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desde que nuestras instalaciones fueron tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann fue detenido.

con las instalaciones tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann detenido.

En la Plaza de San Pedro

Marcelo Solórzano Zelaya

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En la Plaza de San Pedro


Marcelo Solórzano Zelaya




Eran las 6:15 de la tarde en Roma, el dia 4 de abril, cuando me encontré en la fila que alcanzaba hasta la mitad de Vía de la Conciliazione, la que desemboca en el Vaticano, en la Plaza de San Pedro. Nos ofrecían botellas de agua para nuestra hidratación y para no desfallecer en el camino.

Al poco tiempo, miré atrás y noté que nuestra fila ya alcanzaba lejos hasta el Castillo de San Ángel. Éramos muchos, ¡una multitud inmensa! ¡qué muchedumbre éramos! ¿seríamos curiosos? ¿cazadores de asombros? ¿creíamos en lo que veíamos o éramos solamente una multitud más? Nuestra presencia ¿nos inspiraba al cambio? ¿desearíamos seguir lo que buscábamos? ¿o una vez saciados, nos iríamos al siguiente programa? La calle estaba calzada de botellas vacías. El agua nos sostenía en el camino, todos necesitamos agua y el agua era gratis.

¿Qué vimos y escuchamos en el camino? A lo largo de nuestro sendero se alzaban pantallas inmensas que mostraban escenas de la vida del Papa o la lectura de la carta que escribió a los ancianos, la meditación de su visión sobre la muerte y su esperanza. Imágenes del ocaso de la vida en todo su esplendor.

Los paseos silenciosos entre árboles, el tocar con ternura la piel gastada, el contraste entre la frescura de la piel de los niños y la rugosidad de la sabiduría. Una anciana muestra a una niña lo que con asombro acaba de descubrir. Una y otra vez las letanías repetían las maravillas de la vida de Cristo.

Al llegar a la Plaza de San Pedro había una parada. Ya había caído la noche. Aquí sólo se permitía entrar a unos cuantos a la vez. ¡Qué idea tan genial! Sólo unos cuantos a la vez, aclarando el camino al peregrino y con ello acallar su ansiedad sobre el final. No hay desesperación cuando se ve hacia delante. No hay empujones ni atropellos cuando el camino se abre para todos. Cuando hay espacio para todos no hace falta apartar a nadie. Y así entramos en la plaza que nos envolvía con sus brazos, ofreciéndonos a los santos de la Iglesia a todos aquéllos que entran en ella.

Las pantallas dentro de la plaza mostraban una sola imagen inmóvil del Papa. De pie y vestido de rojo, báculo en mano y contra el viento nos saluda y nos bendice.

A la Basílica entra la multitud en un silencio profundo y solemne. Ni una palabra. Una vez adentro decidí hacer lo que hacemos los cristianos, dar gracias. Comencé una letanía de gracias por la pasión del Papa. Le agradecía por conservarnos a flote, por no permitir nuestro desvío, por darnos siempre su presencia. Seguí haciendo esto hasta que llegué al lugar donde reposa su cuerpo. Allí fue apenas un momento breve pero era nuestro. Fue íntimo, lleno de paz y ternura.

Fue como haber alcanzado el final de una peregrinación. Allí estaba, gastado, descansando. Sostenía aún el báculo tan bien conocido por todos nosotros… su peso, su guía, su fuerza. Ese mismo báculo que le sirvió al final para sostener su cuerpo cansado.

Entonces fue su vocación la que lo sostuvo un paso más, un viaje más. Abriendo la Puerta Santa de la Basílica en el Jubileo perdió pie por un instante pero con su obstinada fuerza aún en su debilidad, lo plantó en tierra con firmeza para apoyar su paso una vez más. Su expresión decía “lo puedo hacer, lo debo hacer, lo tengo que hacer” mientras empujaba las puertas para abrir la Iglesia. “¡Abran las puertas a Cristo! Es más, ¡ábranlas de par en par!” Entraron pues de blanco, de rojo, de negro, de oro, todos… la Iglesia Universal.

Me sentí colmado de paz y con gran agradecimiento. Ahora podía dejarlo partir. Sonó el Padrenuestro como un trueno suave, llamándonos a rezar en tono de “nos”. Me detuve a un lado de la Basílica como para sostener aquel momento, a aquel hombre, a mí mismo.

Entonces los vi a todos. Había muchos a mi alrededor: por las columnas, las tumbas y por los enormes signos de la Iglesia. Estábamos de pie, de rodillas, meditando, o dando gracias. Y así, la Basílica inmensa llena de sentido, develaba el regalo grandísimo que es nuestra Iglesia.

Entonces la Basílica inmensa con el sentido de lo que somos nos revelaba la grandeza y el don que es la Iglesia. Ella abre sus enormes brazos y nos envuelve a todos allí y más allá. Rezábamos “Padre Nuestro” rodeados de la inmensidad de nuestros santos y papas a cuyo universo pertenecemos ya pero aún no.

Sintiéndonos pequeños y grandes, observando el cuerpo humilde de un hombre, venerado, amado y agradecido por la grandeza de Cristo que brilló a través de todo su ser, por su rigor y su sonrisa, por sus caricias y sus besos, en su caminar, arrastrar, y sobre ruedas. Su obstinado espíritu que fue nuestra roca, ahora reposa. Le dije adiós dejándolo partir. Eran las 11:00 p.m. y ese día fuimos cuatrocientos mil… solamente una fracción del Pan.

El autor es sacerdote nicaragüense que estudia su doctorado en Roma