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Santiago Molina R.

Las andanzas de Santiago Molina

Una reflexión de su reciente libro de poesías Los Dominios del Aprendiz No sé por qué la lectura gozosa de Los Dominios del Aprendiz (ANE/CNE, Managua, 2005) de Santiago Molina, (Juigalpa, 1958) me ha hecho evocar Rayuela, la célebre novela de Julio Cortázar. Básicamente he recordado cómo Cortázar la presenta en dos partes, que el […]

  • Una reflexión de su reciente libro de poesías Los Dominios del Aprendiz

No sé por qué la lectura gozosa de Los Dominios del Aprendiz (ANE/CNE, Managua, 2005) de Santiago Molina, (Juigalpa, 1958) me ha hecho evocar Rayuela, la célebre novela de Julio Cortázar.

Básicamente he recordado cómo Cortázar la presenta en dos partes, que el gran compromiso subtitula, Del Lado de Allá y De Otros Lados. Aunque estrictamente para Cortázar, los dos lados sean metáforas de una ciudad metafísica, habitada por personajes con problemas existenciales parafísicos. Más que personajes, el texto cortazariano está poblado por conjuntos de actuantes que operan en el texto: Horacio/ Traveler, Maga/Talita.

En Los Dominios del Aprendiz, aunque Molina no lo haya marcado expresamente, se siente una presencia vivida de esos mundos, el de aquí y el de allá, conectados por una poesía de excelente calidad. La atmósfera de la escritura poética de Santiago Molina, no tiene nadita que ver con la cortazariana que es muy citadina, de restaurantes, de apartamentos, de encierro con piolines, de París y del Gran Buenos Aires. La atmósfera es campestre, de las afueras y recuerda más a Alain Tounier de Le Grand Meaulnes, esa singular novela francesa de iniciación escrita a principios del siglo XX. Aunque el aura de vagamundos de Horacio/ Traveler y de Meaulnes sea el mismo del hablante de Los Dominios del Aprendiz.

Para satisfacción nuestra —de los chontaleños en particular y de los nicaragüenses en general— me temo que a Europa, a Rusia primero y a Francia después, enviamos al mejor espía rural, al poeta Santiago Molina; un buen “juerano” con alma de colibrí capaz de estar soñando con las mujeres de James Bond y captar desde las afueras del País, Lyon, Marsella. San Petersburgo o Kiev, el paisaje europeo a través de su cultura, la nuestra mestiza latinoamericana y la misma “Kooltura” europea.

¿Por qué la escritura poética de Santiago Molina evocó en un lector modesto un par de novelas? Es algo que voy a intentar despejar y a compartir con ustedes, que generosamente han asistido a la presentación de este libro. Los Dominios del Aprendiz, cosa que merece mi agradecimiento y supongo el del autor. Hay en las técnicas de escritura de Molina un texto urdido a partir del sintagma, de la metonimia, más que del paradigma y la metáfora. Encontramos en los poemas de Santiago un entregarse textual con una lozanía y continuidad maravillosa. Son imágenes que se despliegan, se devuelven y logran una perfecta realización.

Frente a la metáfora audaz, altisonante, cuasi retórica, esas gárgolas labradas en diamante para resistir al tiempo, leemos en Molina el fluir de imágenes como corriente de un río (¿el Stouw, le Loire, el Mayales?), la continuidad de un paisaje, la unidad de la vida de seres cotidianos jugando, amando, pescando, viviendo, muriendo.

Otra característica de la escritura poética de Molina, que me atrevo a formular como una primera aproximación a la complejidad de su poesía, es el proceso de utilizar el cuadro de pintura para la evocación, el sueño, la fuga y su decodificación, mediante una lectura crítica inédita. Este proceso al menos Santiago Molina lo comparte con un poeta jinotepino, un poco más joven que él, Silvio Páez, si Alfonso Cortés o Martín Heiddeger tuviesen el privilegio de hacer una lectura de Los Dominios del Aprendiz en su comarca pictórica, dirían que lo que se realiza es una “ventanización” del cuadro para desde las afueras asomarse al paisaje consagrado por Constable, la vivacidad hiperralista de Hopper o introducirse a los famosos interiores con naturaleza muerta de Paúl Cezanne, que bien puede estar aquí o allá. El aquí o allá, alfonsino/heidegenano, no sólo alude a Europa y América sino a la vida cotidiana y a la trascendencia del ser.

El hablante lírico, el yo textual en algunos poemas de Los Dominios del Aprendiz, de Santiago Molina, se expresa como una potencia lingüística capaz de apropiarse de la realidad circundante. Percibo ese yo como constituyéndose a partir del sintagma de las cosas, la sinfonía del ente frente a la contemplación poética/ activa del ser. Esto lo podemos percibir claramente en estos versos del poema Saint-Pont. Yo miraba pasar las bandadas de ciclistas gorjeando/ cerca del murito gris con hierbajos lentos mínimos/ peinados por el viento del mediodía/ las muchachas de las granjas de las afueras de Vichy/ iban temblorosas por los caminos/ puntillados de copetonas codornices/ el verano era llevado entre agujas/ de oro por los erizos del patio/…

El libro Los Dominios del Aprendiz, de Santiago Molina, se estructura en cuatro poemarios que funcionan como cuatro libros reunidos bajo el título indicado. Las secciones son: De las Viejas Tardes de Epifanía, Cuaderno de las Afueras, Llama Donante y Los Dominios del Aprendiz.

Resulta muy significativo que Santiago Molina titule el primer poemario como De las Viejas Tardes de Epifanía. Hay una connotación a la aparición mágica de seres, objetos, acontecimientos durante las tardes. Los signos viejas y tardes, en un primer sentido aluden al tiempo pero indudablemente que en la experiencia humana concreta, no hay tarde sin espacio interno, doméstico e íntimo o un espacio exterior que bien podríamos llamar paisaje donde ocurren eventos.

