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El principio del fin

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El principio del fin





El martes 30 de agosto se celebró en Gdansk, Polonia, el 25 aniversario del surgimiento del sindicato Solidaridad, un hecho histórico que significó el principio del fin del régimen comunista en Europa y la extinta Unión Soviética.

Cuando surgió Solidaridad nadie podía imaginar que tendría tanta significación para los pueblos sometidos al totalitarismo comunista y al imperio soviético, y una trascendencia histórica universal. No lo imaginaron ni siquiera los líderes comunistas de Polonia, quienes se jactaban de poseer la “capacidad de previsión científica” que, según ellos, les daba la doctrina marxista leninista. Ensoberbecidos por el poder totalitario que ejercían, se olvidaron o desdeñaron lo que otro dirigente comunista, el chino Mao Tse Tung, había advertido sagazmente: “Una chispa puede incendiar toda la pradera”.

La chispa que incendió la pradera comunista de Polonia, Europa Oriental y la Unión Soviética fue un hecho insignificante: A principios de agosto de 1980, una humilde trabajadora llamada Anna Walentinowicz, fue despedida de su empleo en los astilleros de Gdansk, donde se construían los grandes barcos de Polonia y otros países comunistas. Unos días después, más de quince mil trabajadores de los astilleros iniciaron de manera espontánea una huelga de protesta por el despido de Anna, que vincularon a otras demandas laborales. Y al frente de la protesta surgió, también espontáneamente, el liderazgo de uno más de los miles de trabajadores de Gdansk: Lech Walesa.

La huelga de los trabajadores de Gdansk obligó a la reincorporación de Anna Walentinowicz en su puesto de trabajo, pero también produjo la conquista de algunas reivindicaciones laborales y el surgimiento del movimiento sindical que fue llamado Solidaridad. Eso fue un hecho sin precedente en toda la historia del régimen comunista, desde que se estableció en Rusia, en 1917 y lo impuso la Unión Soviética en Europa Oriental, después de la II Guerra Mundial.

Las autoridades del Partido y del Estado comunista de Polonia no pudieron apreciar la enorme significación de aquel hecho histórico, la revolución que se estaba produciendo en la conciencia del pueblo polaco. Menospreciaron las advertencias de sus “hermanos mayores” soviéticos, que los apremiaban a reprimir sangrientamente la huelga de Solidaridad, como se había hecho antes en Hungría, Checoslovaquia y la misma Polonia. Los líderes comunistas polacos creían que aquello era un problema pasajero y hasta legalizaron al movimiento sindical Solidaridad.

Después, en diciembre de 1981, cuando Solidaridad se había convertido en un gigantesco movimiento nacional de lucha por la libertad —y por lo tanto por el derrocamiento del régimen totalitario—, los líderes comunistas polacos impusieron el Estado de Sitio, ilegalizaron a Solidaridad, encarcelaron a numerosos de sus líderes y reprimieron a gran cantidad de sus seguidores. Hasta asesinaron (en octubre de 1984) a un sacerdote, el padre Jerzy Popieluszko, para amedrentar al pueblo, pero la sentencia de muerte del comunismo ya estaba dictada y nada ni nadie podía impedir que se ejecutara.

El movimiento Solidaridad se había convertido en una incontenible fuerza política y moral que siguió actuando y creciendo en la clandestinidad, desafiando y venciendo la represión del régimen comunista, apoyado por la gran autoridad espiritual del Papa polaco Karol Wojtyla (Juan Pablo II): “El Papa, a través de sus reuniones nos demostró que éramos numerosos y nos instó a no tener miedo”, habría de reconocer posteriormente Lech Walesa, para quien “la caída del comunismo fue un regalo del cielo”. Y así fue que en 1989 el movimiento Solidaridad obligó al gobierno comunista a acordar un plan para el reconocimiento de las libertades individuales y públicas de todos los polacos, y de transición pacífica a la democracia. En ese momento comenzó el derrumbe de todas las dictaduras totalitarias comunistas de Europa Oriental, incluyendo a la misma Unión Soviética que las había impuesto.

Aquello fue una lección motivadora para otros pueblos oprimidos, como el de Nicaragua, que al año siguiente derrotó en las urnas electorales al totalitarismo criollo. Y es una experiencia que debe alentarlo ahora que tiene mejores condiciones —como la libertad de prensa y de movilización que no existían en 1990— para derrotar a la nueva dictadura que quieren imponer y consolidar mediante el pacto de Daniel Ortega con Arnoldo Alemán.

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