- En los últimos 10 años, Brasil estabilizó su economía y creó multinacionales de alto nivel, mas no disminuyó la desigualdad social. Aproximar esos dos países es el desafío de la próxima década
Julio Gama
MIAMI.- Por cualquier aspecto económico que se analice, Brasil está mejor que hace 10 años.
La inflación está bajo control, el PIB sigue en expansión, la inversión extranjera directa se duplicó en el primer trimestre del año, el riesgo país está en uno de sus niveles históricos más bajos, las empresas descubrieron el mercado externo y las exportaciones deben repetir el crecimiento récord del 2004.
El desafío que AméricaEconomía se impone en este especial aniversario de 10 años de su edición brasileña es proyectar el país de la próxima década. ¿Cómo será Brasil en 2015?
No hay una respuesta única, porque hay varios Brasil dentro de Brasil. Las dos caras más marcadas son la de un país que es la sede de multinacionales de nivel internacional, como Embraer —una de las cuatro fabricantes globales de aviones comerciales— y la del Brasil de la desigualdad social, con el octavo peor índice de desarrollo humano del mundo, según la Organización de Naciones Unidas.
ENTRE RIQUEZA Y POBREZA
El Brasil de Embraer, Vale do Rio Doce, Gerdau y Votorantim seguirá creciendo, ocupando un lugar destacado en la economía global.
Pero el Brasil en el que el 10 por ciento más rico tiene una renta 32 veces superior al 40 por ciento más pobre, ese Brasil, pide socorro. El desafío de la próxima década será acercar esos dos Brasil o, de lo contrario, continuar con uno que será eternamente “el país del futuro”.
Desde el punto de vista macroeconómico, hay razones para creer que Brasil estará mejor. “Basado en el progreso que hemos visto en los últimos años, soy muy optimista en que Brasil estará muy bien en la próxima década, pudiendo mantener una media de crecimiento del tres por ciento o cuatro por ciento y hasta más”, dice Charles Collyns, economista jefe de la misión del Fondo Monetario Internacional (FMI) para Brasil.
Nada mal para una economía que creció dos por ciento promedio entre 1981 y 2000. Los argumentos de Collyns se basan en la austera política macro que Brasil viene siguiendo hace más de 10 años y que hasta ahora no muestra razones para ser alterada.
“No tengo la menor duda de que los próximos 10 años serán mucho mejores que las últimas tres décadas”, dice Paulo Vieira da Cunha, economista jefe de HSBC para América Latina, en Nueva York. “El país va a mejorar en materia de respeto a la calidad de vida de la población, su estructura institucional, su economía y competitividad”.
En el otro Brasil, sin embargo, fuera de las planillas, la realidad es otra, pues el país sigue citado en todos los estudios como uno de los mayores ejemplos de desigualdad social del mundo.
CON INVERSIÓN
Para enfrentar ese problema, el abordaje actual es que la reducción de la desigualdad no debe ser vista como caridad, sino como una inversión. “La población careciente no debe ser encarada como una carga, sino como un activo, un recurso humano subutilizado”, dice Francisco Ferreira, economista del Banco Mundial (BM), en Washington, uno de los autores del estudio Equidad y Desarrollo, presentado por el BM a fines de septiembre.
Según ese estudio, la desigualdad social reduce la productividad y el potencial de crecimiento de la economía de países en desarrollo. El estudio calcula que en países cuya renta es bien distribuida el crecimiento de un punto porcentual del PIB reduce la pobreza extrema en cuatro puntos. Ya en países con alta concentración de renta, como Brasil, ese mismo crecimiento del PIB no altera significativamente la pobreza.
La principal iniciativa del gobierno federal para reducir la pobreza es el programa Hambre Cero. Desde su lanzamiento en 2003, el gobierno del presidente Luiz Inácio Lula da Silva fue corrigiendo imperfecciones —como la idea original de distribuir comida a los pobres— y acabó formateando un buen programa de transferencia de renta condicional, como Bolsa Familia, que unificó todos los beneficios sociales federales (Bolsa Escuela, Bolsa Alimentación, Tarjeta de Alimentación y Auxilio Gas) en un único programa.
Pero programas de transferencia de renta son insuficientes para reducir la desigualdad a un nivel razonable. Educación es el puente que va a ligar esos dos países tan distintos.
“La visión de Brasil en 2015 depende de lo que hagamos en esa área”, dice Ferreira, del BM. Brasil no hace poco, pero lo hace mal. Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), el país gasta 4.2 por ciento de su PIB en educación, un porcentaje mayor al de Corea, ejemplo de nación que acaba de pasar por una revolución social a través de la mejoría de la enseñanza. Sin embargo, aun gastando más, apenas 32 de cada 100 alumnos brasileños entre 25 y 34 años completaron el segundo grado, contra el 95 por ciento de los coreanos.
LA ENSEÑANZA
También será preciso cuidar la calidad de la enseñanza. Durante la última década, la prioridad brasileña fue llevar a los niños a la escuela; ahora es necesario mejorar su desempeño educativo.
De lo contrario, Brasil continuará viendo tests como el Pisa (siglas de Program for International Student Assessment), realizado este año, en el que sus alumnos quedaron en el último lugar en pruebas de matemáticas e interpretación de texto (en sus lenguas respectivas) entre los países de la OCDE más Hungría, Rusia y la República Checa.
