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El DR-Cafta va para largo
Quienes creían —por ingenuidad, desinformación o mala memoria— que el FSLN aprobaría el DR-Cafta en la Asamblea Nacional a cambio de algunas concesiones legales de tipo populista, tienen que reconocer su desengaño.
En realidad, tanto por su propia ideología como por los compromisos internacionales que tiene con Fidel Castro y Hugo Chávez —enemigos jurados del capitalismo, del libre comercio con Estados Unidos y de la creación de riqueza, a menos que sea para su disfrute particular—, no había ninguna razón para esperar que el FSLN aprobara el Tratado de Libre Comercio de Centroamérica y República Dominicana con Estados Unidos, más conocido como DR-Cafta. Hasta un congreso extraordinario celebró el partido sandinista, el sábado 5 de marzo en Matagalpa, para tomar el acuerdo de que por ningún motivo los diputados del FSLN votarían a favor de la ratificación del tratado comercial con Estados Unidos.
En realidad, el FSLN rechaza absolutamente el DR-Cafta porque éste representa una alternativa para que Nicaragua pueda lograr el crecimiento económico, el desarrollo y la prosperidad, por medio de la participación activa en el libre comercio internacional; es decir, por la vía capitalista, como lo han hecho los gobernantes de la República Popular China, que son comunistas pero también aman a su país y han sabido aprender de sus propios fracasos.
Algo como eso no cabe, lamentablemente, en la mentalidad atrasada de quienes adversan ciegamente el capitalismo. Por el contrario, ellos tienen una oferta opuesta al DR-Cafta: la de Hugo Chávez y Fidel Castro, que llaman Alba, y la cual es un camino al socialismo —o algo así—, hacia una sociedad en la que se pretende que toda la gente sea igual en el mismo nivel de pobreza, y sometida a un Estado absolutista, a un partido autoritario y a un caudillo vitalicio.
Lo que ofrece el FSLN en vez del DR-Cafta y el camino capitalista a la prosperidad, es regresar a los años ochenta, cuando el proyecto socializante destruyó la economía y paralizó todo crecimiento ciudadano y comunitario, cuando convirtieron en política estatal la absurda idea de que el crecimiento es cosa de los ricos y el Gobierno planificaba hasta las necesidades más elementales de las personas.
El FSLN de Ortega sigue enredado con la anacrónica doctrina de la lucha entre ricos y pobres; su dirigencia no se ha querido enterar de que lo que desean los pobres es vivir bien, salir de la pobreza económica y la marginalidad social; y que la gran mayoría de la gente no quiere vivir en una sociedad cuartelaria en la que todos sean igualmente miserables, menos, por supuesto, los miembros de la nomenclatura o, para decirlo con palabras de George Orwell, los dueños y capataces de “la granja”.
De manera que los sandinistas están dispuestos a hacer todo para impedir la ratificación del DR-Cafta, inclusive recurrir a la violencia, tal como han amenazado después de una reunión mundial de jóvenes comunistas que se celebró el mes pasado en Venezuela, en la que tronaron contra Estados Unidos y acordaron sabotear los TLC y promover el Alba.
Se comprende, pues, aunque no se justifique, la actitud del FSLN contra el DR-Cafta. Lo que no se puede entender es la posición de los dirigentes y diputados de un partido que se proclama liberal pero que le hace juego a la estrategia anticapitalista del FSLN. Un partido cuyos dirigentes se dicen también —como los del FSLN— representantes de los humildes, pero al no ratificar el DR-Cafta están sacrificando la posibilidad de que mucha gente salga de la pobreza extrema, a cambio de una promesa que nunca les cumplen de dejar libre a Arnoldo Alemán.
Por eso, los daños que sufra Nicaragua debido a la no ratificación del DR-Cafta, particularmente la prolongación de la situación de pobreza en que vive gran parte de la población nicaragüense, habrá que atribuírselos también al PLC arnoldista, que sacrifica sus propios principios y los intereses nacionales a las conveniencias pactistas de su caudillo.
En estas circunstancias lo único que cabe es esperar que se produzca un cambio democrático en el país como resultado de las elecciones del próximo año. Para lo cual será necesario ganar no sólo las elecciones presidenciales, sino también las de diputados, con una mayoría suficiente para hacer las reformas estructurales y políticas que son indispensables a fin de que en Nicaragua pueda funcionar una democracia auténtica, progresista y transparente.