Miguel Bolaños Garay
La ciudad de Masaya, llamada con toda justeza “Capital del folclor nacional” por ser donde mayor número de tradicionalismos y manifestaciones folclóricas se conservan, celebró en días recientes un par de ellas como son los Ahuizotes y el llamado Gran Torovenado, tal y como se ha venido haciendo año con año. Esto no es nada nuevo, aunque lo que sí puede observarse es un alejamiento cada vez mayor de las verdaderas raíces en ambos, para ser sustituidas por costumbres foráneas.
Allá por los finales de los años sesenta, ambas manifestaciones de raíces populares estaban prácticamente extinguidas y no fue hasta que un grupo de ciudadanos preocupados por la segura desaparición de ellas que se dio a la tarea de revivirlas, hasta llegar a tener la popularidad que gozan hoy día. Por desgracia, en los últimos años el comentario de los días posteriores es casi siempre el mismo: “poca creatividad y mucho disfraz gringo”. Una especie de reclamo popular a la imaginación en vestuario que en años anteriores se derrochaba.
Ambas celebraciones se dan con apenas un par de días de diferencia. Se dio por sentado que el último viernes de octubre sería el día de nuestros espantos locales, los Ahuizotes, que nuestros ancestros llamaban de esa forma. Espíritus del más allá o de ultratumba, seres imaginarios que metían en miedo (o el “mono” como decían antes) a los menores ayudados por los cuentos de los abuelos y luego por programas radiales. Ceguas, cadejos, micas brujas, mocuanas, hombres sin cabeza y una serie de personajes más que hoy día pretenden ser sustituidos por celebraciones ajenas como Halloween, de origen europeo y llegada vía EE.UU. hace unos 15 años.
El desfile nocturno de Ahuizotes este año fue el de mayor concurrencia en toda su historia. Miles de jóvenes (hombres y mujeres), niños y adultos, así como los infaltables gays invadieron las calles para complacencia del público. El único problema es que al menos el 90 por ciento de los disfraces que iban en esa aquelarre no eran de espantos locales, de los que por generaciones nos habían llenado de miedo. Es triste admitirlo, pero pese a las protestas de los organizadores y a los consejos de lucir trajes autóctonos, esto no se cumple y a este paso pronto desaparecerá el verdadero origen de Ahuizotes y torovenados para dar paso a una pálida imitación de eventos extranjeros.
El Gran Torovenado es ya solamente un remedo de lo que en una época era ansiosamente esperado por toda la población fernandina. Por celebrarse dos días después de los ahuizotes, la mitad de los “disfrazados” son niños y jóvenes que repiten el mismo traje usado ese día, que no es más que una máscara gringa de Jason, Frankestein, calaveras, brujas y con la nueva moda de blanquearse la cara como en una serie televisiva. La otra mitad son varones vestidos de mujer, disfraces jocosos en verdad y una cantidad regular de homosexuales que usan como pasarela el evento desde hace décadas, lo que le da una dosis extra de atracción.
Luego de ver el último Torovenado y desfile de supuestos espantos en mi ciudad, Masaya, queda una especie de sinsabor y flotando la pregunta de ¿qué pasó, dónde está lo nuestro, la imaginación? Los espantos locales son franca minoría y los disfraces originales que llamen la atención en los Torovenados son cada vez menos. Algunos podrán aducir que la situación económica es una limitante, pero lo cierto es que no se necesita grandes gastos para montar un buen cuadro burlesco o jocoso. Lo que se necesita es originalidad y buen olfato para determinar el impacto que podría tener.
El esfuerzo hecho por aquellos ciudadanos desde hace décadas por mantener vivas las tradiciones es algo loable, pero por desgracia el rumbo que han tomado las cosas no es el mejor, mucho menos el sentido original para lo que fueron hechos los torovenados y ahuizotes. Sería interesante conocer los comentarios del doctor Donald Ortega Ramírez y del viejo “güegüe”, don Chilo Ruiz, de don Ernesto Rodríguez, del doctor Ramón García y mi doble tocayo ingeniero Miguel Bolaños Ortega, todos ellos culpables del rescate en ambas celebraciones hace unos 30 años, en el sentido de cómo ven a estas alturas su esfuerzo y si es lo que ellos esperaban, sobre todo en el sentido folclórico y de mantener vivo el espíritu original y no cambiarlo por algo importado. ¿Deja remos que lo nuestro se aparte y desaparezca? Es una pregunta a la que hay que darle pronta respuesta y solución.
El autor es Periodista y Abogado.