Mürel E. West
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Propagadora mariana
Mürel E. West
Las palabras que María oyó durante la visitación se cumplieron admirablemente: desde el nacimiento de Jesús en Belén hasta la cruz en el Gólgota y, luego, desde la mañana de Pascua hasta el día de Pentecostés.
En todas estas etapas de su peregrinación terrena, María conoció cada vez más profundamente todas las maravillas que el Poderoso hizo en su favor (Cf.LC 1, 49) Y todas esas “maravillas” (magnalia Dei) alcanzan su coronación casi definitiva en la Asunción. María entra como esposa del Espíritu Santo en la casa del destino supremo de hombre. En la morada de la Santísima Trinidad se encuentra su morada eterna. Y aquí, en la tierra. “Todas las generaciones la llamarán bienaventuradas”. (CF.Lc 1,48)
Y también nosotros —esta comunidad particular de nicaragüenses: jóvenes, niños y adultos— proclamamos a María bienaventurada entre todas las mujeres, rindiendo así el honor supremo al hijo unigénito del Padre, el fruto bendito de su seno. Efectivamente, en Él “todos recibimos la adopción de hijos” (Cf. Rm 8,15).
Sor María Romero supo experimentar esta singular presencia de la Santísima Virgen desde los atisbos de su misión de servicio a los más necesitados y respondió arduamente a su amor con una entrega total y absoluta. Como nos dice una anécdota muy interesante que nos cuenta una ex alumna de Sor María que la visitó por primera vez en Costa Rica. ¡Si supiera, Sor María, cómo recuerdo el día de sus votos perpetuos! Sor María se conmovió, pareció que miraba hacia aquel lejano 6 de enero, y dijo:
—No sabes que ese día recibí de la Santísima Virgen una primera llamada a la santidad… ¿Recuerdas la estatua de la Virgen que está en una gruta en el patio cerca de la Capilla en la Casa de Granada? Había sembrado alrededor varias plantitas de flores de las que en Granada llamamos lirios y les dicen en otras partes varitas de San José, soñaba con ver a la Santísima Virgen rodeada de flores blancas, pero nada, nunca se le veía una flor a las plantitas.
Se acercaba mis votos perpetuos, le pedía a la Santísima Virgen una prueba, que si iba a ser una buena religiosa para ese día floreciera alguna. Entré a hacer unos días de retiro para prepararme y no había ni sombra de lirios. Llegó el suspirado día y cuál no sería mi emoción cuando, después del acto fui a ver a mi Reina en su gruta y la encontré rodeada de bellísimas flores blancas, todos los lirios habían florecido… era una señal de que la Santísima Virgen esperaba de mí una entrega total, que me diera de lleno a vivir dedicando todas mis fuerzas en propagar su devoción narrando sus maravillas y a darme sin medida a hacer el bien a mis hermanos…
“Esa fineza de la Santísima Virgen, de mi Reina fue verdaderamente para mí un llamado a la santidad” (AGFMA).
Sor María nos invita a concretizar nuestra incipiente devoción mariana a través de la oración que compuso para acercarnos más íntimamente a la Santísima Virgen en cualquier peligro o necesidad.
“Pon tu mano Madre Mía,/ Ponla antes que la mía/ María Auxiliadora triunfe tu poder y misericordia. /Líbrame del demonio y de todo mal, /Y escóndeme bajo tu manto. Amén.
La autora es devota de Sor María Romero.