El escándalo que provocó el príncipe Harry, del Reino Unido, al presentarse en una fiesta de disfraces luciendo un atuendo nazi, conmovió tanto la conciencia democrática de Europa que el Comisionado Europeo de Justicia, Franco Frattini, presentó ante el Parlamento Europeo una iniciativa de ley para prohibir la exhibición de la cruz gamada o esvástica, que fue el emblema del sangriento régimen de Adolfo Hitler en la Alemania de 1933 a 1945.
Al respecto de esta iniciativa de ley, representantes en el Parlamento Europeo de los países de Europa del Este que fueron oprimidos por el totalitarismo comunista, no sólo la apoyaron sino que propusieron también la prohibición de la hoz y el martillo, la estrella roja y otros emblemas del sistema comunista, el cual fue tan criminal como el régimen nazi y causó inclusive más mortandad humana que el nazismo hitleriano.
La propuesta para proscribir los símbolos comunistas fue presentada específicamente por representantes de la República Checa, Lituania, Estonia, Eslovaquia y Hungría, quienes hablaron de los grandes sufrimientos que causaron a sus pueblos los regímenes comunistas impuestos y sostenidos por la desaparecida Unión Soviética. “Si decidimos prohibir unos (símbolos del totalitarismo), deberíamos prohibir todos los demás”, dijo el diputado de la República Checa ante el Parlamento Europeo, Jan Zahradil; en tanto que Jozsef Szajer, diputado por Hungría, expresó que: “Queremos un tratamiento equitativo con otros males totalitarios, como el sistema comunista”.
En realidad, no es la primera vez que se equipara al comunismo con el nazismo, pero hasta ahora la clase política e intelectual euro-occidental, que repudió al nazismo pero aplaudió o no quiso darse por enterada de los grandes crímenes cometidos por los regímenes comunistas, no ha aceptado la equiparación. Ya en 1975 el famoso filósofo francés André Glucksmann —quien en su juventud fue militante de izquierda—, escribió que el comunismo y su fundamento teórico, el marxismo, eran iguales que el nazismo, con lo que provocó una tormentosa controversia ideológica en los círculos intelectuales de Francia y otros países europeos.
Después, a fines de 1998, casi diez años después de la caída del comunismo en la extinta Unión Soviética y los países del Este europeo que ahora viven en libertad y democracia, en Francia se publicó El libro negro del comunismo, escrito por seis historiadores coordinados por Stephane Courtois, en el que se dio a conocer con abundancia de información verificada que las víctimas del comunismo —por asesinatos, muertes por inanición o torturas en cárceles y campos de concentración, hambrunas provocadas deliberadamente, etc.— sumaron alrededor de 85 millones de personas.
Por cierto que en ese libro se incluyó información sobre Nicaragua, que bajo el régimen sandinista de los años ochenta del siglo XX recién pasado fue considerado como un país más de la órbita comunista, pues a pesar de que formalmente se proclamaba como un Estado no alineado, de economía mixta y pluralismo político, de hecho estaba subordinado a Cuba y la Unión Soviética, la economía mixta era una mampara del estatismo económico y el pluralismo político era una farsa del FSLN con partidos afines y aliados. En la práctica, tal como lo proclamó en 1984 uno de los comandantes del FSLN la revolución sandinista era la modalidad de la dictadura del proletariado en Nicaragua.
Cuando apareció el Libro negro del comunismo, el periodista y escritor colombiano Plinio Apuleyo escribió en el diario estadounidense en español, El Nuevo Herald, que lo más sorprendente era “la ceguera de muchos intelectuales frente a este colosal desvarío. No vieron o no quisieron ver la utopía que representó el comunismo, ni sus costos en vidas y desgracias, hipnotizados por dos cosas: un seductor mito igualitarista (una sociedad sin pobres ni ricos) y una explicación fácil y total de la historia a través de la lucha de clases. Fue una ceguera voluntaria que excluyó todas las evidencias que la contradecían”.
Lamentablemente esa ceguera persiste, al menos en Nicaragua, donde ahora los “liberales” del PLC y otros antiguos demócratas le están ayudando al FSLN a restaurar el régimen que tanto daño le hizo al país en los años ochenta, y que lo asoció con el comunismo, el oprobioso régimen hermano del nazismo.