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desde que nuestras instalaciones fueron tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann fue detenido.

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Betania: una palabra para escuchar y despertar

Ana María Ch. de Holmann*[email protected]

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Betania: una palabra para escuchar y despertar


Ana María Ch. de Holmann*
[email protected]




Madre Teresa nos dice: “Ser Santo significa despojarme de todo lo que no es Dios. Se reduce a decir: Sí, acepto todo lo que me das y te entrego todo lo que quieras tomar de mí. Debemos dedicarnos en cuerpo y alma al aprendizaje de la Santidad: un día a solas con Jesús es lo más adecuado para estimularnos en la búsqueda vigorosa de la Santidad a través del amor personal con Jesús”.

Después de escuchar este mensaje, quise escuchar una palabra más… Porque Jesús es el rostro del que está a nuestro lado, aquel solitario, aquel enfermo, aquél que nos necesita. Era un miércoles y recordé que ese día —todos los miércoles— se celebra en Betania, situada en Dolores, de Carazo, una misa de sanación que dirige el padre Neguib Eslaquit y me dirigí a esa asamblea maravillosa a la que siempre quise asistir.

Betania es un lugar tranquilo, aislado y silencioso pero no es así todos los miércoles, ya que este día se volvió de peregrinaje, bullicioso, de cantos de alabanza, de música religiosa, todo en honor al Rey de Reyes y a su Madre.

Al terminar la Asamblea, los caminos que convergen a Betania de todos los ángulos se encontraban embotados de vehículos, bicicletas, carretones, caballos y centenares y centenares de a pie, que llegan de todas las comarcas aledañas y lejanas.

El padre Eslaquit no pudo llegar, pero estuvo a cargo de la Asamblea el padre Germán, quien también es admirable. Al inicio de la Asamblea preguntó quiénes llegaban por primera vez y se contaron centenares de manos, en cuenta la de mi vecino. También había grupos de La Boquita y Casares. Los cantos carismáticos invadían el ambiente bajo un enorme galerón abierto y techado de zinc, el batir de palmas y el girarse de un lado a otro y el bailoteo son las muestras de alegría y de comunicación con el Señor. Luego viene lo serio, una mujer rusa de religión ortodoxa, recibe su primera comunión.

El Evangelio de ese día fue el de los trabajadores llamados a trabajar en la viña, unos llegaron temprano y otros fueron llamados a última hora, pero a la hora del pago todos recibieron por igual. Entonces vino la envidia: ¿Por qué a ellos se les paga igual? Nosotros venimos temprano y trabajamos toda la jornada. El patrón les dice: “¿Acaso no soy yo el dueño de mi dinero?” Y agregó: “ Los primeros serán los últimos y los últimos serán los primeros”. El padre Germán definió la envidia diciendo: “El envidioso sufre y llora por el bienestar ajeno y se ríe y goza con la desgracia y el mal ajeno. Nunca está contento con su propia suerte, siempre está viendo el plato de comida del vecino, sufre del éxito de su prójimo por el fruto de su trabajo, por la abundancia de su cosecha, por la bonanza de sus pertenencias”.

El padre Germán pidió que pusiéramos las manos sobre los hombros del que estaba a lado, recíprocamente, y pidiéramos al Señor por sus necesidades espirituales y corporales, por su familia, su estado de ánimo, dificultades. Mi vecino permanecía inmutable, sin haber levantado las manos, ni haber aplaudido, mucho menos cantar y bailotear. Era como un ídolo esculpido en piedra o como un ángel de barro de esos de La Paz Centro, con sus ojos vacíos de mirada y sus labios resecos como barro recién salido del horno, sin expresión, ni existencia.

Era joven, moreno, fuerte, sus manos callosas por el trabajo del campo. Le puse mis manos sobre uno de sus hombros y oré. Me imaginé todas las situaciones que él como muchos otros jóvenes tienen sus mentes nubladas; quizás perciben un embarazo no deseado por su madre abandonada, sin recurso, la que por su “ignorancia” no recurrió al aborto pues la comadrona le cobraría muy caro por la poción de las cáscaras o quizás los icacos no estaban en flor, quizás la madre al verse abandonada por causa de otra más joven le cogió tema al hijo que llevaba dentro, quizás habría sido abusado por el padrastro o el tío, seguramente explotado por la misma madre o padre, maltratado por no haber vendido todas las tortillas o el tiste le increpaban: “¡Jodido, no servís para nada!” Todo esto y sin recibir ni un cariño ni una voz de estímulo y de aliento.

Al terminar la celebración el sacerdote pidió de nuevo abrazar al hermano. Noté que la camisa del vecino, roja y planchada con olor a ropa guardada, estaba mojada por el sudor. Por un momento pensé no hacer lo que indicaba el padre, ya que mi vecino no mostraba ningún signo de receptividad, pero me animé a hacerlo pensando que él necesitaba ese gesto de solidaridad. Y le pregunté: “¿Te puedo abrazar?” Él hizo un gesto afirmativo casi imperceptible, yo le abracé elevando siempre mi oración por todos aquellos afligidos y vacíos de Dios. Al terminar la Asamblea el celebrante dice: “La misa ha terminado podéis ir en la paz del Señor”. Al retirarnos le pregunté a mi vecino: “¿ Te gustó? ¿Vas a volver?” Él contestó un “sííí” prolongado, por fin hizo un gesto que quiso ser una sonrisa. Confirmé que era el “sí” de Madre Teresa, de aceptar todo lo que el Señor da a todos por igual, aunque algunos despierten al atardecer.

* La autora es colaboradora de Obras de Sor María Romero

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