Luis Sánchez Sancho
Las informaciones sobre la horrorosa muerte que sufrió un inmigrante nicaragüense en Costa Rica, quien fue destrozado por dos feroces perros rottwailer después de introducirse subrepticiamente en un taller, al parecer con la intención de robar, me hicieron recordar el poco conocido mito griego de Neante (o Neantés, como también se le llama).
Me parece —porque no tengo información documental al respecto— que en alguna de las etapas más primitivas y en algún lugar de la antigua Grecia, se castigaba a los ladrones arrojándolos a perros feroces para que éstos los mataran a dentelladas. Quizás de allí se originó el mito de Neante, una fantasiosa leyenda como son todos los mitos.
En realidad, para muchos pueblos de la antigüedad el perro tenía un simbolismo especial: en algunos casos representaba el bien (el perro blanco) y en otros el mal. También usaban al perro como instrumento de castigo mortal, incluso infernal, como el can Cerbero —el monstruoso perro de tres cabezas, con cola de serpiente y culebras en el lomo, cuya mordedura era mortalmente venenosa— que cuidaba las puertas del Infierno y atacaba a quienes trataban de escapar del castigo eterno.
Hécate, la diosa del Infierno, vagaba por el mundo acompañada por las almas de los muertos, al filo de la medianoche, y su paso era anunciado por los aullidos escalofriantes de los perros. Ella misma a veces se transformaba en perra, para recorrer los caminos.
En la historia de Nicaragua, uno de los capítulos más sangrientos de la conquista española fue el hecho que según los historiadores ocurrió en la ciudad de León (Viejo) el 16 de junio de 1528, cuando 18 indios acusados de haber asesinado a siete españoles, por orden expresa de Pedrarias Dávila fueron “ajusticiados” por feroces perros.
Pero vuelvo a Neante. Este era hijo de Pítaco, tirano de Lesbos. Músico de afición, se interesó mucho por la noticia de que en el templo de Apolo se guardaba la divina lira con cuya música, y acompañado con la de su flauta, Orfeo tranquilizaba a las fieras más terribles de los bosques, desviaba el curso de los ríos y hasta apaciguó a los demonios cuando bajó al mundo de los muertos en busca de su amada Eurídice.
A Neante le dijeron, además, que la lira guardada en el templo de Apolo tocaba la música por sí misma y que a sus acordes se movían las rocas. Una de las obras de esa lira maravillosa había sido la construcción de las inexpugnables murallas de Troya, que protegieron la ciudad hasta que los invasores entraron gracias a la estratagema del caballo.
De manera que Neante se introdujo a escondidas en el templo de Apolo y robó el divino instrumento musical (según otra versión lo habría comprado a unos sacerdotes corruptos, que lo robaron para vendérselo).
Ya en posesión de la lira Neante se fue al campo, con el propósito de probarla y trató de mover con su sonido a los árboles y las rocas. Sin embargo, por un designio del dios Apolo, que estaba enfurecido por el robo de su instrumento musical, lo que atrajo Neante con el sonido de la lira fue a una jauría de furiosos perros, que lo atacaron y mordieron hasta que murió completamente destrozado.
Y cuenta la leyenda que la lira mágica volvió por sí sola al templo de Apolo, de donde el insensato Neantes se había atrevido a robarla y debió pagar su osadía perdiendo la vida de manera tan espantosa.