LA DICTADURA NO PUEDE OCULTAR LA VERDAD

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desde que nuestras instalaciones fueron tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann fue detenido.

con las instalaciones tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann detenido.

El Año de la Eucaristía

Rafael Ibarguren

El pasado mes de octubre concluyó el Año de la Eucaristía convocado por el inmortal pontífice Juan Pablo II.

Diversos actos lo dieron por cerrado en las diversas diócesis del país. En Managua, además de las celebraciones que realizaron oportunamente las cuatro zonas de la arquidiócesis, hubo un acto multitudinario en el polideportivo del La Salle el domingo 23 octubre, presidido por nuestro Arzobispo monseñor Leopoldo Brenes a quien acompañó el Obispo nombrado de Matagalpa, monseñor Jorge Solórzano.

Año de la Eucaristía, año de gracia y de bendiciones durante el cual se profundizó, en toda la extensión de la Iglesia universal, sobre el don inefable de la Eucaristía, centro y ápice de la vida cristiana. Aún es temprano para evaluar los resultados concretos de ese magno acontecimiento. Además, tratándose de juzgar realidades espirituales y sutiles, no es adecuado atenerse a datos mas o menos ponderables.

El Sínodo de Obispos que tuvo lugar en Roma durante el mes de octubre fue todo él sobre el Misterio Eucarístico. Particularmente rico en intercambios y debates, en él estuvieron representadas todas las provincias eclesiásticas del mundo.

Benedicto XVI aún debe publicar un documento post-sinodal que trazará para la Iglesia enseñanzas y orientaciones actualizadas sobre el culto a la Eucaristía. Todos esperamos ansiosos su palabra esclarecedora de padre, de maestro y de pastor, que desde lo alto de su venerable cátedra llegará hasta las más extremas capilaridades del mundo. Hasta aquel lejano lugar donde algún humilde sacerdote —en nuestras montañas de Jinotega, por ejemplo, o en alguna capillita de la Costa Atlántica— consagre el pan y el vino, realizando el mismísimo prodigio que el Sumo Pontífice celebra en Roma: la renovación incruenta del Sacrificio de la Cruz.

¿Y cómo repercute entre nosotros el Año de la Eucaristía? No es aún tiempo para evaluar esa realidad con precisión, pero las perspectivas son auspiciosas. Nuestras comunidades se ven más organizadas, más dinámicas. Muchos laicos y familias han tomado a pecho el valor del testimonio y se organizan para evangelizar y difundir la buena nueva. Lo vemos en las ciudades y en las comarcas. Nuestro clero, que se enriquece año tras año con nuevas vocaciones, cuenta con un laicado cada vez más comprometido. No sólo en asociaciones católicas, que las hay pujantes, mas en las propias parroquias que organizan sus pastorales, movimientos y misiones

En las peregrinaciones con la Virgen de Fátima que llevamos a cabo los Heraldos del Evangelio y que me ha tocado animar y acompañar, he visto que el fervor eucarístico está vivo y se manifiesta con calor. A despecho de la indiferencia que campea en nuestra época y de la proliferación de cultos y de sectas que divide y confunde a los fieles.

Es patente: la Eucaristía es el foco que ilumina, el polo que atrae, la consigna que congrega. Pero no nos engañemos: todavía debemos cultivar mucho más la reverencia a Jesús Hostia y corregir algunos abusos que en su culto se puedan dar. Lo cierto es que hemos renovado en este Año de la Eucaristía los propósitos y el entusiasmo por el Santo Sacramento del Altar.

Termino contando un episodio pintoresco del que fui testigo hace un año. Ocurrió durante una misa vespertina de jueves eucarístico en una de tantas parroquias. Mientras se desarrollaba la celebración, una nutrida fila de fieles iba pasando por el confesionario para reconciliarse con el Señor.

Acabada la misa, los fieles se dispersan y se van a sus casas. El sacristán —un hombre cincuentón con aires de gendarme— se dispone a cerrar el templo pero… constata que aún quedan dos o tres penitentes a la espera del perdón. Incomodado, procura disuadirlos y les dice que se marchen pues es tarde y tiene que irse a descansar. Pero los que esperan no se inmutan. El sacristán insiste y da muestras de furor, cuando del confesionario se asoma un respetable clérigo pidiéndole un poco de paciencia. ¡Es el Obispo diocesano! El sacristán, entre avergonzado y nervioso se desarma y recapacitando… se pone en la fila para purificarse de su impertinencia.

Cuando todos se han ido y la calma reina en la iglesia, la luz tenue de la lamparita del sagrario deja ver confusamente una silueta orando de rodillas. Es el sacristán que cumple lleno de gozo interior su penitencia sacramental, con el propósito ansioso de comulgar en la mañana siguiente…

¡Que bueno sería que experimentásemos todos la alegría de recibir a la vez el perdón y el alimento! Sería un fruto saludable del año eucarístico.

El autor es sacerdote, miembro de la Asociación de Derecho Pontificio Heraldos del Evangelio.

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