“Al dirigirnos al divino Maestro, al convertirnos a Él, al experimentar su misericordia gracias al sacramento de la reconciliación, descubriremos una ‘mirada’ que nos escruta en lo más hondo y puede reanimar a las multitudes y a cada uno de nosotros”.
(Benedicto XVI)
Cristo sigue actuando, salvando y santificando al hombre a través de la Iglesia. Por eso Bosuet dice que la Iglesia “es Cristo prolongado y comunicado” y, por otra parte, cada sacramento se define modernamente como “un gesto de Cristo”. Sabiendo que Jesucristo está vivo y operante, con todo su amor y su poder a nuestro servicio, tanto en su palabra como en sus sacramentos, pienso que el cristiano católico, particularmente, está llamado a ser profundamente feliz y a contagiar con su felicidad a los demás.
Contrario a lo que algunos puedan imaginar o decir, el sacramento de la reconciliación, Penitencia o Confesión, constituye una de las fuentes más preciosas de felicidad para el católico consciente cuya vida es Cristo.
“Pero usted es católico usted tiene que ser hombre feliz. Ustedes tienen la confesión”, recordó a Clemente Brentano, célebre poeta alemán, Lucia Hensel, la hija de un pastor protestante, la que más tarde se convertiría al catolicismo. Al panida le atormentaban fuertes dudas espirituales y luchaba inútilmente por encontrar descanso para su alma. El reposo espiritual lo halló hasta que hizo una confesión general ante el sacerdote, quien al verlo llorar lo abrazó fuertemente… lloraba por la alegría de saberse realmente perdonado, por ser un hombre nuevo.
En esta Cuaresma aprovechemos la oportunidad de encontrarnos con Jesús, con su mirada que nos reanima, en el Sacramento del Perdón.