considere una propuesta de tal magnitud cuando el presidente se reúna la próxima semana con Fox y Martin.
Mientras tanto, la principal esperanza de México y muchos otros países latinoamericanos para obtener fondos para el desarrollo, continúa atada a la inmigración . El año pasado, los inmigrantes en Estados Unidos, muchos de ellos ilegales, enviaron a sus parientes en sus países de origen más de US$ 45,000 millones de dólares en remesas. Éstas han superado la inversión extranjera directa y la ayuda exterior a la región en los últimos tres años.
Dicha “ayuda” pareciera exacerbar el problema de la inmigración ilegal. Si las remesas no se hubieran convertido en la única forma concebible para cambiar la suerte de familias enteras al sur de la frontera —donde la brecha entre ricos y pobres está creciendo— uno podría argüir que no serían tantas las personas dispuestas a hacer la heroica travesía para encontrar trabajo en Estados Unidos.
Hace diez años, iniciativas como Operation Gatekeeper, agregaron personal, tecnología y recursos para mejorar el control de la frontera sur de Estados Unidos. Pero en vez de disuadir a inmigrantes ilegales a que no crucen la frontera, esas medidas sólo los han llevado a buscar otras rutas menos protegidas.
Esto ha hecho los cruces más peligrosos y mortales. Y tristemente, según Óscar Chacón, director de Enlaces América, un grupo defensor de los inmigrantes en Chicago, los ilegales siguen viniendo ya que “la vida se ha hecho mucho menos esperanzadora” para muchos en México y Latinoamérica.
Quizás el único punto de acuerdo en el contencioso debate sobre inmigración es que el sistema no funciona (…) Si las remesas no se hubieran convertido en la única forma concebible para cambiar la suerte de familias enteras al sur de la frontera -donde la brecha entre ricos y pobres está creciendo- uno podría argüir que no serían tantas las personas dispuestas a hacer la heroica travesía para encontrar trabajo en Estados Unidos.