- Un cordón impenetrable de antimotines lo llevó a Managua
Amalia [email protected]
“Minguito” salió puntual y entró temprano. El sol de plomo estaba todavía en lo alto, cuando el Santo Patrono de Managua invadió con la algarabía que recoge en las calles, en diez horas de sudor y baile, el templo capitalino de Santo Domingo.
De la rotonda Santo Domingo en adelante, donde se monta la víspera el Palo Lucio, el ciempiés humano que cargaba a la imagen iba en bajada.
El calor sofocante empujó la procesión. Las caras de los devotos habían cambiado de color, sin embargo, avanzaban extenuados y sonrientes en medio del fragor de chicheros y cohetes. Muchos se protegían con gafas, sombrillas, gorras y sombreros.
El cordón de antimotines formado alrededor del Santo fue impenetrable hasta el Gancho de Caminos. Los agentes también se veían deshidratados debajo del grueso uniforme oscuro.
“Ya son más de las cuatro de la tarde y no hemos almorzado. La verdad, aquí todos vamos topados”, comentó uno de estos uniformados.
Unos 2,000 policías caminaron desde Las Sierritas hasta la Iglesia Santo Domingo.
El cansancio no hacía mella en todos. Pero este pegajoso calor parecía no molestar al travestí gordo, que con un traje típico lila pagaba su promesa, bailando folclor a casi una cuadra del Santo. Tampoco a los que le hacían rueda.
A los promesantes no los doblegó el calor. El deber de pagar favores recibidos por un hijo, un marido, un padre, cualquier pariente y por cualquier razón, era más importante.
Dentro del cordón policial iba una mujer de 64 años, que requirió respiración artificial de parte de la Cruz Roja, y a la que le recomendaron abandonar la procesión, pero apenas volvió en sí se coló lo más cerca que pudo del Santo. Continuó a su lado hasta su arribo a la Iglesia, donde la imagen se queda durante diez días.
Saltando al compás de la tuba iba Escarlette Del Castillo, una promesante que salió desde Las Sierritas. “Este Santo, hace cuatro años, me salvó de una operación que le iban hacer a mi niño cuando tenía dos meses”.
Como esta historia, miles. Y cada uno pagaba a su manera: con un baile, con un cohete, con saltos, con la niña vestida de india cargada en hombros, de rodillas, de formas innumerables.
El alcalde Dionisio Marenco, un tanto tímido por el jolgorio, salió al encuentro de la imagen de Santo Domingo, y el camión-barco navegó luego por las calles del Oriental hasta asomar frente al templo, el que por estos días se rodea de chinamos y una barrera de toros.
POCOS DIABLOS EN PROCESIÓN
En “la traída” de la imagen de Santo Domingo, de Las Sierritas a Managua, llamó la atención ayer la extinción de los diablos rojos y negros, aquellos personajes que antaño se embadurnaban el cuerpo de aceite o de anilina. Eran contados con los dedos de las manos.
Entre los pocos que iban, no se vio a ninguno pintando o molestando al resto de fieles.
El color de la romería lo pusieron las decenas de niñas vestidas con trajes típicos, que espontáneamente brotaron de todos los barrios de la capital.
La pólvora, sin consecuencias lamentables, tuvo su momento en la subida del Santo al barco, en Gancho de Caminos. No hubo problemas, como se suponía.
En la entrada a la Iglesia de Santo Domingo, en los escombros de la antigua Managua, hubo una pequeña tercia entre el cordón policial y la marea de fieles.
Sin embargo, se superó una vez que el Santo fue instalado. En ese ínterin se notó uno que otro exceso de fuerza en los agentes del orden. Sin embargo, cualquier percance lo sepultó luego esa misma marea humana, que con alegría meneó el cuerpo en saludo al Santo recién llegado.
