Rodolfo Jerez C.*
Uno de los grandes acontecimientos en la historia de Nicaragua fue la primera visita de Juan Pablo II —el Papa viajero— a este país el 4 de marzo de 1983, cuando la dictadura sandinista impulsaba la guerra contra hermanos y su sistema dominaba toda actividad de la vida nacional. Triste época para los nicaragüenses. En esos años el poder político-militar de la Dirección Nacional del FSLN se consideraba “In aeternum” (para toda la vida). Pero la llegada del Papa fue muy oportuna para renovar la fe, la esperanza y crear alivio al calvario político sobre nuestras vidas. Él había vivido en su natal Polonia la persecución religiosa de parte del comunismo en donde muchos pagaron su fidelidad a Cristo con sangre, y su estado de Cardenal era un secreto vaticano.
Días antes de su arribo a su visita se giraban las “consignas sandinistas” en todo el Estado y se preparó gente para el recibimiento en el aeropuerto fingiendo ser gente del pueblo cristiano-católico. Tenían que obedecer las consignas del estado totalitario y ateo. Allí mismo fue notoria la falta de respeto y educación del doctor Rafael Córdoba Rivas, en ese entonces miembro de la Junta de Gobierno, quien saludando al Papa no se quitó el sombrero en ningún momento, ni para refrescarse del calor. Por su parte, Su Santidad arremetió a regaños al cura Ernesto Cardenal, asignado Ministro de Cultura sandinista. Regaños bien merecidos.
La mayor demostración del boicot fue en la plaza en donde se celebró la misa campal. Ya habían formado filas a muy tempranas horas las organizaciones sandinistas de obreros, de mujeres, del partido o del centro de trabajo que seguirían las orientaciones partidarias para que los de atrás no se acercaran al Papa o se les oyeran sus oraciones. Lo único que sobresalió fueron aquellos grupos que interrumpieron la homilía gritando a coro y con el favor del micrófono: “Queremos la paz” — cuando la dirección nacional ordenaba la guerra. “Una oración para nuestros muertos”— mientras el Frente Sandinista enviaba a la muerte a jóvenes en los campos de batalla, en la montaña, en las fronteras. También recorrían la plaza grupos que interferían la vista con pancartas con mensajes ofensivos y el sonido de la voz del Papa opacado por los parlantes portátiles. En fin, fue una misa de pesadilla tanto como para el Papa como para los fieles reunidos en ese suelo; con el pesar de que miles no llegaron desde los pueblos porque el ejército no lo permitió como muestra de aquella persecución religiosa. “¡La primera que quiere la paz, es la Iglesia!”, exclamó el Papa dando júbilo a su pueblo cristiano.
Pero aún así, con esas migajas que pudimos recibir, con eso bastó para quedarnos amando a nuestro Papa. Reafirmando este sentimiento cuando regresó a Nicaragua (1996) invitado entonces por la ex presidenta Violeta Chamorro, bajo otro panorama con un pueblo en libertad.
Creo recoger el sentimiento de miles de nicaragüenses que estarán recordando aquellos angustiantes momentos.
Juan Pablo Segundo, Karol Wojtyla, que descanses feliz y en paz, dejaste en nuestros corazones un grabado dedicado a vos: “Non omnias moriar”. No moriré del todo.
* El autor reside en Canadá