Rómulo Sánchez Leytó[email protected]
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El enigma del crecimiento económico
Rómulo Sánchez Leytón
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Todos desean al final del año que los pronósticos del crecimiento sean superados, los políticos veneran y rechazan las cifras (cuando les conviene), los economistas las saludan y esperan que coincidan con sus pronósticos. Cuando la economía no crece, cunde el pánico entre los políticos y los asesores de gobiernos. Para el 2006 la economía continuará con un crecimiento anímico que puede rondar el tres por ciento (2005; cuatro por ciento), eso sucederá si las exportaciones crecen. Mientras que el PIB por persona descenderá de 1.3 por ciento en el 2005 a 0.6 por ciento en el 2006.
El PIB como se sabe, mide el valor de los bienes y servicios finales que se producen en un año. Un crecimiento de buena calidad se ha identificado con tener niveles de ahorro adecuados, realizar inversiones productivas, generar empleos durables, de calidad y mejorar el nivel de vida de las personas.
En suma, incrementar la creación de valor de una nación, aunque ello no signifique automáticamente aumento de bienestar. Si no se crece, es más difícil crear empleos, se estancan las inversiones, el PIB per cápita desciende, se deteriora el nivel de vida. De 2.2 millones de personas de la Población Económicamente Activa (PEA), el 11.8 por ciento está en el desempleo abierto. Para disminuir en un punto el desempleo abierto se necesita que el PIB crezca en más del siete por ciento.
Otro de los indicadores más usados y controversiales para medir el bienestar ha sido el ingreso per cápita y su crecimiento. Sin embargo, éste no dice nada de la efectiva distribución del crecimiento o si realmente significa bienestar para todos.
En Brasil el 10 por ciento más rico de la población recibe 66 por ciento más que el 10 por ciento más pobre. El PIB per cápita no dice en qué se usa; si para comprar máquinas de hacer cigarros o para construir hospitales, escuelas, carreteras, etc. Según el informe 2003 del Worldwatch Institute, a pesar que el ingreso per cápita en Estados Unidos ha crecido, la gente se sentía tan descontenta como hace cinco décadas.
No es extraño que se busque indicadores alternativos para medir el desarrollo de un país. Otros señalan que una larga vida es prueba de un mejor bienestar.
Un intento de encontrar el mismo, ha sido el Índice de Desarrollo Humano (IDH) creado por las Naciones Unidas. Éste integra el ingreso per cápita, la esperanza de vida y la educación. De esa manera se trata de presentar un número más integral de los chances de bienestar en cada uno de los países. Sin embargo, no dice que bien, cada persona en un país rico o en uno pobre, ni la diferencia entre ellos.
En realidad, cómo se sientan los ciudadanos, no depende solamente del crecimiento económico, sino de otros factores. El especialista en historia económica, John Komlos, postula que entre mejor le va a la gente, más grande son de tamaño. En sus investigaciones encontró que la gente más grande no vive necesariamente en los países con mayores ingresos.
Mientras Luxemburgo tiene el PIB per cápita más elevado, en Noruega viven las personas más altas. Japón tiene la esperanza de vida más alta del planeta y la mejor distribución de la renta; y no Luxemburgo. La riqueza y la prosperidad pueden causar enfermedades como la obesidad o la aberrada degradación ambiental. El rendir culto al consumo está volviendo a los estadounidenses una sociedad grasosa. En países en desarrollo, es hasta ahora una minoría.
No sin razón, se señala que el crecimiento es una cosa de psicología y no sólo de matemática, por eso, también difícil de manejar. Los modelos matemáticos en muchos casos no se dejan traducir de manera fácil a la realidad.
Schumpeter demostró que en el acto de la destrucción creativa surgen las innovaciones empresariales, que también pueden promover el crecimiento. La aplicación de la revolución informática en muchos países ha contribuido al crecimiento, aumento de las ventas, pero no ha creado más empleos. Mientras tanto, se idealiza el pensamiento del crecimiento.
Para otros éste es la medicina contra el desempleo. Pero en muchos países se ha conseguido tasas de crecimiento y el desempleo no desciende. Estados Unidos perdió entre 2001 y 2003 unos 2.8 millones de empleos. Los años noventa se puede considerar una década de buen crecimiento, sin embargo, el desempleo se volvió una epidemia, porque la política de crecimiento no funcionó, no creó empleo duradero, ni de calidad. Esto tiene que ver con la calidad del crecimiento y, de dónde se crece.
Por supuesto el crecimiento es un medio indispensable para mejorar la prosperidad de una nación, sin embargo, un crecimiento sin fronteras, en el marco de los recursos escasos, no es sostenible y los efectos son ya perceptibles y lo serán más en los próximos años.
El hecho de que algunos recursos como el petróleo, que aún subiendo de precio sea más barato que hace décadas (a precios corrientes), no explica que éstos existan sin límites. Los precios no son siempre un indicador de la real disponibilidad de los bienes. A muchas materias primas, el mercado mundial le establece precios, determinados por la política de gobiernos, las multinacionales y no necesariamente la oferta y la demanda. Los gobiernos establecen subvenciones, impuestos, pero con ello no aumenta o disminuye la disponibilidad física de las materias primas.
Los economistas del ambiente responden que el crecimiento no debe significar mayor consumo de petróleo, hierro, madera, carbón; porque sino se agotan los recursos de la tierra. Alternativas como mayor educación, mejor sistema de salud, puede significar mayor bienestar, respirar un mejor aire o tener agua de mejor calidad, la rica comunicación y el conocimiento nos volvería más tolerantes. Más racional sería construir más escuelas y menos autos. Las herramientas de la educación y el discernimiento son claves para superar la pobreza y alcanzar el desarrollo.
Si aumenta la producción de acero, o la producción de autos, crece solamente el problema. Es diferente si se crece en el sistema de salud, o educación. Crecer es deseable donde se dañe en menor medida al planeta. Lograrlo no es fácil, porque ello requiere desarrollar un nuevo concepto de la economía, en donde el hombre esté interesado en acumular menos cosas materiales. Sólo así será posible alcanzar un crecimiento sostenible. De ahí que es necesario desarrollar alternativas al crecimiento material.
Mientras sigamos contaminando el aire y los suelos en una medida que supere la capacidad de regenerarse; si las nuevas reservas de petróleo son consumidas más rápido, que como se desarrolla el consumo de energías alternativas como la solar; si el abismo entre ricos y pobres sigue aumentando como hasta hoy; no hay posibilidades de alcanzar un crecimiento sostenible. Quizá las personas se comportarían de manera razonable si verdaderamente tuvieran la suficiente información de la consecuencia de sus decisiones y de sus actos. La sobrevivencia de la humanidad depende de que tan racionales actuemos.
El autor es profesor de economía. Facultad de Economía UNAN-Managua.