- Adolfo Álvarez logró lo que podría llamarse un éxito rotundo en el beisbol. Dotado de un talento especial, el zurdo irrumpió con violencia desde la colina y pronto sembró el pánico entre sus rivales, mientras acumulaba escalofriantes cifras. Y cuando los disparos se le agotaron, tomó el bate y se dedicó a repartir metralla consistentemente, con lo que aseguró la perdurabilidad de su nombre
ADOLFO ÁLVAREZ, GLORIA DEL DEPORTE NACIONAL
Notas Relacionadas > Cuando el scout de los Cerveceros de Milwaukee se presentó a aquella humilde vivienda en San Jorge, Rivas, en busca del visto bueno de los padres para la firma del prospecto, doña María Luisa Álvarez fue clara en su respuesta.
“No. Ni quiera Dios. A mi muchacho no se lo lleva nadie. Dios guarde si se me enferma. ¿Quién me lo va a cuidar? Así que aquí se queda”, dijo la señora. Y justo ahí terminaron las aspiraciones de Adolfo Álvarez, de convertirse en pelotero profesional.
Lo que doña María Luisa no pudo evitar, fue que su muchacho se convirtiera en estrella a nivel local. En una estrella de verdad, bateando y lanzando, mientras salpicaba de orgullo no sólo a su municipio natal, sino al país entero que llegó a respetarle y admirarle.
“Yo era el cumiche, el menor de los tres hermanos. Un hijo de dominio. Y mi mamá, que en mi caso fue madre y padre, porque mi papá murió joven, estaba encima de todo lo que pasaba conmigo, porque quería que tuviera una vida mejor”, señala Adolfo.
Doña María Luisa, entonces cocinera del hospital de Rivas, entendía que esa vida mejor para su hijo comenzaría por la escuela y se empeñó en que Adolfo estudiara. Y cuando vio la inclinación del chavalo hacia el juego en perjuicio de las clases, lo sacó del Colegio Isabelita Urcuyo de Somoza, de San Jorge, y lo mandó al Santo Domingo, en Rivas.
“Lo que mi mamá no sabía es que en Rivas también había equipo y pronto yo estaba jugando”, recuerda Álvarez mientras sonríe.
Ahora Adolfo tiene 46 años, su cabello ha encanecido y su figura dejó de ser atlética, pero su humildad está intacta. Este hombre con el que converso en el parque de San Jorge, ha sido uno de los mejores peloteros que ha producido Nicaragua en su historia. Inició como un mortífero lanzador zurdo y terminó convertido en un peligroso cañonero, con lo que completó una exitosa carrera, de la que no obstante, hasta ahora comienza a percatarse.
¿En un pueblito así como San Jorge, Rivas, una figura de tu calibre, debe haber sido de un gran impacto?
“Fijate que quizá ahora que me retiré, que paso más tiempo en el pueblo y que tengo más contacto con mis amigos, es que he ido comprendiendo que tuve una gran carrera. Y no es que en el momento en el cual jugaba no me lo dijeran o yo no lo sintiera, pero vivía tan concentrado en mi juego, que no tenía chance de valorar lo que hacía. Ahora sí. Y siento el respeto y cariño de la gente. Eso es algo que no tiene precio y yo lo agradezco mucho.
¿Qué recordás de tu etapa infantil?
Recuerdo que al igual que muchos niños de este país, que nacen en cunas humildes, muy pronto tenía el beisbol como mi juguete. Jugaba con bola de calcetín y guantes de lona. Y caminaba en la calle y vivía bajando mangos o lo que fuera, pero siempre estaba tirando algo con mi brazo zurdo, sin saber que algún día llegaría a lanzar en el beisbol de Primera División y menos en la Selección Nacional. En mi familia somos tres, dos son mujeres y yo soy el menor, por eso es que mi mamá estaba siempre pendiente de todo.
¿Y pronto llegaste a destacar a nivel local, aquí en San Jorge?
Sí hombré. Ya a los 13 ó 14 años jugaba en Mayor A con gente grande y lucía bien. Tiraba duro y no tenía miedo. Una vez llegué a meter cuatro scones seguidos de puros ponches, es decir, 12 al hilo. Y en mi equipo era tiro seguro. Y jugando ya en los torneos de San Jorge, y luego de Rivas, fue que salté a Primera División.
¿Cómo fue ese proceso?
El hombre clave en eso fue el bachiller Armando Hernández. Yo comencé jugando en San Jorge en un equipo que se llamaba “Y Griega”. Después pasé al equipo “Bachiller Hernández”, patrocinado precisamente por Armando, quien me recomendó con Heberto Portobanco y en 1978, con 18 años, quedé en los Tiburones del Granada, que ese año precisamente fueron campeones al ganarle al Estelí.
LA ORDEN DE HEBERTO
¿Cómo fue tu experiencia con Heberto Portobanco en el Granada?
