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María Albertina Martínez Cruz, días después que tres de sus hijos realizaron un asalto en Costa Rica.

Madre de asalta-bancos murió en la miseria

María Albertina Martínez se fue sin poder sepultar a dos hijos y sin ver al que guarda prisión Tatiana Rothschuh AndinoCORRESPONSAL/ RíO SAN [email protected] María Albertina Martínez Cruz, la madre de los tres asaltantes de una sucursal bancaria en Costa Rica, murió en la más completa miseria en la comunidad La Ñoca, municipio de San […]

  • María Albertina Martínez se fue sin poder sepultar a dos hijos y sin ver al que guarda prisión

Tatiana Rothschuh AndinoCORRESPONSAL/ RíO SAN [email protected]

María Albertina Martínez Cruz, la madre de los tres asaltantes de una sucursal bancaria en Costa Rica, murió en la más completa miseria en la comunidad La Ñoca, municipio de San Carlos.

Ese asalto, ocurrido en marzo pasado en Puntarenas, Costa Rica, provocó la muerte de seis rehenes, un policía y dos de los delincuentes.

La noticia de la muerte de Martínez Cruz fue confirmada por Martha Martínez Trejos, una maestra de la Escuela Rubén Darío, de la comunidad La Ñoca.

La señora Martínez, recién había cumplido los 50 años, pero su rostro aparentaba unos 70, quizás debido a las calamidades y el dolor causado por la tragedia que su hijos provocaron.

Cuenta la profesora, que luego de que los tres hijos protagonizaron el asalto y del infructuoso esfuerzo por obtener los cadáveres de dos de ellos, la salud de doña Albertina se deterioró más.

Ante esta situación, un cuarto hijo decidió vender la propiedad y llevar a su madre hacia su lugar de origen, la comunidad El Gigantillo, en el municipio segoviano de Wiwilí, pero murió 15 días después.

PERDÓN POR LO QUE SUS HIJOS HICIERON

La maestra memoriza aquellas oraciones en voz alta que doña Albertina exclamaba cada vez que participaba en un oficio religioso. “Señor, te pido perdón por los muertos, perdón por lo que hicieron mis hijos y perdón por los familiares de los fallecidos”.

Martínez entregó su alma al Creador, confiando en el perdón, refiere la maestra, quien agregó que los pobladores de esta comunidad lamentan la tragedia que le tocó vivir a esta madre a quien apoyaban con la alimentación, ya que nunca recibió ni un céntimo de lo que robaban sus hijos.

El ocho de abril (un mes después de la muerte de sus hijos) cuando el equipo de LA PRENSA llegó al derruido rancho, Martínez lamentaba su desgracia. Sólo le acompañaban sus dos hijos más pequeños: Yael y Nolvin Martínez, de 16 y 17 años respectivamente. La extrema pobreza era evidente, pues a pesar de que eran pasadas las 12 meridiano, no había señales de fogón encendido.

Los cadáveres de Antonio Agenor Hurtado, de 33 años y Santos Maryoris Martínez, de 20, iban a ser entregados en ese entonces a una escuela de Medicina costarricense para prácticas de laboratorio. Ella había recibido la promesa del jefe de la Guardia Civil de La Trocha para ayudarle a trasladar los cadáveres, pero todo se tornó difícil, pues debía ser por el puesto de Los Chiles y era imposible por su estado de pobreza extrema.

Erly Martínez Hurtado, de 24 años, es el hijo sobreviviente del asalto, que guarda prisión. “Me dijeron que me llevaban donde él, pero yo no me tanteaba a andar, tenía la canilla hinchadísima”, nos dijo en esa ocasión e igualmente murió sin verlo. La guardia tica no dejó entrar más a ese territorio a esta madre.

En esa oportunidad y precisamente cuando cometían el asalto, doña Albertina era dada de alta en un hospital del cantón Los Chiles, tras sufrir de hepatitis, “me sacaron porque debía 500 mil colones y no tenía dinero para pagar y escuché la bulla del asalto. Yo decía ‘son díceres’, pueden ser otros”, era la reflexión que hacía esta madre y aún desfalleciendo recibió en su casa la noticia de parte de periodistas ticos, sobre la acción delictiva cometida por su hijos.

Cuando abordamos a doña Albertina, nos habló de hijos buenos y malos, pero “sean lo que sean, son hijos de uno” por eso ante la imposibilidad de sepultar los cadáveres de sus dos vástagos, con los dos menores escribió el epitafio en una cartulina que también cargó hasta el lugar de origen de donde nunca debió salir: “8 de marzo, martes, falleció Antonio Ajenor y Santos Maryoris, en pas descanse las ánimas”.

PERDÓN Y ESPERA

“La pena moral que me embarga por lo que hicieron mis hijos, y desde mi humilde chocita ubicada en La Ñoca elevo oraciones para que encuentren el perdón … Aunque hayan cometido un delito tengo derecho a que me entreguen sus restos, por lo que les pido que intercedan ante las autoridades nicaragüenses para que me entreguen los dos cadáveres”, es parte de la carta que escribió Albertina Martínez, dirigida al Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (Cenidh).

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