Estos espacios el hablante en De las Viejas Tardes de Epifanía y en Cuaderno de las Afueras, más explícitamente que en las otras secciones, se logra una sacralización del espacio vía poesía. El filosofo alemán, Martín Heiddeger, en su ensayo ¿Para qué Poetas?, afirma que es el poeta que conecta en un espacio sagrado a la divinidad con el ser humano y el poeta a través de Dioniso, dios del vino, dice Heiddeger textualmente. Para Hölderlin es Dioniso, el dios del vino, el que deja este rastro a los sin dios en medio de las tinieblas de su noche del mundo. En efecto, el dios de la vid conserva en ésta y en su fruto la esencial relación mutua entre la tierra y el cielo en tanto que lugar donde se celebra la fiesta nupcial de hombres y dioses. Si acaso hay algún lugar donde los hombres sin dios pueden hallar todavía rastros de los dioses huidos será sólo en éste.

El lugar señalado por Heiddeger para este encuentro trascendental es la poseía, no cualquier poesía. Para Heiddeger la poesía de Holderlin o la poesía de George Trakl. Para mí en la poesía de Santiago Molina, sin él quizás pretenderlo siquiera, ocurren estos eventos de sacralización del espacio, estetización de los objetos de la vida cotidiana (un par de bicicletas cruzadas simbolizando el abrazo de los amantes, por ejemplo) y la aparición luminosa (epifanía) del ser en el hombre, la mujer o en un espantapájaros.

Y digo, sin pretenderlo siguiera, no porque Santiago Molina como poeta cabal sea inconsciente de sus propias leyes de creación poética ni de la intencionalidad (el idiolecto) que desea conferir a sus textos. Afirmo sin él quizás pretenderlo porque al decir de la extraordinaria filosofa española María Zambrano, el filósofo busca, el poeta halla. Y los buenos poetas para mí, siempre hallan más de lo que se propusieron o dicen aquello que no pretendieron decir. A la luz de Heideger me voy a permitir el abuso de leer, estando su autor presente. El corazón del espantapájaros.

El corazón del espantapájaros

Se espantan al verme y se alejan.
Libro de Job

El viento no levanta ni una brizna
para su pecho ya estrujado de paja
porque inclinado sobre el campo
la alondra y los hombres esquivan
las mayates estacas de su sombra.
Me digo: ha de ser fatal que el tiempo nos vista de harapos, simplificándonos.

Con raldos pantalones, de puro espanto cómo vivirá ese pobre corazón claveteado ahí siempre bajo el círculo letal de los cuervos entre el picotazo y el olvido de espaldas al huerto de la esperanza, sin resurrección, sin voz, sin palabra.

En Cuaderno de las Afueras al hablante de Los Dominios del Aprendiz lo empieza a acicatear la nostalgia del lado de acá. En un bello y simple acto como se convierte en una sutil pero poderosa evocación del terruño al otro del Atlántico, como en el poema Puerto:

Cuando estoy pescando en el puerto
cerca de mi casa costera
me alegra ver en la distancia
el temblor rojo de mi corcho
y la cuerda de nylon que pone tensa
resonando en el aire con silbidos de sirena
y la caña sólida de carbono
que se curva hasta abajo
mientras chirría el carrete
como si en las profundidades
un abrazo poderoso
quisiera llevarme lejos
cuando estoy pescando en el puerto
frente al océano Atlántico
cada vez que un pez muerde
me parece que voy a atrapar
un recuerdo difícil que viene de allá.

Es la evocación de un espacio sagrado dentro de otro espacio sagrado y lejano. Dentro de esta evocación auténtica, fuerte, inundante, van a tener significación el paisaje natal de Chontales, cantado desde siempre con la misma eficacia que el europeo por Santiago Molina. Aparece el imago pater del abuelo Ernst evocado en su espacio originario de Europa. Un poema echando sus raíces en el lado de allá. Raíces en el tiempo, en la noche indescifrable de las palabras.

La fuerza de la evocación logrará sus momentos más felices y bellos cuando se canta a la potencia de lo maternal nutricio, creador, protector y estimulante, en los excelsos textos poéticos del poemario Llama Donante que “presentizan” el temple, la inteligencia y creatividad frente a las adversidades de su abuela. El imago mater como fuente de la poesía, de los sueños, de tesón y del dominio del mundo. No cometeré el abuso de leer ninguno de estos textos que esta noche nos entregará Santiago Molina.

Los Dominios del Aprendiz, al respecto de lo que nosotros llamamos la chontaleñidad, posee su propia intertextualidad y correspondencia que habría que dilucidar.

De cualquier manera, la poeta de Santiago Molina se inscribe como un candente fierro en la piel de un novillo en esta poetización del espacio chontaleño donde destacan Pablo Antonio Cuadra, Guillermo Rothschuh Tablada, Octavio Robleto, Armando Incer, Gregorio Aguilar, Emilio Miranda y Jorge Rothschuh.

En el último poemario que da título al libro, Los Dominios del Aprendiz, se enfatiza una pintura europea. No sé si como Abeja a través del espejo Santiago Molina se quiso asomar a los paisajes de la campiña inglesa de John Constable para en un acto de magia de su poesía, aparecer en los campos chontaleños por la Piedra Pintada, con su salbeque de vagamundo y compartir con nosotros estos poemas magníficos que acumuló al paso de los años. Bienvenido, Santiago, los chontaleños te recibimos como al mejor espía que hemos enviado a Europa y Nicaragua te recibe como uno de sus más grandes poetas.

(Fragmento)

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