Muy buena. Me decía que le gustaba que era disciplinado, sin miedo y que siempre daba strikes, pero la buena relación inició con una situación que se dio en un juego. Recuerdo que estaba trabajando detrás del home un árbitro que le decían “Petaca” Rodríguez y me mandaron a lanzar a mí. Lo que me llamó la atención, fue que cambiaron al catcher. Me pidieron una recta dura y el catcher se apartó y le pegué tremendo bolazo al señor. Pero lo grave para mí fue cuando vine a la casa. Mi mamá me regañó y casi no me deja volver al Granada. Y honestamente, yo no me daba cuenta de la maniobra de Heberto, pero con aquel suceso, él me tuvo confianza y siempre dijo que yo sería un buen pitcher.
Después apareciste con el Rivas, ya en los ochenta, ¿no?
No. Antes, en 1979, pasé por los Búfalos, en una temporada que no se terminó por la guerra de ese año y ahí tuve la oportunidad de jugar con Porfirio Altamirano. A los Búfalos me llevó Carlos Martínez, el “Capitán Araña”. Al terminar la guerra, fundaron el Frente Sur y Eduardo Leiva vino a buscarme. Me quedé en el equipo y ahí pasé mis mejores días. Con ese equipo fuimos a cinco finales y ganamos dos campeonatos. Y es donde mejor se me ha tratado, sobre todo por directivos como Eduardo Holmann y Martisabel Barrios, quienes siguen siendo especiales conmigo.
Adolfo, siempre se habla de tu frecuencia de ponches conseguida en 1980, cuando coleccionaste 186 “fusilados” en 168.2 entradas. ¿Qué te permitía ponchar tanto?
Eso era algo natural. Yo lanzaba fuerte y tenía buen control. Eso me permitía combinar mis lanzamientos. Pero sobre todo, lanzaba con poder. Como te decía, desde que estaba en la Mayor A, yo ponchaba mucha gente, así que casi sin proponérmelo, terminaba ponchando bastante. Ese año (1980) fuimos campeones y llegué a tener marca de 15-2. Así que no era tan fácil batearme. Varias veces fui líder en ponches y en efectividad.
Pero tu brazo flaqueó temprano, ¿qué fue lo que pasó, que no duraste mucho como lanzador?
En mi época de lanzador, no había tanto cuidado con los brazos como hay ahora, y yo recuerdo que nosotros tirábamos juegos completos de 150 lanzamientos y si era necesario relevar al día siguiente, ahí estábamos. Yo me lastimé en la Serie Final de 1982 contra los Dantos, en aquel juego que terminó 19-18. Y aún cuando continué, ya no tenía mucho en el brazo. Los médicos que me vieron me dijeron que ya no podía seguir y de pronto, vi que mi carrera se había terminado.
DEL BOX, AL HOME PLATE
Sin embargo luego se dio la transformación al bateador exitoso que después fuiste, ¿no?
Así es. Sobre eso, yo tengo mucho que agradecerle a Gustavo Quinado, quien siempre me ponía a batear aún cuando yo era lanzador. De tal manera que cuando no puedo lanzar, él me dice que pruebe como bateador y además me apoyaban mis compañeros como Juan Cabrera, José Ramón Ocampo y José Molina. El primer año no me fue tan bien, pero al siguiente gané el título de bateo con .379 puntos y me adueñé de la primera base del Rivas, y hasta a la Selección Nacional me llamaron como bateador. Y recuerdo que batee bien en el fogueo, pero al final me dejaron fuera para los Panamericanos de Indianápolis.
¿Cómo creés que alcanzaste más éxito, como bateador o lanzador?
Estoy satisfecho con mis dos etapas, como te digo, siento que tuve capacidad para estar en la selección en los dos ámbitos, pero como bateador me negaron esa posibilidad. Sin embargo, sé que fui un buen lanzador, con buenas cifras y respetado por los bateadores. Y como bateador igual. Aún cuando comencé tarde, llegué a conectar más de mil hits, gané un título de bateo y terminé mi carrera sobre los 300 puntos. Así que creo que Dios me bendijo de forma completa.
¿Y has sido feliz, Adolfo?
Si hombré, sobre todo ahora que tengo más tiempo para estar con mi familia, que tengo un trabajo con el San Fernando, donde también se me ha tratado con respeto, pero sobre todo soy feliz porque hice lo que yo quería hacer, jugar beisbol. Y como te dije antes, es hasta ahora que entiendo que tuve una gran carrera y que he comenzado a disfrutar lo que hice. Yo ya no juego, pero el afecto de la gente es como cuando jugaba. Uno puede sentir ese cariño, esa admiración. Hace poco me encontré con un señor de León, que me decía que él me admiraba porque recuerda mis duelos con Julio Moya y que para él, hemos sido los mejores lanzadores, y eso es tremendo”, admite el zurdo.
Para suerte de Adolfo, muchas otras personas piensan igual que ese leonés.
