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Valores y antivalores del nicaragüense

Róger Fischer S.*[email protected]

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Valores y antivalores del nicaragüense


Róger Fischer S.*
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Una necesaria campaña sobre valores ha sido iniciada por el Diario LA PRENSA a través de encartes coleccionables que sin lugar a dudas, han causado impacto en los lectores de todas las edades. Simultáneamente el doctor Emilio Álvarez Montalván, quien como Oftalmólogo observa el fondo del ojo del nicaragüense, por medio de conferencias llamadas: “La cultura política nicaragüense y el funcionario público”, se orienta a desarrollar los valores por la ruta del conocimiento de nosotros mismos.

El doctor Álvarez Montalván habla atinadamente de los valores y antivalores nicaragüenses, los cuales precisamente conforman la mentalidad y costumbres nuestras, algunas atávicas y otras de reciente factura. Álvarez señala a la imaginación del nicaragüense como uno de sus grandes valores. A esto, otros conocedores de nuestra sicología llaman inteligencia; con frecuencia escuchamos elogios del nicaragüense y su portentoso talento. Algunos como Carlos Perezalonso, dicen: “Esa inteligencia es la que nos pierde”.

Comparativamente hablando, estamos muy orgullosos y satisfechos de nuestras neuronas y las diferentes manifestaciones de nuestros talentos expresados tanto en la literatura, música y pintura, riqueza de nuestras tradiciones y costumbres, folclor, comidas y bebidas, proyectándonos como el pueblo culturalmente mejor dotado del área.

Continuando con nuestros valores, Emilio dice: “El nicaragüense es amistoso. Fácilmente se comunica con personas de distintas culturas y nacionalidades”, lo cual es absolutamente cierto. El nicaragüense acaba de conocer a un extranjero y ya de una sola vez lo invita a su casa, comparte su comida, le ofrece generalmente atenciones, contactos y al mismo tiempo le cuenta su vida y milagros. “Te voy a presentar a mi mama”. “Esta es mi mujer”. “Estos son mis hijos”. “Mirá esa foto es de mi abuela y aquella es de un amigo holandés, quien pasó por aquí como vos y nos hicimos brotheres”. La espontaneidad es característica del ser amistoso nuestro, contrario a países de clima frío, incapaces de dar calor al visitante y acostumbrados a una elemental cortesía. El nicaragüense abunda en la amistad, da todo sin esperar nada y muy pocas veces se queja de la falta de reciprocidad de amigos fortuitos.

De manera muy simpática, Emilio Álvarez Montalván compara al Seguro Social o instituciones benéficas con la protección del nicaragüense a la familia. Álvarez dice, cuando vos te casas con tu mujer, también te casas con la suegra, los abuelos y los hermanos de ella. Aclarando sí, la mujer es la que permanece pegada a la familia y el hombre contrae obligaciones con su familia política. Mirá hombré, dice Emilio: “Aquí uno se casa y no puede abandonar a los abuelos, ni a las tías de crianza y hasta el cuñado debés terminar de educarlo”. En fin, que la seguridad social está en manos de la familia nicaragüense. Otra ventaja apunta Emilio, “el nicaragüense no discrimina, como todos somos mestizos simplemente el color de la piel no tiene tanta significación en las relaciones sociales, ni mucho menos cuando se trata de religión”.

El doctor Álvarez manifiesta como valor, la gran capacidad de trabajo del nicaragüense. Personalmente comparto lo de capacidad, no así lo de inclinación, pues a partir de la década de los ochenta, se perdió la autoestima y el nicaragüense, dejó de ser un gran trabajador en Nicaragua, para convertirse en un ser resignado a su suerte. En cambio el nicaragüense emigrante al perderlo todo, incluyendo un clima generoso y una alimentación más o menos digna, tuvo la necesidad de enfrentar un clima adverso en un país ajeno, con idiomas y costumbres diferentes y la obligación de trabajar o morirse de hambre. Ante esa situación se fajó con gallardía para dar lo mejor y rendir eficientemente a sus propósitos y deseos. El exilio aunque doloroso, brindó la oportunidad a la mujer nicaragüense de superarse y de enfrentar hombro con hombro la responsabilidad económica y social del matrimonio. Sinceramente, soy un convencido de la capacidad, tanto del hombre como de la mujer ante la prueba de vivir fuera de su patria. En tanto, en Nicaragua la mujer soporta la carga.

Los antivalores recogidos por Emilio, estriban en el egocentrismo del nicaragüense y su figureo, en ese juego de “yo soy yo”, “yo primero” y “vos después”. Actitudes egoístas y estimulantes de las dos figuras cimeras del nicaragüense: por un lado, Pedrarias Dávila y su herencia nefasta y por el otro, el Güegüense que sin ser el paradigma de nuestra personalidad, es el “otro yo” y cuando se quiere ocultar la faz real o disfrazar nuestro carácter, manejamos la “guatuza” en todo su esplendor.

Emilio llama patrimonialismo a la inveterada costumbre de utilizar el poder para hacer negocios y enriquecerse. Históricamente, ese ha sido el patrón de los gobernantes de Nicaragua, con rarísimas excepciones. Esta es la fórmula, no solo de los políticos, si no, de muchos empleados públicos y empresarios corruptos.

El nepotismo, es un vicio que forma parte del “familismo nacional”, pues debemos ayudarle a los parientes pobres o ricos. En los veintisiete días del doctor Leonardo Argüello, se hablaba de 18 mil parientes directos o indirectos ocupando puestos públicos, lo cual, no deja de ser una exageración, pues la planilla estatal no llegaba a 40 mil empleados y es difícil pensar en más de una tercera parte de la población, como parientes asignados a funciones públicas.

El argollismo es otro de los vicios o antivalores que Emilio mencionó. Las argollas se inician en Nicaragua desde los primeros años de primaria, cuando se seleccionan a los amigos por razones de clase social, simpatía o vecindad. “Ve, te invito a mi piñata”, le decían a uno cuando estaba en el colegio, “pero no le digas al fulano, porque mi mama no lo quiso poner en la lista” y así, las células del argollismo, desde la niñez se van desarrollando hasta alcanzar en la vida madura. El sectarismo, está muy próximo a la argolla y tiene sus fundamentos en el proceder de los criollos, iniciadores de la independencia y forjadores del estado económico republicano, a esto debemos agregar el sectarismo religioso, paralelo al poder político, a través de toda la historia de Nicaragua.

Para finalizar, entre los valores históricos del pueblo nicaragüense, estaba la honradez. Antes, con orgullo se decía: “Yo soy pobre pero honrado”. Esto se le escapa al doctor Emilio Álvarez Montalván, como también están nuestros antivalores tradicionales: El irrespeto y la indisciplina. Sobre el respeto el conferencista se limita a decir: “Los nicaragüenses somos igualados” y sobre la disciplina: no hace comentarios.

Los valores y antivalores deben ser del conocimiento de todos, enseñados desde el hogar y las escuelas, a fin de estimular lo positivo y superar nuestros defectos, cuyos resultados nos tienen sumidos en la desunión, falta de solidaridad, fractura de la familia, falta de autoestima, yoquepierdismo, abulia y sobre todo, ausencia de amor a la patria y a nuestros semejantes, causados por los políticos pactistas que han desmoralizado a nuestro pueblo.

* El autor es escritor

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