- A Manuel Solís Balladares
Uno
Nuestro comportamiento social está de acuerdo con los bienes que tengamos. Se vuelven verdad los presagios de las abuelas: Tanto tienes, tanto vales. Trabajamos intensamente para obtener objetos y valores; nos hacemos de ellos de cualquier manera, fiando o robando. Unificar los bienes de la vida resume Lewis Munford y señalarlos como fundamentales en una serie de objetos.
La sociedad de consumo cultura del rebasamiento nos ha convertido en simples compradores, apartándonos de una comunidad humana y solidaria. Víctimas de los medios de comunicación nos convertimos en individuos ambiciosos, gratos operadores de pecados capitales. Vivimos imbuidos bajo estímulos existenciales manipulados por corporaciones transnacionales y corrupción provinciana. Abarrotamos la mente de tonterías que tensan el presupuesto y revientan nuestros nervios. Este ha sido nuestro aparente destino.
Somos reflejos de una estructura socioeconómica que determina aptitudes elementales, empujándonos hacia la aceptación de falsos ideales. Llegamos a viejos alienados para arpillar los huesos y secarlos al sol. Postrados sobre nuestros males nos jubilan cuando hemos liquidado nuestras fuerzas; sin embargo, existen seres desafiantes que nunca han laborado (laborare stanca, decía Pavesse) que aman el ocio y detestan cúmulos de bienes terrenales.
Nos encontramos ante un personaje que desde la pubertad maldecía talleres y fábricas. Nombre: Tomás Alonso. Alias: Pata de Chopo. Edad: 66 años. Peso: 100 kg. Oficio: ninguno. Fecha que aborrece: primero de mayo. Preocupación: saber que cada día pasa. Deseo inalcanzable: en busca del tiempo perdido. Asilado permanente a la protección familiar, su hermana Margarita responde a su crónica crisis laboral.
Bajo los húmedos corredores frente al parque converso con el hombre que apuñaló el trabajo. Absorbe lentamente su refresco sin la sofocación asalariada que perturba a los servidores públicos. Mi felicidad desborda don Tomás sus sentencias no está en el dinero ni en el poder ni en la fama. Debemos saborear el tiempo. Véame vivo, tranquilo ante aquella bola de comerciantes ambiciosos que no pueden dormir. Algodoneros, cafetaleros, ganaderos andan atolondrados, al borde del suicidio; platique con un político y se dará cuenta que son ventrílocuos, cajas de resonancia, usureros, proxenetas ingratos.
Dos
Tomás Alonso esgrimía frases memorables con la tonalidad perfecta de Luciano Pavaroti; sabía que el eslogan es a la publicidad lo que el aria es a la ópera. Hoy unos, mañana otros, fue una consigna que pegó en el pueblo como mensaje críptico; significaba que alcaldes, jueces, directores de Policía, administradores públicos, meretrices agraciadas, profesionistas de pacotilla y otras especies darvinistas hoy estaban muy bien pero mañana se pueden encontrar en condiciones lamentables. ¡Hoy unos, mañana otros! Generaba especulación en la conducta de grupos comerciales o políticos, llegaba a tener efecto subliminal hasta en personas que no tenían que ver con el objetivo propuesto.
La precisión del momento y utilidad del medio encasillaba a Tomás Alonso como hombre de centrismo radical, abarcaba o abracaba su abracadabra verbal a todo los ilusos del pueblo, sin perdonar siquiera a aquellas almas dispuestas a la devoción pacífica e indiferente, le valía madre si irrespetaba a una dictadura postdiluviana o democracia frufrú promocionada por el intervencionismo norteamericano.
Pata de Chopo era solicitado para promover alborotos, se le pagaba una cuota para vociferar aforismos característicos de su ingenio alburero. Los creyentes de sus cantares, letanías, salmos, mientras difundíalos con intenciones místicas y facilidad nemotécnica, era el apóstol pregonando advertencias que partían furiosamente el aire como dogma de Pablo el Converso. Sus frases daban resultado. Quien las oía se ofendía.
Sus seguidillas eran declaratorias de guerra.
