Magdalena Úbeda de Rodríguez
En Costa Rica un joven nicaragüense fue devorado vivo por dos perros adiestrados para matar. Este caso no es insólito. En muchas partes del mundo seres humanos son atacados y muertos por animales salvajes y domesticados. Lo grave del hecho reciente es que este ser humano fue despedazado en presencia de muchos congéneres sin que el horror de la masacre pareciera despertar su conmiseración. Una cámara de vídeo implacable tomaba vistas del episodio circense. Fue como una reconstrucción de la distracción predilecta de los antiguos romanos solazándose cuando los cristianos eran entregados a las fieras para satisfacer los instintos morbosos de césares y plebe. Lo grave es que esta vez los espectadores del capítulo que Dante no escribió no eran gentiles sino cristianos. Cristianos contra cristiano. El hombre lobo del hombre, “y esto es malo para el mundo —pues rebela mal profundo” como dijo un día el poeta y sacerdote Azarías H. Pallais.
Creo firmemente que quienes presenciaron, indolentes, inertes, la muerte atroz de un cristiano, estaban muertos. Sólo los muertos no reaccionan ante el dolor, sólo ellos permanecen indiferentes y mudos, sordos y ajenos a su entorno. Muertos estaban los cuidadores del taller de Cartago, la tierra de Nuestra Señora de los Ángeles. Muertos los policías, el camarógrafo que operaba la cámara, desde muy antes, desde siempre. Esos seres son nonnatos. Al darlos a luz sus desventuradas madres ya habían perdido el don de humanidad.
¡Flores para esos muertos! Tal vez si todos los nicaragüenses les llevamos flores y como al hombre de Vallejo les rogamos que vuelvan a la vida, ellos renazcan y recuperen el don perdido.
Quiera Dios que no mueran todos los costarricenses, porque sería grave la muerte masiva de los vecinos del sur. Nuestra plegaria deberá ser desde hoy: Señor, que no muera Costa Rica. Que no se convierta en la Comala de Juan Rulfo. Que no sean contagiados por el “rencor vivo” de Pedro Páramo.
El problema de los migrantes se ha tornado mundial, más exactamente ha sido y continúa siendo mundial y es tan antiguo como la humanidad misma, sólo que la facilidad de la comunicación que vive hoy el mundo lo acrecienta y lo actualiza constantemente.
Se dice que en Alemania jóvenes neonazis atacan en plazas y calles, en bares y otros sitios de diversión juvenil, a todo aquel que no presente los rasgos teutones. Los días de violencia que ha vivido toda Francia, indican que causas subyacentes agitan reclamos y rechazos entre los habitantes de los países sede y los propios migrantes extranjeros y que aún persisten entre los migrantes nacionalizados.
Nuestra civilización judeo-cristiana nos informa de las infinitas penas sufridas por los israelitas antes de la venida de Cristo. Después de Cristo, la diáspora lanzó a toda la población judía por todo el mundo, principalmente hacia Europa donde han sido vejados y desde donde sufren expulsión, pogrones, campos de concentración hasta límites pavorosos. Es tan estrecho el Estado de Israel que seguirán los judíos errantes por toda la tierra. Y así muchos pueblos, algunos sin Estado fijo como los gitanos.
Los nicaragüenses, animados por un espíritu aventurero, somos gente de éxodo, desde siempre. No existe lugar alguno de la tierra donde no viva un nica por gusto o por fuerza mayor. Siempre soñando con el retorno, siempre añorando el terruño. Escribió Salomón de la Selva, eterno ausente de Nicaragua: “Sin patria no hay vejez que pueda soportarse”.
Cuando todos nuestros compatriotas regresen haremos pueblo. Mientras llega ese día, bien podemos preguntarnos ¿Nuestro Río San Juan arrastra sangre? No, flores para los muertos.
La autora es directora del INC.