Eduardo Enríquez
Roman, Times, serif»>Blanco y negro
Una dañina herencia
Eduardo Enríquez
En Nicaragua a veces las cosas más increíbles parecen pasar inadvertidas. LA PRENSA abrió la semana con un reportaje sobre el costo de la “piñata” sandinista después de 15 años.
Nada menos que 1,600 millones de dólares. Eso es lo que los nicaragüenses han tenido que pagar por los desmanes del Frente Sandinista que al perder el poder decidió llevarse el botín de guerra.
Es curioso que esa sea la misma cantidad que dejó como deuda externa el dictador Anastasio Somoza cuando fue derrocado. Una cantidad que a niveles de deuda externa hoy parece diminuta ante la que los mismos sandinistas dejaron a los nicaragüenses cuando fueron expulsados del poder en 1990. Ellos dejaron 12 mil millones de dólares en deudas.
Pero no sólo dejaron esa deuda astronómica que hoy prácticamente ha desaparecido gracias a los esfuerzos —hay que reconocerlo— de los gobiernos de Violeta Barrios y de Enrique Bolaños, sino que inauguraron la deuda interna, que en gran parte la tenemos gracias a ellos, porque se han tenido que pagar más de mil millones de dólares en indemnizaciones. Y esos mil millones los tendremos que pagar todos los nicaragüenses, porque con los bancos no hay HIPC que valga.
¿Cómo —se pregunta mucha gente— después de semejante desastre, que no incluye el dolor de la guerra, pueden los danielistas todavía tener apoyo popular?
El reportaje de LA PRENSA también da la respuesta. Claro que los dirigentes sandinistas de entonces, que actualmente son la cúpula danielista en su mayoría, se reservaron la mejor parte, pero se cuidaron de repartir alegremente lo que no era de ellos: 26 mil títulos de Reforma Agraria distribuidos en el período de transición, 20 mil viviendas y 125 mil lotes. Números que, como dice el reportaje, dan escalofríos, pero que al verlos desaparece el “misterio” de dónde sale la “base” sandinista.
Así que también podemos concluir que ese sandinismo, que hoy sigue pregonando el danielismo, no sólo heredó a los nicaragüenses inmensas deudas externa e interna, además de una sangrienta guerra, sino que también hizo pensar a un gran número de nicaragüenses que lo correcto y lo deseable era tomar lo del Estado y repartirlo o aprovecharlo de la manera que mejor se les ocurriera.
Es por eso también que a mucha gente no le parezca “tan malo” que el otro caudillo haya usado sus años en el poder para amasar también una inmensa fortuna que, claro, se queda enana comparada con la del sandinismo, pero que al fin y al cabo es el mismo robo.
Sin embargo, la herencia más triste que hemos obtenido de todo esto es la indolencia. Que números como los que vemos no causen ni la menor de las reacciones y que a estas alturas estos señores puedan seguir pregonando que trabajan “en beneficio del pueblo” sin que les dé vergüenza.
Esa sí que es la más triste y dañina de las herencias del sandinismo.