A Leticia Luna y Marta Leonor González
Me llenan de placer los frutos que saboreo lentamente cada mañana. Sus colores salpican mis ojos y su suave y sinuosa textura desborda la capacidad gustativa de mi paladar sumergido ya en el inicio de los ritos carnavalescos del verano. Veo, entonces, el rojo encendido de la sandía, al partir y tajadear su envoltura verde y oblonga, mostrándome de súbito sus negras extrañas pepitas.
El erótico mango de rosado trasero, fulgiendo solarmente sus encendidos y alargados tajos que sacuden de dulzura mis papilas.
El oscuro níspero, blando como núbil pecho de doncella, apacible y pulpáceo en su envoltura de opacidad casi terrestre.
El melón de aquilatados oros, derramando su destellante esplendor al partirlo y sentir su vulvosa carnosidad de hespéride.
El redondo zapote, con su semilla de ojo de venado, brotando de la encendida rosácea selva de una matriz almibarando la humedad de mi boca, estalla con dulzura paradisíaca casi olvidada y perdida.
Y el frágil banano, alargando su dominio sobre mi mano que lo desolla y desmembra, ofuscándome de pronto con seca blancura de alfanjásica media luna.
El esferoidal caimito, adolorido, eclipsado astro, destilándome la pegajosa seminal dulzura de la vida.
Y la cónica amarillenta piña llena de matérica blancura y la frágil guanábana de oscuridad cavernética; y la sensual guayaba acariciando mis encías completan este frugal desayuno que comparto con alborozada pajarera contemplándome, orquestando sus matinales sones de barroco concierto que cada día me anuncian los manjares con que se abrirá triunfalmente mi jornada.
Marzo 2001, diciembre 2004