- El 14 de septiembre de 1955, profesores y alumnos de los institutos nacionales de Matagalpa,Juigalpa y Ramírez Goyena fueron a pie hasta la Hacienda San Jacinto, abriendo veredas en medio del lodo y la maleza. Los del Goyena escenificaron la batalla bajo la dirección del profesor Guillermo Rothschuh Tablada y el bibliotecario Carlos Fonseca Amador, mientras Anastasio Somoza García disfrutaba del desfile escolar en la Tribuna Monumental
Roberto Sánchez RamírezEspecial para LA PRENSAACADEMIA DE GEOGRAFÍA E HISTORIA DE [email protected]
Sería el mediodía cuando finalizó el combate. Era el 14 de septiembre de 1955, pasados 99 años del día en que los nicaragüenses derrotaron a los filibusteros norteamericanos de William Walker. Fue la última vez que se combatió en la histórica hacienda de San Jacinto, hace medio siglo.
Llamado oficialmente Instituto Nacional Central “Ramírez Goyena”, fue creado con el nombre de Instituto Nacional Central por decreto legislativo del 23 de enero de 1891. Tomó el nombre del ilustre sabio y educador, estudioso de la flora nacional, a partir de su fallecimiento el 23 de junio de 1927. Entre sus directores figuran conocidos y respetables profesores.
Para 1955 era el director un joven maestro originario de Chontales, Guillermo Rothschuh Tablada. Durante cinco años (1953-1958) hizo del Goyena el centro de estudios con mayor proyección nacional, una interesante experiencia de co-gobierno entre docentes, estudiantes, personal administrativo que incluía a porteros y barrenderos. El primer subdirector fue Julio C. Hernández a quien sustituyó Jenaro Octavio Sánchez Ponce.
RESCATE DE LOS HÉROES
A lo largo de un quinquenio, el Goyena recorrió todo el país, rindiendo honores en La Concordia, en su tierra natal al general Benjamín Zeledón; en Rivas, todo los 29 de junio, al maestro Enmanuel Mongalo; al cacique Diriangén, cuyo nombre llevó el periódico que se imprimía en mimeógrafo; placa a Rubén Darío, en Ciudad Darío, un 18 de enero. Casi clandestinamente se estudiaba la gesta del general Augusto C. Sandino.
Tuvimos entre nuestros profesores a doña Leonor García Vda. de Estrada, más conocida como doña Leíto; a Salvador Hernández Salinas, “don Salvita”, un extraordinario violinista; Ramón Chow Díaz, el profesor que más actividades impulsaba, ahora pasando serios problemas económicos y de salud; doctora Rosibel Aguilar; ingeniero Jesús Mairena; Miguel Ángel Pérez, conocido cariñosamente como “Chibolita”, un pionero de la agronomía en Nicaragua.
La doctora Esperanza Centeno; Luis López, el maestro de geografía, en eterna discusión con Chow Díaz; Fernando Chavarría Robelo; el doctor Julio Ricardo Aguilar; Rafael Carrillo Díaz; David Andino Tercero; el ingeniero Evenor Masís Avendaño; ingeniero Trinidad Ruiz; Arturo Pallais, el profesor de deportes; inspectores como el poeta Fernando Silva Espinoza.
EL JOVEN BIBLIOTECARIO
El primer bibliotecario que tuvo el Goyena fue Virgilio Godoy, ex vicepresidente de la República, cuando éste renunció para irse a estudiar llegó un muchacho delgado, con anteojos de gruesos vidrios, se acababa de bachillerar en el Instituto de Matagalpa, era Carlos Fonseca Amador.
Como había internado, todo nuestro quehacer era en las instalaciones del Goyena. Al atardecer, antes de la cena, frente a la dirección se armaba una especie de tertulia a la que llegaban frecuentemente Manolo Cuadra Vega, Emilio Quintana, Manuel Díaz y Sotelo, Nemesio Porras Mendieta, Francisco Pérez Estrada.
Era común en el Goyena los concursos de oratoria, ensayo, poesía, a la par de competencias deportivas. Habían más de cinco medios informativos, dos en mural, uno hecho a mano. El debate de las ideas era frecuente entre jóvenes que promediábamos los 15 y 17 años, venidos de todo el país, donde habíamos hijos de militares y políticos somocistas.
SEPTIEMBRE DE 1955
A finales de julio de 1955, comenzamos a discutir cómo se celebrarían las fiestas patrias. Era costumbre en el Goyena que todos los días a las seis de la mañana y a las seis de la tarde se izaba y arriaba la Bandera Nacional y se escuchaba el Himno Nacional. Había tanto respeto que los transeúntes se detenían, los taxis se estacionaban y bajaban el conductor y los pasajeros.
