Hno. Benito Agustín Díaz Ló[email protected] es
Desde tiempo atrás la familia está zarandeada por los cambios acelerados a que está sometida la sociedad. La crisis de la postmodernidad, afecta a la familia y tiene su mayor repercusión en lo que se ha dado en llamar “eclipse de la figura paterna”, prueba de ello es que el Día del Padre, pasa desapercibido. Por eso, esta celebración nos invita a una seria reflexión, centrada en la figura ausente del padre de muchos hogares.
En realidad, el padre para muchos carece de importancia. El resultado de una encuesta hecha a dos mil jóvenes nos revela esta realidad. Se hacía esta pregunta: ¿A quién se dirige el joven, hoy, en busca de un consejo? Con seis alternativas: padre, madre, hermanos, amigos, profesor, sacerdote.
El resultado nos preocupa. Sólo el tres por ciento recurre al padre. La figura del padre que parece estar en el banquillo de los acusados, preocupa a los educadores. ¿Qué significa ser padre en la actualidad? ¿hablamos del padre biológico? ¿o la simple autoridad en la familia? ¿o la figura afectiva, comprensiva, cercana que los hijos necesitan?
La crisis de la paternidad es compleja. Se debe al desmantelamiento que hemos hecho de la pirámide en la que el padre, colocado en la cúspide, sometía a la mujer y a los hijos a servidumbre, muchas veces de modo irracional, frío, calculador, opresor. Revisando modelos, desaparecen funciones discriminatorias entre el varón y la mujer y, la figura paterna se destrozó en el pavimento.
Razones hay que contribuyen al eclipse de la figura paterna. Su manera de ejercer la autoridad, ha desaparecido. El padre se ha marginado del hogar; se habla del padre fugitivo, y el divorcio esfuma su figura. Los tribunales al confiar a la madre la tutela de los hijos alejan la figura del padre. Tantas madres solteras, sin necesidad de marido, vienen a corroborar nuestro aserto.
Ante estas evidencias no podemos quedarnos tranquilos. El matrimonio pierde importancia para muchos hogares monoparentales. Pensadores se preguntan si no vamos peligrosamente hacia una sociedad sin padres. Sobra quien nos hable de la muerte del padre. Muchos descalifican su figura; hablan de paternidad desconocida, aplastada, irresponsable.
Salvar la figura del padre es salvar la familia. Esa figura no encaja en estos tiempos, cosa que la hace decadente. Ante esto, no podemos quedarnos conformes. La formación de los hijos, la gran tarea familiar, se resiente con la ausencia de la figura paterna. Busquemos un nuevo rostro del padre.
Para lograrlo es preciso desmontar el esquema de la sociedad machista que parecía levantarse sobre el cimiento varonil. Al derrumbarse este modelo patriarcal y vivir lo que llamamos familia nuclear, cayeron los modelos; desapareciendo las funciones desapareció el concepto de autoridad, centrado exclusivamente en el padre. Así, esposa e hijos dejaron de ser propiedad del jefe de familia.
En la actualidad, se requiere una nueva familia con una nueva imagen de padre. Éste es el desafío de nuestro tiempo. Y todo es posible cuando amamos. El documento de Puebla nos dice: “La ley del amor conyugal es comunión y participación, no dominación”. Siglos antes San Pablo había expuesto las reglas del juego para el éxito en la misión familiar.
Esta reflexión es una invitación al diálogo basado en la verdad y el amor, virtudes que deberían presidir todo encuentro entre esposos y padres e hijos. Es el camino para crear una nueva imagen del padre, necesaria para salvar la familia.
El autor es psicólogo y orientador familiar.