Moisés M. Matute Ramírez
En una explosión de luz, color, tradición, movimiento y religiosidad, aparece en escena el baile popular de El Güegüense o Macho Ratón, acompañado de sones indígenas, al golpe del atabal y estremecedoras melodías de flauta.
Las fiestas de Diriamba nos transportan a nuestros ancestros, por ende a la actual rebeldía, que combinan los 500 años de historia colonial. Hechos que renacen en los bailes callejeros de El Güegüense o Macho Ratón, la danza de El Gigante y El Toro Huaco, que representan el rechazo a la conquista, al imperio, que no se bailaba desde hace quince años.
En Diriamba, en la fiesta, va renaciendo cada año una original rebeldía, volviendo la historia en su historia, reblandiendo su fuerza y su picardía, su indio nato en el corazón en las calles repletas de gente, que miran, que visten, que danzan, que rezan, que gritan, ¡¡¡¡hueeeeella o hueeeee!!!!!!….. Al paso de El Toro Huaco, el timbal y la flauta suenan y todo el desfile delante del patrono San Sebastián. Se identifican entre el pueblo y se bufan en sus calles como Güegüenses entre banderas de colores ondeantes, zigzagueantes entre los tres que se topan.
Bajo el sol inclemente, los chavalos sobre las ramas de los árboles quieren ver por encima de la gente al Santo en procesión, mientras en la Iglesia las beatas rezan, creyendo que pagan su promesa, las cantaletas, las sonajas, los chischiles, las flautas y los atabales con estruendosos ruidos perdidos entre los promesantes, también los gritos y las campanillas de los sorbetes de a peso, los algodones que se pierden entre los mirones, las crispetas y la chicha afuera de la Iglesia.
Atrás van llegando los chicheros, con sones de toros, seguidos de jinetes que beben cerveza exhibiéndose ante “el de a pie”, delante los “machos macheteros ya maiceados en caites” que traen al Santo cargado y que sonríen como Güegüense y la esperanza de la flor de malinche.
