- Comienzan los 10 días de fiesta que sacuden Managua cada año
José Adán [email protected]
La impuntualidad, esa mala costumbre que acompaña casi todas las actividades del nicaragüense promedio, no estuvo invitada a la fiesta tradicional que por diez días consecutivos se celebra en Managua en honor a la diminuta imagen de Santo Domingo de Guzmán.
A las seis de la mañana, tal y como lo reza la tradición de la “bajada” del Santo, una cortina atronadora de fuegos pirotécnicos y un repicar incesante de campanas fueron el banderazo de salida de la popular fiesta del Santo que desde hace casi 120 años pone a bailar a la capital.
Casi oculto entre una peaña y flores plásticas y naturales multicolores, la imagen fue bajada puntualmente del sitial donde pasa silenciosa y casi olvidada durante 355 días en la Iglesia de Santo Domingo, en Las Sierritas de Managua.
DEVOTOS, EBRIOS Y TRAVESTÍS
Una vez sobre los hombros de los cargadores, la imagen salió entre zangoloteos, sones filarmónicos y estallidos de pólvora, a la calle frente a la Iglesia, donde la esperaba una marejada humana que extrañamente combinaba a devotos recién bañados y perfumados, con ebrios desvelados y travestís alegres que restregaban sus traseros contra los borrachitos lascivos que, más que bailar, escapaban de caer por los enviones del alcohol.
Una vez en la calle, el Alcalde de Managua y mayordomo de las fiestas, Dionisio Marenco, cargó y bailó sobre sus hombros por más de media hora a la imagen de 18 centímetros de altura, que permanece protegida por una cúpula de cristal y, como novedad del 2005, fue adornada con un racimo de palomas blancas de plástico y papel.
SANTO CUSTODIO
El sol aún no salía cuando la imagen venerada entre miles de creyentes católicos ya abandonaba su santuario, protegida excesivamente por un triple cordón de protección policial que dividía la procesión en dos grupos: los que estaban dentro del círculo uniformado, que eran pocos, y los que estaban del otro lado de la cuerda policial, que era la mayoría y donde predominaban vendedores, pequeños grupos de pandilleros, camadas de homosexuales y mucha gente sencilla y devota.
La leche, ese producto lácteo que todos conocemos blanco, cambió de presentación y sabor en las bolsas y botellas de los vendedores que, quién sabe cuándo y bajo qué acuerdo, decidieron bautizar el licor como “leche”.
PAGO DE PROMESAS
Y no podían faltar, claro que no, los promesantes en sus diferentes presentaciones: los que bailan con un aro alrededor de la cintura y que al frente sujetan una cabeza de vaca con cuernos pintados; los vestidos de indios, con plumas y flechas y tintes rojos sobre sus rostros; las niñas con trajes folclóricos y adornos florales en la cabeza y, los de más escarnio, que untan todo su cuerpo con aceite negro de vehículo y que dicen representar a los esclavos africanos que alguien les dijo que habían sido salvados por Santo Domingo de Guzmán.
Todos ellos dicen haber recibido alguna vez, en un momento crítico de sus vidas, un milagro o un favor de la pequeña imagen. A cambio, prometieron disfrazarse y bailarle durante la “bajada” del primero de agosto, y la “dejada” el diez del mismo mes.
ABUSO POLICIAL
Poner a 1,800 policías y 800 ex pandilleros a cuidar una fiesta de tanta magnitud parece suficiente para reducir la delincuencia y mantener el orden público durante todo el trayecto.
Pero lo que no parece suficiente es hacerle entender a algunos policías que para imponer el orden primero debe haber desorden.
Un muchacho veía pasar la procesión desde la rama de un árbol cuando recibió la orden de cuatro policías: “bajate ya”.
El joven —que no se veía ebrio y tampoco ofrecía imagen de vago— preguntó por qué lo bajaban. La respuesta fue un golpe al pecho con la clava.
El muchacho cayó, doblado y mudo del dolor, y el policía se marchó como si hubiese cumplido con honor su deber. La gente alrededor sólo maldijo al policía y a su inocente madre.
Así transcurrió la bajada del Santo, entre pequeños pleitos, bailes de brincos y manos alzadas, pasos para adelante y pasos para atrás; mucha pólvora y el licor corriendo en el ambiente y en la sangre de miles.
Justo cuando la procesión ha recorrido un poco más de la mitad de los 8.2 kilómetros que hay entre una iglesia y otra, a la altura de la Rotonda Cristo Rey, ya muchos de los que amanecieron bailando han caído sobre la marcha y van quedando, acaso con suerte, tirados bajo la sombra de un árbol o dolorosamente extendidos con el rostro al sol.
LOS POLÍTICOS EN LA FIESTA
Como siempre, las fiestas populares son el sitio indicado para que los políticos, en víspera de las próximas elecciones, salgan a intercambiar saludos y desplegar sonrisas entre el populacho.
En años anteriores se ha visto a figuras tan altas como la de José Antonio Alvarado bailando los sones de los chicheros y repartiendo saludos hasta a quienes no lo saludan a él.
Ayer el grueso de los políticos se reunió en una tarima que instaló la Alcaldía de Managua en la entrada a la Colonia Centroamérica, sobre la ruta de la procesión.
Si bien las sillas etiquetadas representaban las reservaciones para magistrados, cuerpo diplomático y diputados, no todos llegaron.
Pero sí estuvo en la tarima del Alcalde sandinista el diputado del FSLN, Bayardo Arce.
Muy cerca de su silla, el Vicepresidente de la República y correligionario liberal, José Rizo, veía con placer la masa de gente que les decía adiós.
Al rato se apareció sobre la misma tarima al ex Ministro de Hacienda, y ahora aspirante a la Presidencia de la República, Eduardo Montealegre.
Igual saludó con las manos al aire a la masa de gente que, siempre curiosa y burlona, responde con adioses a quienes les prodigan generosos saludos.
En un extremo de la tarima, de pie y solitaria, la ex directiva de la Resistencia Nicaragüense y ahora miembro de la Convergencia Nacional-FSLN, Azucena Ferrey, bailaba al ritmo de música que una banda filarmónica le dedicaba a Santo Domingo de Guzmán.
Y al centro de toda la tarima, objeto de saludos de todos y centro de atracción de los periodistas, estaba el cardenal Miguel Obando y Bravo.
A pesar de estar entre “personalidades”, el cardenal Miguel Obando y Bravo evitó comentar sobre temas políticos y prefirió manifestar su deseo de que la fiesta fuese un ejemplo de mayor fervor y menos paganismo.
Ante la insistencia de los periodistas para que hablase de temas políticos, como la guerra legal por liberar al ex presidente Arnoldo Alemán, Obando sólo pidió orar para que Dios ilumine la conciencia de los hombres y prive la justicia.
GOLPES A LISÍMACO
La controversia no faltó en el inicio de las festividades. El “torólogo” Lisímaco Chávez, personaje histórico en estas fiestas desde que una vez secuestró al Santo para celebrarlo pese a la oposición de la autoridades, recibió ayer varios bastonazos y reclamos de Francisca Villalta Lezama, la también tradicional y no menos popular “Chica Vaca” (con casi 90 años bailándole al Santo). Villalta llamó hipócrita y vividor a Chávez, luego que éste dijera públicamente que no creía en Santo Domingo.
