Esta semana un magistrado sandinista de la Corte Suprema de Justicia fue entrevistado en televisión acerca de su opinión de Daniel Ortega como candidato presidencial. Dicho magistrado decía —entre otras cosas— que Daniel Ortega no tuvo nada que ver con la desastrosa política económica durante la revolución sandinista, sino que fueron algunos de sus ex funcionarios y ex ministros que ahora están en la oposición los que la implementaron. Al mismo tiempo, confesaba que el sandinismo cometió errores y que uno de ellos había sido la confusión del partido y el Estado.
Lo que el magistrado no dijo es que esa confusión implica gobernar el país como si fuera propiedad del partido; que eso significa dictar, irrespetar las leyes y procedimientos, imponer la voluntad de un sector social y no responder legalmente de los propios actos, etc. Entonces, ¿tuvo o no Daniel Ortega que ver con la política económica impulsada durante su régimen? ¿Cuánta autonomía tenían sus ministros? La verdad es que en un sistema político dictatorial como el establecido por los sandinistas en los años ochenta, nada se hacía sin el visto bueno del dictador. Por lo tanto, decir que Ortega no tuvo nada que ver con la política económica de su Gobierno es una ofensa a la inteligencia de los nicaragüenses. Daniel Ortega no sólo tuvo que ver con la política de economía centralizada, confiscatoria y retrógrada de los ochenta, sino que fue el responsable principal del servicio militar obligatorio, de la fuga de capital y de cerebros, de las masacres de miskitos en la Costa Atlántica, de la agresión verbal y física a la Iglesia Católica y al Papa Juan Pablo II durante su visita a Nicaragua, de la censura a los medios de comunicación, de la “piñata” y de la deuda interna que ésta generó y que ahora estamos pagando con nuestros impuestos, de los ataques de las “turbas divinas”, en fin, de todos los desmanes del sandinismo.
Pero, además, el referido magistrado decía que en su opinión el comandante Ortega ha cambiado, que ahora es un hombre convertido y que ha dado muestras de ser un estadista de vocación. Para fundamentar sus afirmaciones, citó palabras del cardenal Miguel Obando y Bravo, quien dijo que “hasta el rey David cometió adulterio y asesinato pero se arrepintió y llegó a ser el santo David”.
Desde luego que la conversión espiritual es posible en cualquier persona, inclusive en alguien como Daniel Ortega. Pero ¿hay evidencia de que el ex dictador sandinista viva hoy conforme a los mandatos y las enseñanzas cristianas? ¿Ha pedido perdón a los miskitos, a los familiares de los muertos durante su régimen, a los injustamente encarcelados, a los desterrados, a los padres de Jean Paul Genie, etc.? ¿Ha devuelto lo que no era suyo y de lo que se apropió cuando entró a Nicaragua el 19 de julio de 1979?
Hablar de conversión en este sentido es hablar de arrepentimiento y el arrepentimiento implica restitución. Si la conversión del caudillo sandinista es, además, política, ¿significa que ha renunciado a la idea de una dictadura popular o del proletariado, dirigida por el partido que él representa? ¿Significa además que ha optado por la democracia representativa y participativa? Si llegara a ser presidente, ¿permitiría que los otros poderes del Estado actuaran con independencia y, a veces, en contra de sus intereses partidarios? ¿Mantendría un Ejército y una Policía profesionales? ¿Habría una Seguridad del Estado que persiga a los disidentes? ¿Permitiría que los nicaragüenses expresemos —como hoy— sin miedo nuestro pensamiento?
Hasta la fecha sólo hemos oído lo que algunos sandinistas y aliados piensan de la conversión de Daniel Ortega como hombre moral y como político. Pero de su propia boca no hemos escuchado una sola palabra al respecto. Hemos sido testigos sí de su alianza estratégica con el reo Arnoldo Alemán y con el dictador venezolano Hugo Chávez y hemos oído los mismos discursos antinorteamericanos y anticapitalistas de hace veinticinco años. ¿En cuál Daniel Ortega hay que creer? ¿En aquel del que hablan sus correligionarios y aliados o en el que revelan sus propios actos y palabras?