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14
días

desde que nuestras instalaciones fueron tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann fue detenido.

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En el tercer aniversario de la beatificación de Sor María

Ana María Ch. de Holmann

En esta fecha —14 de abril— conmemoramos el tercer aniversario de la beatificación de Sor María Romero. Recuerdo a mis compañeras de viaje a Roma para esta ocasión: a mi querida prima Ruth Cuadra de Fuentes y a mi amiga especial Claudia Frixione. Ambas ya gozan en la presencia del Señor y de la cercanía con la Beata.

Siempre que evoco a Sor María Romero recuerdo a mi madre, Margarita Cardenal de Chamorro, porque ellas fueron grandes amigas. Es por eso que hoy quiero compartir este relato con ustedes, queridos lectores.

A mi madre, Margarita, cuando visitaba a Sor María Romero en San José, Costa Rica, ésta le comunicaba cuándo planeaba visitar Nicaragua. Mi madre entonces se encargaba de avisarle a todas las personas que le ayudaban en sus obras y la querían ver, muchas —casi todas— para pedirle favores que, por su intercesión con su Rey y su Reina se los darían enseguida.

La fe en que a Sor María le escuchaban el Señor y la Virgen se extendía por toda Nicaragua, ya que le concedía los favores solicitados por medio de ella. Esto era de muchos conocido: le pedían curaciones las mujeres que no podían concebir, matrimonios al borde del divorcio, compras y ventas difíciles de propiedades y casas, y por hijos en malos caminos… en fin, un sinnúmero de problemas físicos, materiales, sociales y espirituales; unos de éstos se solucionaban, otros también, al modo de Dios y de su Santa Voluntad, pero todos se iban alejando contentos, llenos de la esperanza que sólo da la fe.

En esta ocasión, la visita de Sor María Romero a Nicaragua se anunció en Managua para fines del mes de noviembre. Era el año 1972. La casa en donde se congregó la reunión estaba llena de bote en bote. Doña Emilia Solórzano de Argüello —esposa de Ramiro Argüello, primo de mi mamá— se colocó en primera fila, pues padecía de una gravísima artritis que además de hacerla sufrir intensos dolores la tenía inmovilizada en una silla de ruedas.

Por supuesto que la tía Emilita fue a pedirle a Sor María su intercesión ante la Virgen María Auxiliadora para que le curara de su mal. Al terminar la reunión, mi madre llegó a la casa muy consternada y repetía: “¡La Emilita se muere! ¡La Emilita se muere…!” “¿Qué le pasa? ¿Está grave?”, le preguntamos. “No, no tiene ninguna gravedad, pero se muere…”, contestó con seguridad, y continuó su relato: “Le pidió a Sor María que la curara y entonces ella le puso las manos sobre la cabeza al mismo tiempo que repetía como una letanía: ‘Ya te vas a aliviar, te vas a aliviar…’”

La promesa del “alivio” no se hizo esperar. Vino el terremoto del 22 de diciembre de ese mismo año, apenas un mes después de esta reunión, y una viga de la casa de taquezal del barrio de San Sebastián se encargó de cumplir la promesa del “alivio”, el que no había solicitado el pobre tío Ramiro quien corrió la misma suerte que ella, y alcanzó también el anuncio profético de doña Margarita.

En una ocasión, mi suegra (doña Carolina Holmann) se encontraba en cama con una dolencia seria. Mi mamá la llegó a visitar y al verla doña Carolina le dice: ¡Doña Margarita, pídale a la Virgen que me cure! “No doña Carolina, a estas alturas no podemos pedirle a la Virgen que nos cure porque nos lleva, pidámosle que nos mejore…” Acto seguido le contó lo que le pasó a la tía Emilita y… santo remedio, no volvió a quejarse, ni a pedir curación y vivió hasta los noventa.

El Señor nos tiene presente siempre. A veces no entendemos los designios de Él, pero contamos con su amor y nos acogemos a su santa voluntad, porque creemos que nuestro Dios se ha tomado la molestia de oír nuestras oraciones, entonces caemos en la cuenta que nos seguirá oyendo a todos nosotros por toda nuestra vida.

Las bendiciones que Dios nos brinda no son solamente del pasado; las podemos contemplar en cada presente y lo que Dios nos tiene guardado a cada uno de nosotros, solamente Él lo sabe…

Debemos tener la certeza de que serán cosas grandes e incomprensibles, tan inmensas como su amor…

Y por todo esto, Sor María pensaba así: “Señor, Tú me amaste primero: existo porque Tú me creaste. Desde la eternidad te propusiste crearme y contarme entre tus criaturas…”

“Todo lo que somos y tenemos es don de tu amor infinito, incesante, fidelísimo, eterno. El alma entregada a Dios, acepta voluntariamente su santísima voluntad, e incondicionalmente se abandona a ella”.

La autora es colaboradora de las obras de Sor María Romero.

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