Sara Ivette Poveda Vanegas*
Excepcional se convierte en una palabra deleznable cuando se usa para referirse a Karol Wojtyla, mejor conocido como el Papa Juan Pablo II (1920-2005). Su personalidad era trascendental, sin necesidad de intentarlo.
Más allá del título de Vicario de Cristo, Santo Padre, Cabeza de la Iglesia, Pastor Universal o representante de Dios en la Tierra, Juan Pablo II poseía un poder de convocatoria y carisma celebérrimo que únicamente podía proceder de la gracia del Espíritu Santo. Encontramos en él a un pastor cuidadoso y tierno que veló por su rebaño hasta el cansancio. Fue un protector perseverante que amó y defendió la Iglesia, su legítima esposa, de los ataques que la perseguían constantemente; procurando, al mismo tiempo, la unificación, solidaridad y paz entre todos los hijos de Dios.
La defensa a la dignidad humana que él ejerció estuvo marcada por una tenacidad, constancia, perseverancia y lucidez extraordinarias. Por esto, su doctrina marcó la historia del Vaticano al impactar por igual la vida de escépticos, antagonistas, creyentes, jóvenes, viejos, hombres, mujeres y niños. Pero sobre todo, fue luchador inquebrantable del regalo más hermoso que hemos recibido de Dios: la vida. Su batalla se extendió a los numerosos aspectos de ésta.
Defendió la dignidad y valor de los pequeños, sin importar la etapa de vida que estuvieran viviendo. Nos habló a los niños con la simplicidad y veracidad que Jesús habría hablado a sus doce años sobre el amor inmenso que nos tiene el Padre, y nos recordó que “el Hijo predilecto de Dios se presenta entre nosotros como un recién nacido”.
Su figura paterna envolvió toda la sociedad, desplegando una particular atracción e identificación con la juventud. Él fue el primer Papa en reunir cantidades exorbitantes de jóvenes deseosos de cultivar una relación más personal con Dios; colocándonos en el centro del plan pastoral y llamándonos a divulgar el evangelio con nuestras acciones.
Luego de recordar con especial cariño y admiración su vida y obra, sólo resta decir que hoy es día de fiesta celestial. El Papa de los jóvenes ha ascendido a los cielos y su legado ha comenzado a florecer en los corazones de todos aquéllos que sentimos con dolor su partida terrenal.
* La autora es creyente católica