Tragarse el esperar de los relojes
y dormir,
como si fuera tan fácil
encallarse sobre la arena gris.
Descubrir la cúpula fría
de la medianoche
y saber que no hay misterio más grande:
adivinar el sentir
de cada transeúnte
cercado por la ciudad.
Caminar sobre los pliegues del asfalto
y encontrar, deshojar, lastimar
la efímera capa de tiniebla
alojada entre los faros.
Despertarse y ver
los oídos sordos de la noche
como testigos ocultos
de la irremediable obstinación del insomnio.