Lo más difícil que Brasil ha hecho hasta hoy fue acertar la política macro y consolidar su democracia. “La mesa está servida para el banquete”, dice el estadounidense Jerry Haar, profesor de negocios internacionales de Florida International University (FIU), que vivió dos años en Brasil y sigue el país de cerca. “El próximo paso es traer la comida para que todos los ciudadanos se beneficien de este banquete”. El menú, en este caso, son las reformas estructurales pendientes.
Si esas urgentes reformas no fueran hechas, la mejoría en la calidad de vida de la población será mucho menor de lo que podría ser. Con lo que se ha hecho hasta ahora, Brasil debe crecer del tres por ciento al cuatro por ciento por año. La cuestión es cuán grande quiere ser Brasil en 10 años. “Es importante ser ambicioso y reconocer que cuanto mayor crecimiento haya, mayor será la reducción de la pobreza”, dice Collyns.
En opinión de Vieira da Cunha, de HSBC, la reforma tributaria y previsional son algunas de las reformas más urgentes. “Para mantener la macro viva se hizo un pacto con el diablo en el cual todo el ajuste fiscal fue hecho por encima del aumento de la tributación”, dice.
Algunos de los resultados negativos de ese pacto son la pérdida de competitividad del país y el crecimiento de la informalidad económica. Haar, de la FIU, recuerda que las ofertas de empleo no están en las multinacionales, sino en las pequeñas y medianas empresas que viven sofocadas por la carga tributaria.
Si las reformas son tan importantes y quedan empantanadas en el Congreso y la educación sigue siendo materia de debate por lo menos por dos décadas sin mostrar grandes avances, la pregunta que debe hacerse Brasil es si, de hecho, existe el deseo de cambiar o es todo un juego retórico.
Para Manuel Rocha, ex Embajador de Estados Unidos que vivió más de una década en América Latina, lo que le falta a Brasil es que su clase dirigente diseñe un proyecto de país. “EE.UU. tiene un consenso muy claro sobre su proyecto de nación, basado en la libertad política y económica”, dice. “Republicanos y demócratas van a discutir siempre los temas periféricos, porque las ideas fundamentales están formadas”.
Para el cientista político y brasileñista Timothy Power, presidente de la Asociación de Estudios Brasileños (BRASA, por sus siglas en inglés), que reúne a académicos de EE.UU., Brasil alcanzó un consenso económico y eso no es poco. El desafío ahora recae sobre los partidos políticos. “No puedes tener un proyecto nacional si no tienes partidos con proyectos nacionales”, dice. “Apenas el [gobernante] PT y el socialdemócrata PSDB tienen proyectos nacionales, pero juntos controlan menos de la mitad del Poder Legislativo”.
REFORMAS CON OBSTÁCULOS
Para Manuel Rocha, ex Embajador de Estados Unidos, Chile es el mejor ejemplo de proyecto-país en toda la región, pues, independientemente del candidato que gane en las presidenciales de diciembre, se sabe que no habrá sorpresas desagradables.
Es cierto que, sin una definición clara sobre la dirección que Brasil debe tomar, en la próxima década podría estar asistiendo al mismo debate sobre la importancia de la educación y de las reformas pendientes. Ese punto no es menos importante si Brasil quisiera dar un paso mayor que la media en la década que sigue.
Vieira da Cunha, de HSBC, cree que una parte de la sociedad no está interesada en las reformas estructurales, pues, hechas, serán un atractivo para el ingreso de competencia internacional.
Para este grupo defensor del status quo, el mercado doméstico es demasiado apetitoso como para dividirlo con forasteros. “Los que ya están dentro siempre se sienten mucho menos interesados en los cambios”, dice el economista.
Aquí, nuevamente, es válido el ejemplo chileno, ya que al tratarse de un mercado pequeño (la población de Chile es 12 veces inferior a la brasileña), los empresarios no tenían otra opción que preparar el país para su internacionalización.
Una definición de proyecto-país es ciertamente el primer paso para ordenar los gastos y prioridades de Brasil. Considerando que está consensuado el mantenimiento de la política macro, como dice Power, de la AEB, entonces la buena noticia es que el primer paso ya fue dado.
En opinión de Ferreira, del BM, el siguiente debe ser, necesariamente, la educación. “Es necesario comenzar ya una verdadera revolución en la calidad de la enseñanza”, dice. Él sugiere colocar el potencial del país bajo análisis y comprensión de política pública para entender lo que está equivocado en las aulas, para descubrir si el profesor está desincentivado, si faltan libros o computadoras.
El problema es que la educación es una inversión con retorno a largo plazo y el incentivo de un gobierno que disputa una elección cada cuatro años es invertir en obras que paguen rápido, así se postergue para siempre una inversión fundamental.
Lo que Brasil no puede hacer más es dilatar la toma de decisiones, así ellas tengan un costo político alto, porque el retorno compensará. China, que sacó a 300 millones de ciudadanos de la pobreza en los últimos 20 años, e India, que emerge como un ejemplo de apuesta educativa, ya aprendieron esa lección. Es necesario invitar a los más pobres al banquete o ellos ingresarán con modos más prosaicos.
AméricaEconomía
