La semana pasada el presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad anunció que su país está actualmente conduciendo un programa de investigación sobre la centrífuga P-2, para acelerar el proceso de enriquecimiento de uranio que permitiría a ese país el uso de energía atómica a corto plazo. Según Ahmadinejad, el propósito de Irán es obtener energía con fines civiles.
Sin embargo, ni Estados Unidos ni sus aliados creen que el presidente de Irán esté diciendo la verdad por al menos tres razones. Primero, la centrífuga P-2 es una tecnología asociada con la red del doctor Abdul Qader Khan, una figura muy conocida en el mercado negro de tecnología nuclear, fundador del programa de armas nucleares de Pakistán y asociado con los proyectos nucleares de Corea del Norte y Libia. El doctor Khan nunca se ha involucrado en un programa de energía atómica con fines civiles. Segundo, Irán dijo que había abandonado sus esfuerzos para obtener esta tecnología de centrífuga P-2 hace tres años y, aunque siempre hubo dudas de la veracidad de sus palabras, las recientes declaraciones del presidente Ahmadinejad —si son ciertas— confirmarían que éste había mentido en el pasado. Por lo tanto, también puede mentir con respecto al uso que le dará a la energía nuclear producida. Tercero, si el programa está dirigido a proyectos civiles, ¿cuál es la prisa de cuadruplicar la producción de uranio con esta tecnología avanzada? Estados Unidos y sus aliados creen que la verdadera intención de Irán es producir armas nucleares para usarlas disuasiva o efectivamente contra sus enemigos y por eso quieren detener el proyecto.
Ahora lo que Washington estaría debatiendo sería el uso o no de la fuerza militar para detener las intenciones nucleares de Irán. Hasta el momento ha recurrido a la vía diplomática sin mucho éxito. El martes pasado se reunió con los demás países que conforman el Consejo de Seguridad de la ONU, más Alemania, para discutir sobre posibles sanciones contra Irán a lo cual se oponen China y Rusia. Mientras tanto, el presidente iraní ha subido el tono de su discurso antiestadounidense y defiende su programa nuclear a capa y espada.
No parece que Irán vaya a ceder fácilmente a las presiones de la ONU y Estados Unidos —aunque no a lo inmediato— podría recurrir finalmente a la fuerza militar. En tal caso, Estados Unidos puede destruir las instalaciones subterráneas de Natanz, donde los iraníes procesan el uranio, usando armas convencionales o atómicas. Según analistas internacionales, para justificar el uso de armas nucleares tendrían que converger tres factores: (1) que se desconozca la ubicación exacta del blanco; (2) que el blanco esté a una profundidad tan grande que haga inútil el uso de armas convencionales y (3) que haya una necesidad inmediata de destruir el blanco (por el peligro de un ataque nuclear inminente). Aparentemente, ninguna de estas condiciones se da en Irán pues las plantas de procesamiento de uranio en Irán son perfectamente ubicables; se sabe de su profundidad promedio y no hay suficiente evidencia de que Irán esté en condiciones de fabricar una bomba atómica en los próximos ocho o diez años. Así que si Estados Unidos ataca a Irán, se espera que use armas convencionales. En todo caso, esto desencadenaría una segunda guerra en el Golfo Pérsico que tendría para Estados Unidos un costo político enorme.
La ONU y Estados Unidos tienen en Irán un gran reto diplomático. El Consejo de Seguridad instó a Irán a congelar su programa de enriquecimiento de uranio antes del 28 de abril, cuando el director de la Agencia Internacional de Energía Atómica, Mohamed El Baradei, deberá informar al organismo sobre la marcha del programa nuclear iraní. Pero Irán no quiere entender que este programa nuclear le traerá más males que bienes y desafía tanto a EE.UU. como a la ONU. De manera que la guerra parece inevitable. Mientras tanto, esta incertidumbre hace que el precio del crudo siga subiendo, pues Irán es el cuarto productor del mundo y si Estados Unidos lo ataca la producción se detendrá y habrá escasez. Si Irán no cede dejará a la ONU y al gobierno norteamericano sin alternativas, pues que los iraníes llegue a tener capacidad de fabricar bombas atómicas es algo que Estados Unidos y sus aliados —especialmente Israel— no pueden aceptar.