El ex Presidente de Panamá, Arístides Royo, quien formó parte de la delegación de la OEA que vino la semana pasada a Nicaragua para tratar de ayudarnos a encontrar una solución pacífica a la crisis institucional, declaró que “si ha habido un fracaso aquí, hasta el momento ha sido el de la clase política nicaragüense, que no ha logrado comunicarse entre ellos”. (LA PRENSA, miércoles 22 de junio, 2005).
El ex presidente Royo se refería a que algunas voces en Nicaragua calificaron como fracasada la misión de la OEA que vino al país la semana pasada, la cual, debido a la intransigencia de las partes en conflicto no pudo ni siquiera sentarlas alrededor de una misma mesa.
Acerca de esto, el ex Presidente de Panamá reveló que “cuando eran las once y pico de la noche y el Secretario (José Miguel Insulza) el sábado en la noche montaba una reunión que iba a iniciar a las doce de la noche, yo colgué los guantes y me fui a dormir, también el Secretario porque no tenía muchas esperanzas de que se produjera humo blanco”.
En realidad, debe haber sido fastidioso, inclusive desesperante, para los altos comisionados de la OEA, tener que escuchar únicamente las recriminaciones y ridículas quejas de los políticos nicaragüenses, que se acusaban unos a los otros mutuamente con periódicos y otros documentos en mano; y sobre todo empecinados en mantenerse en sus respectivas posiciones, como si de trincheras inexpugnables de guerra se tratase.
Pero no sólo por el infantilismo demostrado ante la OEA, es que el ex Presidente de Panamá señala que los que han fracasado son los políticos nicaragüenses, y no la OEA que lo único que quiere es ayudar al pueblo nicaragüense. En realidad, la tragedia de Nicaragua radica en que sus políticos, en términos generales, han sido incapaces de administrar el país. Por el contrario, más bien han estropeado el proceso de democratización política, económica y social que comenzó en 1990, cuando por mandato popular electoral el gobierno de la república pasó de manos de Daniel Ortega a las de doña Violeta Barrios de Chamorro.
Desde entonces el país ha recibido una cuantiosa inversión de la comunidad internacional, en recursos económicos, tecnológicos, culturales y políticos, para ayudarle a construir la democracia. E ingente ha sido también el esfuerzo de la sociedad nicaragüense, para salir del espantoso atraso en que la dejaron la revolución y la guerra.
Ciertamente, en los últimos quince años Nicaragua ha recibido más o menos cinco mil millones de dólares en cooperación extranjera, y no menos de dos mil millones de dólares en inversiones privadas; que han sido suficientes como para no estar ahora en el segundo lugar de los países más pobres del hemisferio occidental. Y en el ámbito político, a estas alturas del tiempo Nicaragua debería ser un modelo de democracia representativa e institucional, y no el vergonzoso ejemplo que en realidad es, de caudillismo, partidización institucional, autoritarismo e intolerancia política y corrupción en términos generales.
Sin embargo, no es la política y mucho menos la democracia como sistema de gobierno y de vida, lo que ha fracasado en Nicaragua. Son los políticos los fracasados, y en particular los liberales arnoldistas y los sandinistas orteguistas, que son los culpables directos y principales de la crítica y deplorable situación en que se encuentra el país actualmente.
Los nicaragüenses, en su gran mayoría, están claros de esta situación. Así lo han demostrado de manera reiterada en las encuestas y así lo confirmaron en forma impresionante e innegable, con la gigantesca marcha cívica del jueves 16 de junio corriente y su consigna predominante de: “Que se vayan todos”.
La gente sabe que no es renunciar a la política lo que se debe hacer, sino cambiar a los políticos. La política es indispensable porque sin ella no podría haber Estado y sin partidos políticos no hay democracia. Lo que procede entonces es promover a otros políticos, elegir a otras personas que sean aptas para dirigir el Estado por su capacidad intelectual, su formación profesional y su integridad moral, y que no se les suban a la cabeza los humos del poder.
Esas personas existen. Andaban en la marcha del pasado jueves 16 de junio.