Anastasio Somoza García tenía casi castrado al país. Apenas un año antes, en abril, se había dado una de las acciones represivas más sangrientas del régimen dictatorial. Ya para entonces la campaña reeleccionista se propagandizaba en todo el país; se ejecutaba sin vacilar la política de las 3P: plata para el amigo, palo para el indiferente y plomo para el adversario.
Después de muchas discusiones, acordamos con el director Guillermo Rothschuh Tablada y el bibliotecario Carlos Fonseca Amador que iríamos en marcha a la Hacienda San Jacinto. Hubo una expedición de reconocimiento que trajo malas noticias. No habían caminos, ni siquiera carreteros, apenas unos senderos hechos por los campesinos que llegaban a buscar leña; la casa hacienda estaba en total abandono, los cercos de piedra en el suelo.
El informe más bien motivó para decidir que se invitara también a los institutos de Matagalpa y Chontales, aprovechando que en éste Rothschuh Tablada había sido director y en el otro Carlos, estudiante. Fue así que se hicieron viajes, contando con el apoyo del doctor Carlos Arroyo Buitrago en Matagalpa; en Juigalpa de los profesores Víctor Manuel Báez Suárez, Gregorio Aguilar Barea y Mariano Miranda.
Por nuestra parte, los del Goyena, iniciamos los ensayos de la batalla en el patio junto a la piscina. Hubo problemas, pues nadie quería actuar de filibustero y fueron muchos los que se apuntaron para hacer de Andrés Castro. Carlos Fonseca Amador decidió la disputa diciendo que todos los “cheles” harían de filibusteros, a uno que no le gustó fue a Arturo Mejía Busch, quien alegaba que por parte materna era de origen alemán, no norteamericano.
Las primeras veces todo era relajo, nos tirábamos puñados de arena, con frecuencia la guerra fue en serio cuando alguien se excedía en los golpes y hubo peleas de verdad. La disciplina se fue imponiendo, fue de gran importancia didáctica, pues llegamos a compenetrarnos del sentimiento patrio que tanto determinó nuestras vidas
Al amanecer del 14 de septiembre de 1955 ya estábamos en el llamado Valle de Oxtocal, kilómetro 42 de la Carretera Norte, a pocos kilómetros de San Benito. Los que llevaban machetes, iban a la cabeza junto a los guías, los chanes. Los más jóvenes íbamos cerca de Carlos Fonseca Amador, pues decían que allí salía un tigre y él llevaba una pistola calibre 22, marca Beretta.
Marchamos en un caminito de sonsocuite, eran frecuentes las caídas. Las plantas de cachito o cornizuelo abundaban y muchas tenían panales de las avispas llamadas “corre – venado”. Nosotros con palos sacudíamos las ramas y salíamos corriendo. Fueron bastantes las víctimas de las picaduras de avispas.
Para la batalla nos habíamos preparado con mucho ingenio. Fabricamos rifles de madera que pintábamos con anilina negra, compramos sombreros y botas. La piedra de Andrés Castro se hizo de papel kraf, se consiguieron varios caballos. El combate fue organizado por Guillermo, Carlos y Chow Díaz.
A la orden de fuego se armó un gran alboroto, el colmo fue que apareció una gran boa que matamos a palo limpio. Nos dieron bastantes bombas de mecate, a uno le estalló en el pie cuando ya estaba “muerto” y revivió pegando brincos de dolor.
El mecate con que se “ahorcaría” a Mejía Busch en un árbol de chilamate se le resbaló el nudo y por poco se muere, fue bajado rápidamente con el pescuezo todo sollamado. Al final filibusteros y nicaragüenses nos abrazamos, alegres de haber interpretado la batalla que hasta salió en los periódicos.
Participamos en aquella marcha muchos jóvenes, algunos nombres han pasado a la historia dando su vida por la liberación de Nicaragua. Además de Carlos, Jorge Navarro y Francisco Buitrago Castillo (fundadores del FSLN), los hermanos Eduardo y John Medina Borgen.
La marcha a la Hacienda San Jacinto fue una pública denuncia del estado que estaban nuestros símbolos patrios, acrecentó la presencia del Goyena en el rescate de nuestra identidad nacional que se expresaría un año después, cuando mediante colecta popular levantamos la estatua a Andrés Castro en la entrada de la carretera al histórico sitio.
De nuevo el 14 de septiembre de 1956, docentes, estudiantes, trabajadores y ciudadanos que contribuyeron a construir el monumento nos juntamos. Somoza García solicitó participar en el acto, se le negó provocando su ira, faltaban sólo siete días para la acción de Rigoberto López Pérez.
