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El Papa libertador

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El Papa libertador





El pueblo nicaragüense tiene muchas razones para lamentar de manera muy especial la muerte del Papa Juan Pablo II, quien fuera el primero y único Romano Pontífice en visitar Nicaragua (dos veces, en 1983 y en 1996), pues entre sus muchos méritos religiosos se le reconoce también el significativo rol espiritual que desempeñó en la última liberación del pueblo nicaragüense.

En realidad, durante su apostolado de más de un cuarto de siglo el Papa Juan Pablo II visitó casi todos los países del mundo y en cada uno de ellos dejó una huella imperecedera. Pero en el caso de Nicaragua, particularmente con su primera visita en 1983 influyó para siempre en la historia nacional contemporánea. Ciertamente, basta ver el vídeo Evidencia sacrílega, que recoge imágenes de aquella histórica visita del Papa a Nicaragua —cuando el régimen sandinista estaba en el apogeo de su poder totalitario—, para conmoverse con el recuerdo del escarnio a que fue sometido en aquella ocasión el Santo Padre, pero también para percibir su mensaje liberador que venció a la profanación sandinista, como tenía que ser.

Es cierto que tuvieron que pasar casi siete años más para que la mayoría de los nicaragüenses pusieran fin a la cruenta dictadura sandinista que había sustituido en el poder a la también sangrienta dictadura somocista. Pero desde aquella primera visita del Papa Juan Pablo II todo comenzó a cambiar en Nicaragua, porque el mensaje liberador del Romano Pontífice caló profundamente en el alma de los nicaragüenses y fue un acicate moral en la lucha por la libertad, que finalmente se conquistó en las elecciones de febrero de 1990 y se comenzó a construir en abril del mismo año.

Es necesario señalar que la convocatoria a la lucha por la libertad que planteó Juan Pablo II llegó ante todo a su entrañable Polonia natal y los otros países del Este europeo que cuando el cardenal Karol Wojtyla subió al solio pontificio gemían bajo la esclavitud comunista, y ahora son todos ellos naciones libres como Juan Pablo II lo quería y por lo que luchó sin tregua ni desmayo.

Por eso Juan Pablo II es justamente considerado —junto al líder político ruso Mijaíl Gorbachov y el estadista norteamericano Ronald Reagan— como miembro del trío de descollantes personalidades internacionales que a fines del siglo XX cambiaron el curso de la historia de la humanidad. Siendo el mayor mérito para el Santo Padre, porque fue el artífice moral de la caída del comunismo en Europa Oriental y la antigua Unión Soviética, haciendo del cristianismo —que es una doctrina de liberación espiritual— también un medio de emancipación material.

De manera que la ausencia del Papa Juan Pablo II se va a sentir mucho en todo el planeta y no sólo entre la cristiandad católica. E independientemente de los méritos que logren acumular sus sucesores y de la grandeza que puedan desplegar en el desempeño de su misión pontificia, la obra personal del Papa Juan Pablo II no podrá ser igualada jamás, ante todo porque las condiciones en las que éste ejerció su ministerio no se repetirán.

Es posible que otro Papa haga lo mismo e inclusive más que Juan Pablo II, quien viajó por todo el mundo para promover la paz entre las naciones y el amor entre las personas; pidió perdón por los errores cometidos por los líderes de la Iglesia a lo largo de la historia; dictó nuevos Códigos y Catecismo de la Iglesia Católica; enriqueció el Santo Rosario; proclamó a miles de nuevos santos y beatos; redactó catorce encíclicas; escribió unos treinta volúmenes de testimonio escrito y oral de su magisterio universal, etc. Todo eso puede ser repetible. Pero encender la antorcha de la liberación espiritual, religiosa, integral, política y social de centenares de millones de personas en diversos países del mundo, inclusive en Nicaragua, es una hazaña que nadie podrá tener la oportunidad de conseguir y mucho menos de superar.

Por todo eso, y además por el conmovedor testimonio de fe y valor que dio hasta el último momento de su existencia física, Juan Pablo II es ya un santo, indiscutiblemente, sin necesidad de la canonización oficial que de todos modos y sin dudas comenzará de inmediato.

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