Marcela Sánchezwashingtonpost.com
FORT LAUDERDALE, FLA.- La administración Bush padece de una especie de maldición de Midas en su interacción con las Américas. Todo lo que toca —todo lo que los funcionarios de Bush consideran valioso y esencial— no se transforma en oro sino que se convierte en sospechoso y resulta rechazado por la mayoría de gobiernos del hemisferio.
Esto a pesar de las señales de un entendimiento más matizado hacia la región bajo la Secretaria de Estado Condoleezza Rice quien sirvió aquí esta semana como anfitriona de la Asamblea General de la Organización de Estados Americanos. Rice presentó lo que parecía ser una propuesta modesta pero visionaria de crear una vía más formal a lo que se conocen como grupos de la sociedad civil —aquellas organizaciones no gubernamentales que reúnen a individuos para presionar a los gobiernos a hacer cambios— para participar en la misión de la OEA de defender la democracia en el hemisferio.
Washington propuso un mecanismo en la OEA para “responsabilizar” a los gobiernos democráticos y “anticipar crisis”, en vez de simplemente basarse en las promesas de los gobiernos de que lo harán. Aquellos en la sociedad civil, los “patriotas impacientes”, como los llamó Rice, jugarían un papel central de monitoreo e inspirarían a los líderes a cumplir los beneficios de la democracia más plenamente. “Nosotros, los miembros de la OEA”, dijo, “debemos también ser impacientes. Debemos reemplazar la charla excesiva con acciones definidas”.
La idea tiene mucho sentido. La gente de las Américas se siente cada vez más frustrada con líderes democráticamente electos pero incapaces de responder a sus necesidades. Grupos de la sociedad civil, tales como la organización venezolana de monitoreo electoral en Venezuela Súmate, proveen una vía para que aquellas personas puedan reunirse y canalizar sus energías hacia resultados positivos en vez de acciones destructivas. Además pueden monitorear la democracia como terceras partes autóctonas y no necesariamente atadas a agencias o agendas estadounidenses.
Pero desde el momento en que los funcionarios de Bush llegaron a vender la idea a los cancilleres del hemisferio reunidos aquí, muchos delegados parecían resueltos a debilitarla o destruirla por completo. Siempre escépticos de las motivaciones de Washington, creyeron que la propuesta no era más que una forma cínica de encubrir otra intervención en la región.
Dicho sentimiento fue reforzado por el encuentro mismo que debía simbolizar el potencial de la iniciativa. La semana pasada, el Presidente Bush se reunió con María Corina Machado, la fundadora de Súmate, que fue esencial en el referendo revocatorio del año pasado al Presidente Hugo Chávez.
La reunión de 50 minutos se convirtió por el contrario en el símbolo de la dura agenda anti chavista de Washington. En la reunión de la OEA, muchos diplomáticos y observadores vieron el encuentro como una forma de manipular a una organización civil para fastidiar a un rival.
Cualquier efecto positivo del encuentro pasó inadvertido ante quienes lo vieron sólo como una estrategia polarizante de Estados Unidos. Esto creó una situación en la que Washington apenas logró un “rechazo exagerado” a una idea importante a favor de la democracia, dijo Arturo Valenzuela, quien dirigió los asuntos de América Latina en el Consejo de Seguridad Nacional durante la administración Clinton.
Aún así, el encuentro deberá ayudar a proteger a Machado. Actualmente está siendo investigada en Venezuela, acusada por el gobierno de Chávez de recibir US$30,000 dólares del National Endowment of Democracy con sede en Washington para organizar talleres sobre partidos políticos y cultura cívica. Enfrenta una batalla judicial por algo que es legal en casi cualquier otra parte (y particularmente crucial en Venezuela), mientras la maquinaria propagandística de Chávez intenta satanizarla en publicaciones oficiales.
Ese es Chávez. El resto de la región, sin embargo, se vio casi tan intolerante en la forma en que rechazó la propuesta de Bush. En un momento durante la asamblea los delegados cerraron incluso las deliberaciones sobre el rol de los grupos de la sociedad civil en la democracia y excluyeron del debate a todos los participantes no oficiales, incluidos aquellos de organizaciones no gubernamentales que fueron invitados.
En la Declaración final de la Florida sólo quedó de la osadía de Washington una versión aguada que repetía promesas vagas y débiles, ya hechas en por lo menos dos asambleas anteriores, de “aumentar y fortalecer la participación de la sociedad civil en actividades de la OEA”.
Con una actitud más conciliadora hacia la región, la administración Bush puso sobre la mesa una idea constructiva durante la asamblea de la OEA. Incluso a algunos delegados les pareció ver que aquellos funcionarios que se convirtieron en los arquitectos de una política de línea dura durante el primer período de Bush, están de salida. Claro que Bush necesita reconocer la carga de decisiones extremas y pobres del pasado, pero mientras América Latina no empiece a ver las iniciativas estadounidenses bajo una nueva luz, la cura a la maldición de Midas seguirá siendo inalcanzable.
