- “(…) permanecieron atentos a la Palabra de Jesús, que estuvieran en oración, que permanecieran unidos, y fueron llenos del Espíritu Santo. Ese día nació la Iglesia Católica”.
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Cuarenta días después de la Resurrección, Nuestro Señor Jesucristo, antes de subir al cielo por su propio poder, le dio una recomendación a los discípulos, la cual está consignada en el libro de los Hechos de los Apóstoles donde les exclamó: “No se alejen de Jerusalén, permanezcan en oración y alabanza, pues les enviaré la promesa del Padre, pues serán bautizados no con agua, sino con Espíritu Santo y Fuego de Dios”.
Y desde ese instante de la Ascensión del Señor, permanecieron durante nueve días, en un aposento alto, presidiendo esa reunión de súplica, de clamor y de alabanza, la Virgen María, quien junto con los apóstoles y más de ciento veinte personas pedían a Jesús que enviara al Consolador, al Defensor, a Aquel que nos recordaría todo lo que Él había enseñado.
Y al llegar el día cincuenta después de la Pascua, el día de Pentecostés, se sintió como un viento fuerte, se sacudieron los cimientos de aquel lugar, y lenguas de fuego se posaron sobre cada uno de quienes permanecieron atentos a la Palabra de Jesús, que estuvieran en oración, que permanecieran unidos, y fueron llenos del Espíritu Santo. Ese día nació la Iglesia Católica.
Y muchos habían en la ciudad, llegados de diversos países, con distintas lenguas, y cuando los que habían sido embriagados por el Don Maravilloso del Espíritu de Dios les entendían y se comunicaban entre sí perfectamente se quedaban admirados, porque Pentecostés es comunicación, es alegría, es valentía, es coraje, es audacia, para predicar el Evangelio, siempre nuevo y necesario en nuestras vidas y en nuestro país.
Siempre estamos necesitados de una permanente efusión de Espíritu Santo, que nos regala sus dones (sabiduría, entendimiento, ciencia, consejo, fortaleza, piedad, temor de Dios) y también sus frutos, que son los mismos sentimientos de Cristo (amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio de sí mismo).
Ayúdanos, Inmaculada y Purísima Virgen María a orar como Tú, a alabar como Tú, a entrar en tu escuela de amor y de adoración y obediencia, para que en nuestra Nicaragua, tan sufrida pero a la vez creyente en el Amor y Poder de tu Hijo Jesucristo, nunca seamos esclavizados por el poder del enemigo maligno, a quien Tú tienes potestad de quebrar su cabeza.
Ven Espíritu Divino, manda tu luz desde el cielo, Padre Amoroso del Pobre, Don en tus Dones espléndido.
