Eddy Macías Carvajal*[email protected]
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Recuerdos de Estelí
Eddy Macías Carvajal*
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Mis recuerdos de la ciudad de León son por las constantes erupciones en el occidente de Nicaragua y por el cansancio de almorzar con arena volcánica. La decisión tomada por mis padres en ese momento fue acelerada. Además que el presidente Somoza estaba enviando a los habitantes de las ciudades de León y Chinandega hasta Nueva Guinea, en la Costa Atlántica Sur. Como si fuera ayer recuerdo muy bien, cuando conocí San Isidro (municipio de Matagalpa), La Trinidad (municipio de Estelí). Las brumas cobijando las calles de las ciudades llamaban la atención. No era para menos, un habitante de León acostumbrado a las tolvaneras y el calor que de repente llegaba a un lugar tan fresco, era motivo de admiración en el año 1969.
Las mujeres del norte son de las más bonitas en Nicaragua, no importa si son de Santa Clara, San Fernando, Jalapa, El Jícaro, Santa Cruz, La Trinidad, San Rafael del Norte, etc., todas sin excepción son bellas. Pero aún más la fraternidad y el calor humano que todavía se mantiene en el norte, son suficiente motivo para cualquier foráneo en Estelí. Debemos recordar que de la población esteliana, el 74 por ciento es foráneo. Recuerdo cuando llegué a Estelí: dos calles activas, la primera que comenzaba desde el colegio Nuestra Señora del Rosario hasta llegar al Puente de Hierro (entrada a la Escuela Norma Román Esteban Toledo conocida como La Normal), la otra calle que comenzaba desde la Clínica Santa Marta (conocida como la clínica del doctor Munguía) hasta la hoy Farmacia Corea, pasando por el bulevar conocido como La Habrá o La Haya, llegando al Instituto Nacional Francisco Luis Espinoza.
Eso era Estelí, una población de apenas 20,000 habitantes. Vivíamos frente a la casa del doctor Alejandro Dávila Bolaños, naturista, investigador, médico y sandinista, asesinado en la guerra de Semana Santa por la Guardia Nacional, en el año 1979, siendo privilegiado con mis hermanos, ya que llegamos a conocer a la familia del doctor Bolaños como si fuesen familiares nuestros.
Hablar de Estelí en 1970 implicaba mencionar la Pensión Juárez, la Pensión Florida, la casa de Panchito y Egdelia Torres, casa de Federico Frenzel, la familia Martell Ruiz, doña Lina Rayo, el Restaurante el Churrasco propiedad de Francisco Zelaya —padre de Urania Zelaya—, los billares y hospedaje La Ceibita, la fábrica de puros en la casa del señor Lanuza —hoy conocido como Supermercado Palí—, el Hotel Castillo, la Ferretería Briones, la fábrica de camisas Venus, la botica Gámez, Cafetín El Faisán, la librería Argeñal, la casa y clínica del doctor Corrales, asesinado por la Guardia Nacional; la farmacia Pereira, los billares El Sicodélico atendido por “Capulina”, el cine Montenegro cuyo costo de entrada era de cincuenta centavos para ver la películas del Santo, Chanoc contra los tiburones, El regreso de las Momias de Guanajuato, atendido de manera personal por don Hilario Montenegro. El Club de Obreros, el Hotel Europa de tres pisos donde los mercaderes subían a ofertar sus bisuterías, el gimnasio donde Richard Kid —hoy cantante de música ranchera— peleó con Alexis Argüello; el Centro de Salud y la Cruz Roja, ubicados frente al Parque Central de Estelí —donde están las oficinas actuales de la Alcaldía de Estelí—, el Palacio Municipal contiguo al cine Estelí, donde vendía el guarón y se encontraban ubicadas las oficinas de Gobierno.
Conocer en el correo a la Consuelito era una maravilla. Goyito, el cuidador del parque central y arrecho a regañar a los chavalos cuando bajaban los mangos en el parque; la casa de René Molina cuando llegaba Somoza a impresionar de forma pomposa el poder político de Presidente y el espaldarazo al diputado somocista y sus correligionarios. No puedo olvidar cuando conocí a Alexis Argüello en un corcel blanco, imponente al lado del general Somoza paseando en la calle de la ciudad de Estelí. La casa de don Indalecio Rodríguez, Henry Kloth, estadounidense que vino en la invasión norteamericana a Nicaragua; la casa de los Corea, destacando la venta de piñatas; a Pedrito el de la silla de ruedas con el entusiasmo increíble y con una capacidad de humanismo asombroso. Panchito con su barbería ubicada del Mercado Municipal media cuadra al norte, a “Payoya”, músico chichero que solía entonar canciones de plaza de toros frente a la Iglesia Catedral los días jueves y domingo por las noches en la concha acústica del parque con su banda de chicheros, al padre Julio López con sus sermones, junto al padre Leonardo de origen colombiano; doña Susana conocida como la “Gancho de Fierro”, alquilando las bicicletas por dos córdobas la hora, y no perdía ninguna identificación; la venta de don Wilibaldo Ocampo —que compraba todo tipo de chunches desde un tornillo hasta una casa en piezas—. “Briomol”, el propietario de la empresa donde hacen encurtidos desde más de cuarenta años y una tradición familiar única en el norte en el mundo empresarial; Marcelino “el loco” pidiendo una colilla de cigarrillo o el plátano maduro; la Paula “Loca” con un rostro de mujer simpática agraciada matizada por el tiempo implacable de quien se afirmó que era casada con un extranjero en sus tiempos de juventud y llegar a ser una de las mujeres más bellas de la ciudad; Chepe “Gasolina” bebedor consuetudinario; “Gallo Pinto” otro homólogo de Chepe “Gasolina”; Pablito el de la Montañita, quien no puede recordar a “Taolamba” vocalista de los Fugitivos y participante en las obras de teatro de Jesús superstar y combatiente del Frente Norte en Jinotega, entre otros.
Por razones obvias no puedo mencionar a todos, desde el olvido hasta la incapacidad de nombrarlos a todos. Para todos mis más sentido respeto y admiración. La historia de los pueblos la hacen hombres y mujeres, pero cuando éstos son pintorescos y controversiales la historia es más rica y alentadora.
Es cierto aquello de que los nicaragüenses tenemos algo de loco, poeta y escritor, yo no sé si es verdad o mentira. Al menos la primera cualidad estoy convencido que todos sin excepción la tenemos, posiblemente las dos últimas estén en discusión. A veces me siento folclórico, por ser polémico, controversial, agitador, foráneo y pelón, pero ante todo esteliano… eso me hace sentir mejor mi vida.
* El autor es Administrador de Empresas