¡Ahí viene la Nicolasa ¡Aplicámela! ¡Muchos valijines andan! ¡A cualquiera le pasa! ¡No me castigués! ¡A doctores y no doctores! ¡Hoy se acuestan casadas! ¡Mucho nacatamal! Formaban parte de slogans que vendía menudeado o al mayoreo. Sin conocer nada de mercadotecnia, fraseaba armoniosamente igual que Santiago Pando, el publicista del hartazgo. El estratégico ¡Ya Basta! del subcomandante Marcos (recreado por el presidente Fox en su campaña ¡Hoy, Hoy, Hoy!) recuerdan las propuestas a quemarropa esgrimidas por Tomás.
Igual que Dostoievski y Julio César, nuestro personaje era vencido por la luna llena. Su dolencia crecía como alta marea que turba el ánima consciente. Los medicamentos prescritos no aplacaban la fuerza del mal y caía dando tumbos, contracciones que no podía controlar. Volvía a existir días después a ocupar una vieja banca afuera de su casa, para no ser perturbado por ruidos domésticos.
El carácter juicioso del analfabeta pasaba del silencio a la altisonante verborrea igual que el obeso Flaubert; aunque a veces se volvía pasmado igual que Proust, quien consolaba el insomnio durmiéndose temprano. Pata de Chopo se atribuía pulcra laboriosidad del poeta Coronel Urtecho, pues barría, rezaba y estructuraba su ingenio chinfónico, al mismo tiempo que cuidaba la misma luna de palo al anochecer frente al parque.
Tres
Sobre su pecho, Tomás Alonso colgaba condecoraciones de La Magnífica, sustentadas por el misticismo de Las tres divinas personas, Oración del Puro, Pájaro Macuá, el Garrobo y Piedra de Ara, documentos heréticos que expendía a parroquianos aventados y tímidos rancheros que llegaban a sus dominios en busca de apoyo espiritual. La última insignia postbélica la recibió de una logia masónica decodificadora de glifos artesanales, la aceptó por disciplina conciliar, ya que siempre detestó la escuadra, el compás, el martillo y el serrucho, estos instrumentos lo ofendían a tal grado que la humedad de sus ojos convertíase en llanto.
Tomás Alonso cuidaba su alma de pirata. Tenía un baúl lleno de conjuros, amuletos y talismanes, remedios virtuosos que evitaban males diversos: que el toro no bote al montador, que la mujer deje a su amante, que se defeque sin dificultad, que los espantos no lo achiquen, que el dinero perdido aparezca, que encuentre mujer hermosa; cualquier tontería planteada por los despistados del pueblo la resolvía sin esfuerzo.
Pata de Chopo repetía de los brujos cibernéticos terapia esotérica: Mis oraciones juntan el alma al cielo y limpian malas preocupaciones de los hombres. Cura heridas profundas causadas por asuntos terrenales, guía al portador por un camino seguro y le ayuda a tomar decisiones adecuadas. Abre las puertas de la inspiración y de la intuición, pues conecta al portador con su Dios interior. Facilita el acceso a los lugares más recónditos del cerebro y el acceso a la innata sabiduría interior que todos portamos en nuestro corazón.
Don Tomás no era vegetariano. Se complacía en seguir recetas carniceras; despedazaba muslos de novillos, lomos de cerdos, paletillas de borregos con destreza felina. Si su hermana Margarita o su abnegada madre Nachita no le suministraban viandas a base de proteína animal, se volvía furioso y empezaba a echar en el pozo del patio, radios, televisores, cuchillos, vasos, pantalones, objetos tantos que al final del año, había más enseres adentro de la fuente que en uso.
A este primitivo filósofo le divertía cazar avispas, con un rollo de periódico vivía destripando insectos, así pasaba horas hasta que era atraído gratamente por el ocio divino. También le gustaba proveerse de linternas: la oscuridad le aterrorizaba. Sin luz se sentía atrapado, por eso la vida lo llevó a detectar laberintos y pasadizos inevitables que lo llevaron de la mano hacia la muerte.
