Joaquín Absalón [email protected]
Nació y sube la temperatura de las elecciones del 2006. Se oyen las voces de los aspirantes. Herty Lewites, Eduardo Montealegre y José Antonio Alvarado son los más deliberantes en la extroversión cotidiana.
Uno de ellos ha sido reiterativo en torno a diseñar la imagen de lo que sería su gobierno. Éste es el doctor José Antonio Alvarado, cuyo discurso como el de los otros, he seguido en la obligatoriedad profesional de comunicarlos a la población.
En el hervor de esta campaña mucha disertación ha incurrido entre lo macilento y lo folclórico. Están ausentes las propuestas concretas. Desde ahora deben demostrar sus capacidades con puntos ajustados a la realidad, lo cual se consigue modificando el contenido del discernimiento donde no sólo aparezca el “niño bonito” dibujado por el pincel de las encuestas ni la abusada manía oportunista de besar a las niñas y a las viejas pobres, ni brincar sobre las cuerdas circenses de un baile repetitivo que como el de Lewites no concuerda con la seriedad de su otoño. Enseñar la faz del hombre alegre y campechano, claro está, pero sin llegar a la desmesura.
En no pocas declaraciones y discursos el doctor Alvarado ha tomado el tema de la clase media. A ella me refiero como una necesidad de que reaparezca. Su fortalecimiento es —y ha sido— beneficioso en los países donde merecidamente está en palco. Es productiva por su comportamiento, efecto del esfuerzo propio causado por el empeño de ascender desde la base del origen genético y social.
El mismo proponente, Alvarado, es de clase media. Esta extracción sigue sumando grados de superación en todos los sentidos y bajo todas las valoraciones sean políticas, económicas, sociales o culturales. Tiene un rasgo propio y vital. Se proyecta con carta de identidad desde el siglo 19. En el sentido moderno se ha expandido y visto con lentes más equilibrados. Es la equidistancia entre el proletariado y la burguesía.
El proceso nace en el taller donde el autor de la obra (obrero) usa sus manos para concretar la labor de desarrollar el afán imaginativo hasta superar el complejo de ser “medio pelo” y volverse un trabajador de cuello “encorbatado” o un ejecutivo de banco, lo cual lo lleva por ejecutorias de la práctica a las clases más altas del sistema fértil y no por el pavoneo casual de ningún apellido.
Este dinamismo personal otorga niveles de vida más altos a la comunidad y permite que el profesional ocupe su posición designada por la incuestionable competencia. Transita con el uso de una característica vertical incapaz de ser frenada por ninguna hipotética nobleza ni por las imposiciones fiscales del Estado mismo. Es el más alternativo en el liberalismo social. Apertura de oportunidades sin trancas.
Esta clase era sustanciosa en Nicaragua. El “sandinismo” al llegar al poder la confiscó como lo hizo con todo lo eficaz.
Reviva esta muchedumbre vista de “reojo”. Merece inclusión en cualquier programa destinado a premiar el mérito extraído del propio y natural talento. Al plantearse la importancia de este sector de la sociedad con el énfasis con que lo hace la precandidatura señalada cabe sugerir al resto de postulantes levantar esa bandera. Soltarse de la tendencia de priorizar el tema político.
Desde que el sol se desnuda por la mañana para darnos luz prolifera en ellos —ejemplo— el argumento del pacto. Condenarlo es loable pero no tomarlo como silogismo indispensable. En la improbabilidad de parar las filípicas y antifilípicas sería más atinado conceder menos espacio al pleito y más al razonamiento vinculado con el superior futuro tanto del ciudadano como del de “la tierra que lo vio nacer”.
El autor es periodista.