LA DICTADURA NO PUEDE OCULTAR LA VERDAD

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Corrupción

Luis Ramírez Gómez Es asombroso cómo en Nicaragua se habla de la corrupción de los políticos igual como se comenta el futbol o el beisbol. La corrupción de los dirigentes es lógico que se extienda a las capas inferiores: policías, secretarios de juzgados y ayuntamientos, etc., donde los sueldos no son tan elevados y a […]

Luis Ramírez Gómez

Es asombroso cómo en Nicaragua se habla de la corrupción de los políticos igual como se comenta el futbol o el beisbol. La corrupción de los dirigentes es lógico que se extienda a las capas inferiores: policías, secretarios de juzgados y ayuntamientos, etc., donde los sueldos no son tan elevados y a veces ínfimos.

Todo comenzó después que cayó el somocismo. Los revolucionarios derrotaron la dictadura pero luego siguieron los mismos pasos, añadiendo a la “dictadura” el nombre de “popular”. Un engaño. Destruyeron una economía de clase media, enriqueciéndose los que tenían que dar ejemplo de austeridad y solidaridad real, no populismo y demagogia.

¿Acaso no es corrupción que un diputado gane hasta 50 veces más que un maestro? Estos políticos, ¿no son una élite privilegiada en medio de una sociedad pobre y sin recursos? Y todo esto, ¿no es una corrupción legalizada por la Asamblea Nacional, constituida por ellos mismos?

En Alemania, lugar donde resido, he visto caer a un ministro por haber hecho el traslado de sus muebles de una casa a otra, con un camión del ejército. Otro porque no pagaba la seguridad social a una criada. Un político, por haber recibido de la empresa en que trabajaba, la cantidad de 120 mil euros, cuando ya era secretario de un partido, a pesar de haber dado 40 mil de esa cantidad a una obra benéfica. Un canciller, por no haber declarado quién había ingresado en las arcas del partido 200 marcos (unos 175 mil dólares), como tenía obligación de hacerlo.

Ante estos actos de poder, de corrupción, la prensa alemana se hizo un puño, sin mirar ideas de partidos, colores ni perfiles políticos, ni amiguismos, sin pararse a pensar quién era el que iba contra lo elemental de la sociedad: la honestidad.

Los periodistas que callan a sabiendas por temor a represalias laborales o económicas, son lo mismo de despreciables por no hablar, pues el pueblo tiene derecho a saber lo que sucede y esa información la tienen que dar los medios de comunicación, son ellos los que pueden y deben hacerlo. Es la única manera que Nicaragua conquiste la credibilidad en el exterior y que la inversión extranjera confíe en la honestidad de los gobernantes que la Nación necesita.

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