Joaquín Absalón [email protected]
El ideal de no permitir la profanación de la estabilidad, promueve iniciativas de distinta índole en la inquietud ciudadana. Una de ellas es salir de la casa y habitar las calles con el emblema patrio en las manos o con la pancarta alusiva. Unos llevan el sello de la firmeza personal, otros van conjurados por las consignas aunque el discurso utópico de los impostores deje a los engañados en la llanura, oliendo la eterna insipidez. Quijotes quizá hubo en el pasado remoto. Empero la reencarnación de ellos es siempre solicitada. En ese empeño anda el pueblo de Nicaragua, buscando con la lupa de sus pasos la redención ausente, asistiendo a las concentraciones aunque el mentiroso —reincido en el concepto— ponga en la tierra los faroles del cielo, o bien, silenciosamente sin ir a ninguna parte, sin escuchar a nadie, sólo escuchándose a sí mismo con la solidaridad de su conciencia y de su divisa.
La reflexión la consigue —ese que no va— poniendo la bandera sobre las públicas lateralidades de su vehículo, convertidas en astas luminosas, sin la ronda depresiva de ningún complejo. El rodante puede ser del año o de la antigüedad. El símbolo siempre ondea. Sólo lucirla manifiesta que no hay pasividad en el portador del bicolor azul y blanco. Con la insignia, él está diciendo que es más nicaragüense que partidario. Oí a uno exhibir el numen de su pasión cuando dijo que quienes andaban con la bandera de Nicaragua eran empleados del Gobierno y a otro más agresivo afirmar que la usaban para provocar, obedeciendo el ensoberbecido dictamen de Daniel.
Las crisis sumadas día a día ponen a la enseña a desfilar como si fuese un ser humano, de trapo su origen inquebrantable. Si los encuestadores profesionales incurrieran en la consulta sobre la capacidad de esos votos silenciosos que ondean por las calles, la encuesta sui generis arrojaría un resultado aplastante. El oriflama azul y blanco ganaría al rojo y negro o al simplemente rojo.
Cuando usted pregunte cuántas y cuántos transitan con la combinación señera del azul y blanco y cuántas y cuántos con las restantes, tendrá un escrutinio anticipado de las elecciones del 2006. Hágase la encuesta de las banderas porque también éstas tienen plazas que llenar. Póngase usted en la esquina a verlas pasar sin el encono partidario de verlas como si fueran el cadáver del enemigo, con el “lado amable” del óptimo humor. Por su crecido número se le perderán de vista las azul y blanco y fácilmente contará las otras.
Pintado el panorama con la síntesis de los colores, la salida podría ser según la tesis de Manuel Guillén, ganar la batalla a “banderillazo limpio”. Cuando veo a los sobrevivientes en los semáforos, siento latente la suma de los cinco sentidos y el ambicioso escudriñamiento del sexto oculto. Los sobrevivientes ponen en un mismo paquete de ofertas, artículos tan distantes en calidad como las fotografías remozadas de Anastasio Somoza Debayle y el Che Guevara. Sólo falta la puesta en la vitrina callejera de un cuadro donde Somoza aparezca disparándole los últimos besos a su amada Dinorah.
Pero también esos comercializan banderas, las de Nicaragua y las de los partidos asociados. Pregúntenles en el otro ángulo de la encuesta qué venden más y les responderán: la bandera de Nicaragua.
El autor es periodista.