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desde que nuestras instalaciones fueron tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann fue detenido.

con las instalaciones tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann detenido.

El parque de Candelaria (LA PRENSA/B. PICADO)

Grano de maíz, Angelina y más sobre el barrio Candelaria

La noche del viernes 12 de mayo la espléndida Selene casi terminaba de entrar en la casa del Escorpión cuando, como de costumbre en cada plenilunio, los “convocados” comenzamos a llegar a la Peña del Viejo Solitario. Es amable y gratísima la cita con estos amigos noctámbulos porque, además del cariño filial que nos une, […]

  • La noche del viernes 12 de mayo la espléndida Selene casi terminaba de entrar en la casa del Escorpión cuando, como de costumbre en cada plenilunio, los “convocados” comenzamos a llegar a la Peña del Viejo Solitario. Es amable y gratísima la cita con estos amigos noctámbulos porque, además del cariño filial que nos une, nuestras mentes, al transcurrir las horas, se iluminan de recuerdos y tantos que muchos quedan a medio contar cuando esas veladas concluyen en horas de la madrugada
[doap_box title=»Las lindas doncellas del recuerdo» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»]

Le tocó el turno al ingeniero José Oltio Cajina. “Yo quiero evocar el parque de Candelaria de mis años juveniles. Mi amigo Sergio dijo algo de ese lugar hace poco tiempo, y me siento obligado a añadir más a la bella imagen que él nos pintó de ese lugarcito donde comenzaba la célebre calle de ese mismo nombre.

“Veo entre las brumas del recuerdo aquel vetusto parque, con sus bancas de cemento bajo la sombra de coposos árboles de laurel que servían para esconder de miradas indiscretas la presencia de parejas enamoradas que, en noches como ésta, tejían embobadas sus deliquios de amor.

“Justo en el tope del parque, es esa casona situada a mano izquierda, vivía una doncella de ojos achinados que robó el corazón a muchos de mis amigos de juventud, se llamaba Socorrito Boniche, pero tanto el padre como la madre eran muy celosos y a duras penas uno podía pasar por la acera de enfrente para tirarle un besito a la Socorrito.

Del lado derecho de la calle, en una casona de dos pisos, vivían unas hermanitas preciosas, que también como la Socorrito estudiaban en la Escuela Chepita de Aguerri, eran de apellido Uriarte. A mí me gustaba la mayor, que tenía al melodioso nombre de Argentina”.

“Sin duda —interrumpe Sergio—, también recordarás que pasando los hoteles, a mano izquierda y casi a medio camino de la Calle de Candelaria, vivía la niña más hermosa de todo el barrio, era muy linda, muy dulce, de familia de alta alcurnia…

“Ya sé —salta Oltio—, ella estudiaba en el Colegio de La Asunción, sólo puedo decir a ustedes queridos amigos, que la llamábamos La Lunarcito porque por el lado derecho de su rostro, perfectamente oval y blanco, surgía un lunarcito de botón negro como la noche, que se ponía aún más gracioso cuando ella nos hacía la gracia de sonreír ante las maromas que nosotros hacíamos para llamar su atención.

“En fin, en el barrio de Candelaria habían muchas doncellas que admirar, pero a mí me robó el corazón una maestrita que daba clases en la escuela que quedaba frente a la esquina de los hoteles… Era una tímida y talentosa gacela de hermosos ojos negros y cabellos de ébano. Fue la Amalita Campos Novoa, inmortal en mi memoria y siempre viva en mi corazón”, dijo como iluminado el ingeniero Cajina.

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