Marcela Sánchez
Roman, Times, serif»>Desde Washington
La quimera del sueño americano
Marcela Sánchez
El mes pasado un barco pesquero que se dirigía a Guatemala se hundió en aguas colombianas muriendo todos menos nueve de los 103 a bordo. La desvencijada y sobrecargada embarcación, construida para menos de 20, continúa en las profundidades del Pacífico, convertida en un ataúd de madera para los cuerpos y los sueños de sus 94 pasajeros que aspiraban algún día llegar a este país.
Hace unos días le pregunté a Raúl Olmedo, un ecuatoriano indocumentado que completó la misma ruta hace cinco años, si vale la pena arriesgar tanto por el sueño americano. Su respuesta fue simple: “no lo vale”.
Cuando Olmedo dejó su casa, su esposa y tres hijos, estaba convencido, como tantos otros, de que sólo viniendo acá podría ganar algún día lo suficiente para adquirir en Ecuador lo que quería —una casa y los medios para empezar un negocio. Hoy culpa a esa ambición por haberlo enviado en una aventura que nunca quisiera repetir.
“Siempre me he arrepentido, cada momento que pasa”, dijo.
Olmedo, quien cumplió 30 años la semana pasada, comenzó su “fea y espantosa” travesía de cinco meses hasta Arizona desde Paute, una población de cultivadores de caña de azúcar al sur de Ecuador. A cambio de una especie de garantía de que algún día llegaría a Estados Unidos, Olmedo empeñó sus pocas pertenencias y futuras ganancias para completar los US$10,000 dólares que le exigía el traficante de personas o coyote. Pronto fue empacado con otros 150 compatriotas a bordo de un barco pesquero diseñado para 30. En el segundo día de su odisea de 10 días en alta mar, una banda de piratas abordó el barco, asaltó a muchos pasajeros y les quitó el poco dinero y objetos valiosos que tenían.
Una vez en Guatemala, Olmedo y su grupo acampó en la selva tropical del Petén en la frontera con México donde sobrevivieron con un huevo y una tortilla diaria proporcionada por indígenas de la zona.
Transcurrió todo un mes antes de que finalmente abordaran una lancha de motor para cruzar el Río Usumacinta por la zona de rápidos conocida como la Cola del Diablo. Apenas horas antes, una lancha llena de centroamericanos había naufragado al intentar hacer el peligroso cruce.
En México, los esperaba lo más duro del viaje, según Olmedo. En el Estado de Chiapas caminaron de noche y se escondieron y trataron de dormir durante el día. Luego los “clavaron” en un compartimiento secreto de un camión que transportaba naranjas. Olmedo y otros se enfermaron y desmayaron por el calor y el mal olor, situación que empeoraba cuando tenían que cerrar su única fuente de ventilación en cada uno de los numerosos retenes a lo largo del camino.
Le tomó a Olmedo cuatro intentos antes de lograr evadir a la Patrulla Fronteriza entre Agua Prieta y Douglas, Arizona. Una vez en Arizona, su coyote los abandonó a él y a otros compañeros en el desierto donde estuvieron perdidos varios días hasta cuando encontraron la manera de salir.
Todos los detalles de la historia de Olmedo no pueden ser verificados, pero la travesía y los riesgos que describió no son inusuales para quienes entran ilegalmente a Estados Unidos desde América Latina. Más personas emigran de América Latina y el Caribe que de cualquier otra región del mundo y probablemente esta situación continuará. Muchos de ellos toman ahora rutas que combinan tierra y mar ya que volar, no sólo a Estados Unidos sino también a México y países centroamericanos, se ha hecho más difícil a causa de más estrictos requisitos para obtener visa.
En su paso por México, personas que vienen de todas partes del mundo con la esperanza de llegar a Estados Unidos a menudo son víctimas de criminales. De acuerdo con la Organización Internacional para las Migraciones la mayor amenaza ahora son las pandillas o maras “que usan las mismas rutas migratorias para llevar a cabo actividades criminales como asaltos, violaciones y asesinatos”.
Para aquéllos que llegan hasta la frontera con Estados Unidos los riesgos no acaban. En lo que va de este año, 386 personas han muerto intentando entrar a Estados Unidos, la tasa más alta de muertes desde que la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos empezó a contabilizarlas en 1998. Y los cruces serán más difíciles en la medida en que funcionarios públicos se vean presionados a fortalecer la seguridad fronteriza, tal como prometió hacerlo el Presidente Bush esta semana, mediante el aumento del número de agentes y del espacio en las cárceles.
Hablando en su celular mientras recorría las calles de Atlanta donde trabaja como taxista, Olmedo admitió que a pesar de la dura travesía, su historia no serviría mucho para desalentar a otros lo suficientemente ambiciosos. De hecho, a pesar de lo mucho que le advirtió a su propia esposa de los peligros del viaje — el barco, los asaltos, el cruce de ríos y desierto— no pudo convencerla de que se quedara en Ecuador. Para ella valía la pena el riesgo.
Julia Isabel, sin embargo, murió el mes pasado, una de las 94 personas que se ahogaron en el naufragio.
En lo que va de este año, 386 personas han muerto intentando entrar a Estados Unidos, la tasa más alta de muertes desde que la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos empezó a contabilizarlas en 1998. Y los cruces serán más difíciles en la medida en que funcionarios públicos se vean presionados a fortalecer la seguridad fronteriza, tal como prometió hacerlo el Presidente Bush esta semana, mediante el aumento del número de agentes y del espacio en las cárceles.